


| Escritor: | CARLETTO |
| Públicado: | 30/04/2008 |
1. ALELÍ, TANGO, MILONGA Y VALS.
Envuelta en percalinas conseguidas por jornales de mala muerte, corazón bermellón en una boca inventada por el rouge, Alelí se acomodó en el último o penúltimo tranvía, fatalmente destinado a tarea docente o refugio de marginales en Retiro. Un insomne Mayoral (melancólico-como-pocos) la miró y siguió con su recuento de recuerdos:
Se presentó solita su alma, después de descender por escalones enfermos de humedad, recovecos de toqueteos y cachetazos, besos al apuro y citas sin confirmar. La que estaba del otro lado la miró de arriba abajo, patética la pobre, golondrina de un solo verano ya sin chance.
-Pasá, nomás
(Y pensar que hace diez años
)
El letrero estaba muy cachuzo; había que acercarse para entender y encima, la vista no da para más-. Pero, en fin, la puerta es una sola.
Tres en la pista y dos sentados, esperando turno. Oficinista y carnicero, pensó.
Entre el humo y las sillas avanzó la pálida musa, mientras la milonga apretaba más y más. Supo bailarla en Palermo con Rodolfo Carmona, en una pista más grande, encendida en las tardes con el resplandor de las glicinas. En realidad, aquella pista era un patio, y ésta, un salón escondido y a salvo, por ahora, de la demolición.
Le tocó el oficinista, flacucho, cejas grandes y un lunar debajo del ojo derecho. Lo vio venir acomodándose el nudo de la corbata a lunares y abrochándose el saco.
Pam-pararam-pam-pam, pararam-pam-pam
ardía La Puñalada entre los dos y cada uno procuraba sincronizar los pasos. Pero era una Academia y ella, Alelí (como la flor y los caminos
) la maestra, debía orientarlo, corregir algún tropiezo que debía ser cadencia.
Por momentos se miraban, por momentos acomodaba su mentón en el hombro de él, que tenía la cabeza aplastada por la gomina y rulitos a la altura del cuello (los muchachos de antes no usaban
).
Le dijo que se llamaba Enrique y le creyó, le dijo que era la que mejor bailaba y le sonrió.
No estaban el patio con glicinas ni Rodolfo Carmona, que no necesitaba aprender a bailar y que un día desapareció de su vida sin despedirse. Más tarde le contaron que había muerto tuberculoso en un hospital de Córdoba, así porque sí.
Pero algún parecido tenían. No sabía bien qué, a lo mejor la manera de mirar o simplemente la milonga.
El disco terminó y Enrique prometió volver el lunes, Lección 3, Sueño de juventud.
Lo quiso de veras, aunque él nunca le dio el Paraíso y se iba y volvía, entre tango, milonga y vals (sufres porque me aleja la fe de un mañana
)
Al patio lo borró el progreso y este sótano con ínfulas de Academia era su último amparo. Por eso, cuando el lunes llegó, arregló como pudo su gastada piel de Alelí y se fue rumbo al vals y al oficinista engominado.
INMOBILIARIA SATELITE VENDE.
El cartel ocupaba la mitad de la puerta y ella, Alelí, La Ultima de las Pibas, pensó que no era justo, precisamente el lunes y con la cita pendiente. Un frío de La Gran Siete de la tarde le arrebató los pensamientos (perdoná si al evocarte se me pianta un lagrimón
) y con imprevisto pudor se cubrió las rodillas (mina que fue en otros tiempos
).
Talan, talan, pasa el tranvía por Tucumán
y tuvo que correrlo. El empedrado no la respetó y cayó, grotesca y azorada. Voló el taquito aguja del zapato izquierdo y los dos viejos la miraron con piedad:
-Mira esa pobre mina, Manuel. Ya no tiene pa´ponerse ni zapato ni vestido
*******
(Bulín elegante. Teléfono blanco, espejo triple y gobelino al tono. La Rubia, estirada en la alfombra como de costumbre, pero más Parece el gato que esta noche se escondió. Largos brazos, piernas largas, su cadera es un semicírculo tentador. El Negro la mira y aspira).
(Del rojo labio a la roja uña la sangre corre, generosa, y anida por fin junto a la copa. Intacta, tentadora.)
******
Se imaginará el respetable público aquí presente que ya no está para estos trotes. Entre La Comparsita,Don Juan y El entrerriano hay enormes abismos, agujeros de aire que ya no puede llenar.
(Entonces La Sombra, la de pollera corta y tajo perverso, lo toma tiernamente de la mano y se lo lleva hasta el centro del Patio. Poco a poco, las notas de un violín de lata le acomodan los huesos y baila con Ella hasta el Final.
Carlos Vitelleschi
CARLOS VITELLESCHI.
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