TRILOGIA PORTEÑA

Categoría(s): cuento

 

 1. ALELÍ, TANGO, MILONGA Y VALS.
     (Con solo de bandoneón y final a toda orquesta).

 

 

Envuelta en percalinas conseguidas por jornales de mala muerte, corazón bermellón en una boca inventada por el rouge, Alelí se acomodó en el último o penúltimo tranvía, fatalmente destinado a tarea docente o refugio de marginales en Retiro. Un insomne Mayoral (melancólico-como-pocos) la miró y siguió con su recuento de recuerdos:
-Pará un cacho, Manuel. Yo te canto la justa. Esto se termina, acordate.
Ella no quiso hacer caso y se aferró a la carterita de cuerina que atesoraba algunos pesos mal habidos en cualquier noche de grapa y promesas.Afuera se nublaba y el traqueteo de la gente mantenía su pulso. ¿Por qué se arremolinan y parecen hormigas, escondiéndose, asomándose…?
-Vaya a saber por qué, Manuel. Pero esto se acaba, yo sé por qué te lo digo.
Se bajó en Sarmiento (ex – Cuyo para los que no saben) y los tacos resonaron y se multiplicaron. Era una reina de corona extraviada: le faltaba el tapadito de armiño, puntualmente empeñado en el Banco Municipal. El tramway se alejaba y el Mayoral vomitaría un bostezo, rezongando por esas calles de Dios, antes de que otro lo releve y siga con las cuentas de ese rosario interminable.

Se presentó solita su alma, después de descender por escalones enfermos de humedad, recovecos de toqueteos y cachetazos, besos al apuro y citas sin confirmar. La que estaba del otro lado la miró de arriba abajo, patética la pobre, golondrina de un solo verano ya sin chance.
-Pasá, nomás…
(“Y pensar que hace diez años…”)
El letrero estaba muy cachuzo; había que acercarse  para entender –y encima, la vista no da para más-. Pero, en fin, la puerta es una sola.
Tres en la pista y dos sentados, esperando turno. Oficinista y carnicero, pensó.
Entre el humo y las sillas avanzó la pálida musa, mientras la milonga apretaba más y más. Supo bailarla en Palermo con Rodolfo Carmona, en una pista más grande, encendida en las tardes con el resplandor de las glicinas. En realidad, aquella pista era un patio, y ésta, un salón escondido y a salvo, por ahora, de la demolición.
Le tocó el oficinista, flacucho, cejas grandes y un lunar debajo del ojo derecho. Lo vio venir acomodándose el nudo de la corbata a lunares y abrochándose el saco.
Pam-pararam-pam-pam, pararam-pam-pam…ardía “La Puñalada” entre los dos y cada uno procuraba sincronizar los pasos. Pero era una Academia y ella, Alelí (“como la flor y los caminos…”) la maestra, debía orientarlo, corregir algún tropiezo que debía ser cadencia.
Por momentos se miraban, por momentos acomodaba su mentón en el hombro de él, que tenía la cabeza aplastada por la gomina y rulitos a la altura del cuello (“los muchachos de antes no usaban…”).
Le dijo que se llamaba Enrique y le creyó, le dijo que era la que mejor bailaba y le sonrió.
No estaban el patio con glicinas ni Rodolfo Carmona, que no necesitaba aprender a bailar y que un día desapareció de su vida sin despedirse. Más tarde le contaron que había muerto tuberculoso en un hospital de Córdoba, así porque sí.
Pero algún parecido tenían. No sabía bien qué, a lo mejor la manera de mirar o simplemente la milonga.
El disco terminó y Enrique prometió volver el lunes, Lección 3, “Sueño de juventud”.
Lo quiso de veras, aunque él nunca le dio el Paraíso y se iba y volvía, entre tango, milonga y vals (“sufres porque me aleja la fe de un mañana…”)
Al patio lo borró el progreso y este sótano con ínfulas de Academia era su último amparo. Por eso, cuando el lunes llegó, arregló como pudo su gastada piel de Alelí y se fue rumbo al vals y al oficinista engominado.
INMOBILIARIA SATELITE VENDE.
El cartel ocupaba la mitad de la puerta y ella, Alelí, La Ultima de las Pibas, pensó que no era justo, precisamente el lunes y con la cita pendiente. Un frío de La Gran Siete de la tarde le arrebató los pensamientos (“perdoná si al evocarte se me  pianta un lagrimón…”) y con imprevisto pudor se cubrió las rodillas (“mina que fue en otros tiempos…”).
“Talan, talan, pasa el tranvía por Tucumán…”y tuvo que correrlo. El empedrado no la respetó y cayó, grotesca y azorada. Voló el taquito aguja del zapato izquierdo y los dos viejos la miraron con piedad:
-Mira esa pobre mina, Manuel. “Ya no tiene pa´ponerse ni zapato ni vestido…”

 

 

 

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2. JUNCAL AL MIL DOSCIENTOS.

 

(Bulín elegante. Teléfono blanco, espejo triple y gobelino al tono. La Rubia, estirada en la alfombra como de costumbre, pero más…Parece el gato que esta noche se escondió. Largos brazos, piernas largas, su cadera es un semicírculo tentador. El Negro la mira y aspira).
-Me gustó tu trato, Rubia. Eras distinta, qué sé yo. Dieciséis años, qué pecado. No podías pudrirte en ese barrio, por eso te saqué. ¿Qué hubiera sido de tu vida? Casada con cualquier pelandrún, llena de hijos y gorda. Cómo te salvaste, quién diría… ni con un magnate.
(A ella no se le mueve el pelo rubio, toda de blanco y un pie de princesa rozando la cortina. El se acurruca en el sofá. Y aspira. La copa está intacta, al champán no se le van las burbujas).
-Te curé el asma ¿te acordás de los ataques? Qué cagazo me agarré con el primero, creí que te morías. Y ahora me salís con esto ¡mirá vos! A mí justamente, al Negro Valle…
(La Rubia, como si nada. Cada vez más fría y estática, devuelve oleadas de indiferencia. Un zapato blanco al lado de la copa, raso y cristal en Juncal al mil doscientos. El Negro, entonces, le da al champán).
-¡Yo te curé el asma, perra! No, perdoname, no te quise decir eso…Claro, la culpa es mía por darte tanto vuelo. Te codeaste con lo mejor de Buenos Aires. Y París… ¡qué regalo!
(El reloj francés marca las cuatro. Los espejos multiplican objetos preferidos de La Rubia: cisnes de porcelana, perritos de paño que ya no acaricia).
-No me vas a dejar así nomás, muñeca, y menos por ese dandy piojoso y sin clase. Yo…te quiero, Rubiecita, te lo dije muy pocas veces, sabés cómo me cuesta.
(Muñeca de ojos verdemar muy abiertos, ella continúa lánguida en la alfombra color champán. El aspira y bebe).
¡Insultame si querés, pero hablá, no te quedés callada que me volvés loco!
(Pálida y cruel, La Rubia ni habla ni se mueve. El Negro se levanta, la botella cae).
-Sos linda sin grupo ¿eh?, tenés la piel más blanca que nunca…no me mirés así, besame, Rubia, besame…

 

(Del rojo labio a la roja uña la sangre corre, generosa, y anida por fin junto a la copa. Intacta, tentadora.)

 

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 3. BAILARIN DE PATIO.

 

Se imaginará el respetable público aquí presente que ya no está para estos trotes. Entre “La Comparsita”,”Don Juan” y “El entrerriano” hay enormes abismos, agujeros de aire que ya no puede llenar.
Comprenderán queridos amigos, vecinos, seguidores de su arte incomparable y nunca bien ponderado, que estas piernas ya no dibujan ochos redondos, aunque las baldosas sigan esperando, rojas y calientes como hembras que no se resisten al desaire.
El patio se le está viniendo encima y las compañeras Juanas, Hortensias, Milonguitas, se fugaron en busca de un Paraíso de café con leche y pan. Ahora, tejen mañanitas blancas.
-Animate, Luisito, animate.gritan los pechos acongojados de cafiolos y crotos, de gordas cargando  fuentones, de muchachas violetas y asustadas.
Ya es tarde.
Ahora, para llegar a este patio, hay que cruzar un corredor de frío y de faroles muertos. Minga de botín lustroso, la humedad le desata los cordones y no se anima ni a “Desde el alma”.
Déjenlo tranquilo. Con todo respeto, no lo jodan. Se quedó aquí y para siempre. En el mismo lugar donde alguna vez dejó las bocas y los ojos abiertos, desde la hondura de un corte, una sentada y un giro canalla.
Está bien así, quietito y recordando.

 

(Entonces La Sombra, la de pollera corta y tajo perverso, lo toma tiernamente de la mano y se lo lleva hasta el centro del Patio. Poco a poco, las notas de un violín de lata le acomodan los huesos y baila con Ella hasta el Final.
Entonces, los aplausos vuelan frenéticos, llenos de manos, y el patio se muere de alegría).

 Carlos Vitelleschi

 

CARLOS VITELLESCHI.
carlettov@gmail.com

 

 

 

 

 

 
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Comentarios:

Escrito por: guadalupe40       05/05/08 22:05
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Mina que fue en otros tiempos...., delicioso, lo que has escrito tiene la nostalgia, la cadencia, la tristeza de esos ritmos que tanto simbolizan a Buenos Aires y que tanto nos llegan a los que pasamos la raya de los sesenta, gracias por compartirlo.
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