Trágico invierno de 1990.

Categoría(s): cuento, terror
Recuerdo aquel día de julio de 1990, cuando mi esposa Estela y yo, fuimos de viaje a Rivera, a visitar el matadero de mi primo segundo, con la intención de desconectarnos por unos días del estrés de la ciudad y sus preocupaciones.

Tras cinco extenuantes horas de viaje, llegamos a Rivera a las 07:00 hrs. AM, con el frío viento invernal, atravesando las ventanas del auto y golpeando nuestros rostros.

Luego de varios giros, paseos sin sentido y varias discusiones, nos rendimos y optamos por pedir ayuda.

Siguiendo un lodoso camino costeado por filosos alambres de púas y verde pradera, dimos con un humilde peón. Su aspecto era desalinead y sucio, con una contextura física de grandes proporciones, y una mirada seca y bacía. Usaba un grueso y rotoso suéter, botas blancas de lluvia y sostenía un tabaco empapado y apagado en su boca.

Una vestimenta típica y adecuada para trabajar en el campo. – pensé yo.

Sin muchos rodeos ni vueltas, di a conocer mi interés. Pregunté entonces por la ubicación de la estancia de mi primo.

Con una vos muy tosca y ronca, como un relámpago rugiendo, contestó. – Siga éste camino, y a son de 2 Km. Verá una entrada a su derecha, que lo conducirá hasta el matadero de su primo.

Un poco aturdido por su enrredadiso acento, por lo penetrante de su voz y por aquél amargo olor que provenía de su boca, di las gracias y marché.

En pleno andar, mientras la imagen de aquel sujeto se alejaba por el retrovisor del auto, Estela y yo nos miramos y sonreímos por aquél casual encuentro con tan peculiar personaje.

En efecto, como había informado el peón, a 2 Km. Dimos con una entrada a la derecha, que a lo lejos dejaba ver la silueta de aquella rústica casa.

Al llegar a la morada  de mi primo Víctor, nos encontramos con un típico desayuno de Rivera como bienvenida; Mate, chorizo seco, queso y un enorme pan casero, situado en una mesa debajo del porche  de su casa.

Era tanta el hambre que casi olvido saludar a mi primo.

-         Que bueno verte luego de tantos años, dijo, - Espero que se te halla hecho fácil encontrar el camino a mi casa.

-         Si, claro que si, dije. – Tan solo tuve que pedirle ayuda a uno de tus peones y halle el camino.

Luego de un breve titubeo y de presentarle a mi esposa, acompañados por un campestre desayuno, nos pusimos al día. Él me contó, (entre tantas cosas) que éste matadero, lo había heredado de su padre, luego de que éste se suicidara, cortándose las venas con afilado naife.

Sin atreverme a pedir muchos detalles sobre el suceso y superada ya la amarga noticia, con el estómago lleno y el corazón contento, junto a Estela  y guiados por mi primo, recorrimos el matadero a caballo. Observamos lagunas, flora y fauna, las grandes cámaras refrigeradoras, revestidas por dentro con grisáceo aluminio, y adornada con reces colgadas de enormes ganchos.

Al salir, inspirado por tan crudo paisaje y bellas lagunas y pasturas, les pedí a Estela y a mi primo que se adelantasen, para que yo pudiera escribir tranquilamente a orillas de un arroyo, resguardado del viento por coloso sauce.

Luego, cansado el puño y agotada mi imaginación decidí volver en , desteñido corcel a la casa.

Allí, me esperaba un almuerzo digo de un rey, y una cama, donde sería respetada la sagrada siesta.

Tras haber devorado con ojo y boca dicho almuerzo, me encontraba panza arriba junto a Estela; hipnotizado por el sueño y la conformidad. En el cuarto continuo, los ronquidos de Víctor, tocaban una hermosa sinfonía.

De repente, un amargo olor me despertó del trance, y un frío intenso logró desvelarme.

Una pausada y tenebrosa mirada a mi alrededor pudo observar grisáceos aluminios, reces colgadas del techo con grandes ganchos; frente a mi, en la pared opuesta a la que me encontraba, estaba Estela y mi primo Víctor, amordazados y ya sin vida, por un corte casi quirúrgico en sus gargantas.

En la puerta, estaba el, con una mirada seca y bacía, un grueso y rotoso suéter, botas blancas y un tabaco en la boca. Y yo aquí, tieso, inmóvil, tiritando de frío y miedo, con un naife a mi izquierda, y sin fuerzas para poder usarlo, a causa del corte en mis muñecas, por donde se fugaba mi vida.   

 

 

                
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Comentarios:

Escrito por: Geraldine       27/08/07 01:22
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Ay me ha gustado, pero tienes algunas fallas de Ortografía, entonces si las corriges pues la idea quedaria muy bien, me suena como a thriller de suspenso ;)
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