


| Escritor: | Escribana |
| Públicado: | 21/10/2007 |
De hecho, tendrían compañía puesto que entre la plática del Rey y los sonrojos de la Reina comenzó a llover torrencialmente y por más que el caballero quisiera irse y por más que el Rey quisiera echarlo, el clima, a uno, y la educación, al otro, no le permitía partir, ni instarlo a partir. Por ello tendrían un invitado para la cena de esa noche, por eso tendrían una cena esa noche
El Rey y Sir Oscar, pues el caballero era Sir Oscar, seguían conversando cuando el heraldo anunció la llegada de la Reina, ambos se pusieron de pie y ambos se quedaron boquiabiertos al verla. Estaba despampanante, con un enorme y bello vestido púrpura, con el cintillo de plata sobre su frente. Con el cabello elegantemente recogido
Mientras los músicos tocaban los sirvientes servían y ellos comían. El Rey ocasionalmente hacía algún comentario. Sir Oscar ocasionalmente hacía otro comentario. Y la Reina, como buena Reina, se limitaba a escuchar puesto que ninguno le había dirigido la palabra. Sin embargo, aprovechando que el Rey andaba perdido en sus pensamientos, la Reina y Sir Oscar intercambiaron algunas miradas y la sonrisa pareció en el rostro de uno y los sonrojos en el rostro de la otra.
Ya habían terminado de comer cuando el Rey anunció que se retiraba a dormir pues al día siguiente debía partir temprano a ver al Rey Pedro que lo había enviado a buscar. Y le dijo a la Reina que se quedara con el invitado, como debía ser, pues era ella, en cuanto el se fuera, la anfitriona, y el otro el invitado, y debía permanecer haciéndole compañía hasta que este dijera que ya se retiraba a la habitación que habían designado para el por esa noche. Así pues, se quedaron solos en el comedor la Reina y Sir Oscar.
Permanecieron un buen rato en muda y absorta contemplación hasta que finalmente Sir Oscar dijo que ya era tarde y que se retiraba. Ambos se pusieron de pie y caminaron cada quien por un lado de la mesa hasta encontrarse ambos en el extremo opuesto, casi justo frente a la puerta y caminaron hacia la salida. Fuera aún llovía, pero ya no tan fuerte como cuando el Rey decidió que Sir Oscar se quedara.
La Reina extendió su mano hacia Sir Oscar para que el la besara a modo de despedida, como debía ser, pero el la tomó de la mano y con un rápido movimiento la atrajo hacia sí, hacia el, y la llevó hasta un espacio donde las sombras eran densas y allí la tuvo, prisionera entre la pared y su persona.
La Reina, gracias a las sombras, estaba segura de que el no veía el sonrojo en su rostro, pero no estaba segura de si no veía el brillo de recatada satisfacción en su mirada. Casi al mismo tiempo, casi al mismo tiempo en que sus rostros se acercaban, en ese mismo tiempo se alejaron y dijeron:
Sir Oscar se apartó un poco, dejándole a la Reina el espacio justo para escapar de allí, y así lo habría hecho si no fuera por que en el momento en que pasaba a su lado Sir Oscar la tomó de la cintura y haciéndola girar sobre si la abrazó con fuerza y sin detenerse a pensar en si alguien los veía, la besó. Y ella lo besó también.
Al darse cuenta de lo que había dicho la Reina echó a correr por el pasillo en busca del refugio que significaba su habitación, mientras que al darse cuenta de lo que había dicho Sir Oscar no logró reaccionar para detenerla. Se quedó allí parado, observando cómo su cabellera y los tantos holanes de su falda se agitaban conforme se alejaba.
La Reina logró llegar a su habitación y se dejó caer de lleno sobre la amplia cama, ocultando el rostro entre los almohadones, lloraba y no sabía por qué, lloraba y sabía por qué. Lloraba por que amaba, lloraba por que por fin amaba, lloraba por que al hombre a quien amaba, era el hombre a quien no debía amar, lloraba por que el hombre al que no amaba era el hombre al que debía amar. Lloraba por amor.
Cerca del alba el sonido de los caballos a punto de partir despertaron a la Reina, se levantó de golpe y corrió al balcón. Corrió las cortinas a ambos lados y observó cómo a lo lejos, pero sin perderse de vista ni detalle, el corcel de Sir Oscar, con Sir Oscar, se alejaba. Más cerca, el carruaje del Rey comenzaba la marcha. Casi al mismo tiempo, el Rey y Sir Oscar, volvieron la vista hacia el castillo, y ambos sonrieron al ver a la Reina de pie en el balcón, cada uno asombrado de verla. Ella, en un acto involuntario lanzó un beso al aire y ambos extendieron una mano para capturarlo, ambos sonrieron, y ambos volvieron la vista, dándole la espalda.
Cuando el carruaje del Rey alcanzó la parte donde Sir Oscar había estado, Sir Oscar ya se había perdido de vista, por lo cual, ninguno advirtió al otro y cada cual se quedó con la idea de que era el a quien a la Reina había salido a despedir y era a el a quien le había arrojado un beso.
La Reina se dejó caer en la mecedora que tenía junto a ventana y amaneciendo los ojos ocultos tras una mano sollozó un momento, hasta advertir la presencia de su Dama de compañía quien picadamente dejó caer sobre su falda una carta sin sello ni remitente. Luego de ello, se apresuró a salir y el ruido indicó que se había quedado afuera vigilando la entrada para que nadie entrara.
Lady Alejandra, pues así se llamaba la Reina, tomó el sobre con manos temblorosas y con manos aún más temblorosas sacó la carta que había dentro. La desdobló y sonrió al advertir una letra firmemente escrita, se podría decir que hasta varonil, de trazos resueltos.
Leyó:
¿Acaso se necesita más que un instante para estar seguros de que el amor nos ha alcanzado? ¿Acaso se precisan de palabras para saber que dos personas se han enamorado? Yo sólo preciso de vuestro recuerdo para sonreír. Sí, quizás suene impulsivo, difícil de creer, pero es así, estoy enamorado, enamorado de usted. Y me aventuro a decir que vos sentisteis lo mismo, que vuestra correspondencia al beso que osé robaros fue impulsada por el mismo sentimiento.
¿Fue así, miladi, puedo añorar, alimentar, la esperanza de que en vuestro corazón hay un sitio albergar el amor que de ahora en adelante os profesaré? Alejandra, si tan sólo vos me dierais una señal, por mínima que esta fuese, encararé al destino y al mundo si con ellos vos y yo podemos completar esta historia que recién empieza así encuentra ya grandes obstáculos.
Alejandra, respondedme con la verdad, con las palabras que vuestro corazón os susurran, decidme que vos también sentís lo que yo, y haré que nuestra ilusión se vuelva realidad.
Quedo de vos, perdida, irremediable y enteramente enamorado de vos:
Uno tras otro, encadenados tantos que no se podían contar, los suspiros de Lady Alejandra podían escucharse, quizás, hasta el mismo Cielo.
Ya lejos de allí, Sir Oscar cabalgaba sin prestar mucha atención al camino, no podía dejar de rememorar el instante en que estuvo a punto de dejar partir a la Reina y no obstante, luchando contra la razón y la locura a un mismo tiempo se aventuró a tomarla entre sus brazos y robarle, pedirle, un besos que no le fue negado.
Tan ocupado estaba, tan perdido andaba en esos recuerdos que no advirtió a la serpiente que tendida a medio camino lanzó una mordida ala pata derecha izquierda de su corcel y habiéndolo mordido, o quizás solo asustado, lo obligó a emprender un desenfrenado galope sin rumbo.
Cuando
Tomó la carta y la ocultó en su delantal. Mas al poner su mano sobre la mejilla de la Reina para obligarla levantar la vista se llevó ambas manos, sus manos, a la boca, para evitar que el grito que amenazó escapar de sus labios fuese oído. Su Reina, su joven y bella Reina parecía dormida, con los ojos cerrados y una ligera sonrisa en los labios. Su Reina probablemente soñaba, en ese sueño eterno, que se hallaba junto a el, caminando de la mano por un mundo donde su amor podía ser.
De un modo difícil de recrear, el corcel de Sir Oscar, aún con Sir Oscar sobre el, se encabritó justo al borde de un acantilado de salientes escarpadas. Sir Oscar no pudo mantener el equilibrio y tampoco pudo sujetarse y cayó sin más hacia ese acantilado.
Cuando un joven campesino pasaba por allí vio a lo lejos algo que parecía un caballo, picado por la curiosidad, y tentado por la avaricia de hacerse con el caballo perdido de alguien, se encaminó hacia el sitio, avanzó con cuidado pues el terreno en esa zona era traicionero y si no se tomaba enserio se caería en serio.
El corcel se hallaba parado en el borde mismo, agitaba sus crines y volvía la cabeza repetidamente, como señalando el fondo del acantilado. Igual de picado por la curiosidad, ahora más que antes, el niño echó pecho en tierra y así avanzó hasta llegar al borde y poder asomarse, lo que vio lo dejó en un estado de confusión y alguna otra cosa que por la confusión no supo definir.
En una de las salientes que no estaban tan abajo ni tan arriba podía verse el cuerpo de un hombre, aparentemente el de un caballero, seguramente el del dueño del caballo que permanecía a su lado, al lado del niño. Parecía que el caballero simplemente se hubiera recostado sobre la roca. Parecía que dormía, que soñaba, en ese sueño eterno, que se hallaba junto a ella, caminando de la mano por un mundo donde su amor podía ser.
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