Trágico amor

Categoría(s): Fantasiosos
Había una vez, en un castillo lejano, en un reino lejano, una hermosa doncella a quien casaron con el que iba ser Rey. Ella era hermosa, de larga cabellera negra, de mejillas sonrosadas, de enormes y expresivos ojos castaños. El era alto y fuerte, atractivo, todo un Rey.
 
Se casaron porque así debía ser y se llevaban bien pero no se amaban. Ni con el pasar de los años se amaban.
 
Ella vivía feliz, podría decirse, tenía todo lo que podía pedir. Una habitación enorme y amplia, libros para leer, vestidos lindos que usar. Un enorme jardín por el cual podía pasear. Y le habían permitido conservar a su Dama de compañía que era más su Nana que otra cosa. Lo tenía todo. Incluso el Rey la molestaba poco.
 
Un día mientras paseaba por el jardín escuchó, y luego vio, a lo lejos, no tan lejos, acercarse un caballo, al tenerlo más cerca reconoció el emblema del escudo de quien montaba al corcel. Creyó pues que se trataba del Rey Fernando, amigo suyo y de su marido, el Rey Enrique, amigo también, pero aliado además. Por esto decidió salir a su encuentro en el camino que llevaba a la entrada del castillo antes de que entrara.
 
Pero grande fue su sorpresa al notar que no era el Rey Fernando quien se acercaba, no, se trataba de un caballero, enviado quizás, emisario, mensajero momentáneo... Era un caballero el que se acercaba y estaba tan cerca ya que hasta podría haber notado su bochorno y sus ganas de huir a esconderse en su habitación. Pero allí se quedó. Y cuando el ya mencionado caballero estuvo a su lado detuvo al corcel por un momento y ambos se observaron.
 
Ella observó su rostro oculto ligeramente por las sombras que provocaba su espesa cabellera castaña, suelta y revuelta, además de sus hermosos ojos negros. Y su sonrisa, vaya, su sonrisa era sin duda lo que la había fascinado. El quien sabe qué observaba. Quizás su hermoso vestido... No... Su cabellera suelta que enmarcaba con delicadeza y perfección su rostro juvenil... Quizás... Su talle  estrecho y marcado por las modas de la época que obligaban que así fuesen los vestidos, vestidos para medio asfixiar... Seguro eso... Pero de seguro también notó el rubor inocente que cubrió el rostro de la Reina antes de que ella misma ocultara su rostro entre sus manos y echara a correr hacia sabe donde.
 
El caballero se quedó observándola hasta que sintió cómo un paje jalaba las riendas del caballo, que el había dejado caer, y guiaba al animal, con el encima, hacia las puertas del castillo. Y allí descendió para pedir audiencia con Su Majestad que de suerte andaba de ocioso observando el paisaje desde la única ventana, enorme ventana, que había en la Sale del Trono.
 
Era un castillo medio raro, pero no nos interesa el castillo.
 
Se entrevistó pues el caballero con el Rey y hablaron de las cosas de las cuales habla un Rey y un caballero. Mientras que no lejos pero tampoco cerca de allí, la Nana de la joven Reina no lograba encontrar al por qué de la aparente excitación de la ya mencionada. Sonreía y se sonrojaba, se sonrojaba y volvía a sonreír, y así se la llevaba. Pero bueno, no pudo enterarse de qué era lo que pasaba puesto que en eso tocaron a la puerta y como ella era la Dama de compañía, pues ella debía atender. Resultó que era un paje que informaba que el Rey quería que su Reina lo acompañara a cenar esa noche, que se arreglara, puesto que tendrían compañía.

 

De hecho, tendrían compañía puesto que entre la plática del Rey y los sonrojos de la Reina comenzó a llover torrencialmente y por más que el caballero quisiera irse y por más que el Rey quisiera echarlo, el clima, a uno, y la educación, al otro, no le permitía partir, ni instarlo a partir. Por ello tendrían un invitado para la cena de esa noche, por eso tendrían una cena esa noche…

 

El Rey y Sir Oscar, pues el caballero era Sir Oscar, seguían conversando cuando el heraldo anunció la llegada de la Reina, ambos se pusieron de pie y ambos se quedaron boquiabiertos al verla. Estaba despampanante, con un enorme y bello vestido púrpura, con el cintillo de plata sobre su frente. Con el cabello elegantemente recogido…
La Reina tomó asiento a la izquierda del Rey y quedó sentada justo frente a Sir Oscar que estaba a la derecha del Rey. El Rey los presentó y no pudo evitar pensar que esa era la primera vez, luego del día de su boda, en que veía a la Reina tan hermosamente arreglada, que no sabía qué pensar. Terminó pensando que se debía a que ella como buena esposa y dama que era había procurado, y se había esmerado en ello, arreglarse de tal modo para crear buena impresión y dejar por alto a su Rey, o sea a el. Eso pensó y eso lo tranquilizó.

 

Mientras los músicos tocaban los sirvientes servían y ellos comían. El Rey ocasionalmente hacía algún comentario. Sir Oscar ocasionalmente hacía otro comentario. Y la Reina, como buena Reina, se limitaba a escuchar puesto que ninguno le había dirigido la palabra. Sin embargo, aprovechando que el Rey andaba perdido en sus pensamientos, la Reina y Sir Oscar intercambiaron algunas miradas y la sonrisa pareció en el rostro de uno y los sonrojos en el rostro de la otra.

 

Ya habían terminado de comer cuando el Rey anunció que se retiraba a dormir pues al día siguiente debía partir temprano a ver al Rey Pedro que lo había enviado a buscar. Y le dijo a la Reina que se quedara con el invitado, como debía ser, pues era ella, en cuanto el se fuera, la anfitriona, y el otro el invitado, y debía permanecer haciéndole compañía hasta que este dijera que ya se retiraba a la habitación que habían designado para el por esa noche. Así pues, se quedaron solos en el comedor la Reina y Sir Oscar.

 

Permanecieron un buen rato en muda y absorta contemplación hasta que finalmente Sir Oscar dijo que ya era tarde y que se retiraba. Ambos se pusieron de pie y caminaron cada quien por un lado de la mesa hasta encontrarse ambos en el extremo opuesto, casi justo frente a la puerta y caminaron hacia la salida. Fuera aún llovía, pero ya no tan fuerte como cuando el Rey decidió que Sir Oscar se quedara.

 

La Reina extendió su mano hacia Sir Oscar para que el la besara a modo de despedida, como debía ser, pero el la tomó de la mano y con un rápido movimiento la atrajo hacia sí, hacia el, y la llevó hasta un espacio donde las sombras eran densas y allí la tuvo, prisionera entre la pared y su persona.

 

La Reina, gracias a las sombras, estaba segura de que el no veía el sonrojo en su rostro, pero no estaba segura de si no veía el brillo de recatada satisfacción en su mirada. Casi al mismo tiempo, casi al mismo tiempo en que sus rostros se acercaban, en ese mismo tiempo se alejaron y dijeron:
-No debemos…
Y ambos se observaron y bajaron la mirada.

 

Sir Oscar se apartó un poco, dejándole a la Reina el espacio justo para escapar de allí, y así lo habría hecho si no fuera por que en el momento en que pasaba a su lado Sir Oscar la tomó de la cintura y haciéndola girar sobre si la abrazó con fuerza y sin detenerse a pensar en si alguien los veía, la besó. Y ella lo besó también.
-Su Alteza, señora mía. No os pediré que me disculpéis pues no lamento haberos besado. Pero si quisiera pediros una respuesta franca a lo que estoy por deciros.- Sir Oscar tomó a la Reina por ambas manos y maldijo tenerla en esa posición pues su cuerpo proyectaba la suficiente sombra sobre ella para no poder verla. –Se que vos sois la esposa del aliado de mi Rey. Pero no dejáis por ello de ser una hermosa mujer. ¿Acaso también por ser de vuestro Rey dejáis de ser receptora de otros amores?
-Mi Rey es vuestro Rey en este momento. – La reina se esforzaba por buscar a las palabras opuestas de las que en verdad quería decir, pues esas no podía decirlas, porque no debía ser. –Y yo sigo y seguiré siendo su Reina. Pero vos no dejaréis de ser el hombre que me ha hecho sentir, por vez primera, un atisbo de amor.

 

Al darse cuenta de lo que había dicho la Reina echó a correr por el pasillo en busca del refugio que significaba su habitación, mientras que al darse cuenta de lo que había dicho Sir Oscar no logró reaccionar para detenerla. Se quedó allí parado, observando cómo su cabellera y los tantos holanes de su falda se agitaban conforme se alejaba.

 

La Reina logró llegar a su habitación y se dejó caer de lleno sobre la amplia cama, ocultando el rostro entre los almohadones, lloraba y no sabía por qué, lloraba y sabía por qué. Lloraba por que amaba, lloraba por que por fin amaba, lloraba por que al hombre a quien amaba, era el hombre a quien no debía amar, lloraba por que el hombre al que no amaba era el hombre al que debía amar. Lloraba por amor.

 

Cerca del alba el sonido de los caballos a punto de partir despertaron a la Reina, se levantó de golpe y corrió al balcón. Corrió las cortinas a ambos lados y observó cómo a lo lejos, pero sin perderse de vista ni detalle, el corcel de Sir Oscar, con Sir Oscar, se alejaba. Más cerca, el carruaje del Rey comenzaba la marcha. Casi al mismo tiempo, el Rey y Sir Oscar, volvieron la vista hacia el castillo, y ambos sonrieron al ver a la Reina de pie en el balcón, cada uno asombrado de verla. Ella, en un acto involuntario lanzó un beso al aire y ambos extendieron una mano para capturarlo, ambos sonrieron, y ambos volvieron la vista, dándole la espalda.

 

Cuando el carruaje del Rey alcanzó la parte donde Sir Oscar había estado, Sir Oscar ya se había perdido de vista, por lo cual, ninguno advirtió al otro y cada cual se quedó con la idea de que era el a quien a la Reina había salido a despedir y era a el a quien le había arrojado un beso.

 

La Reina se dejó caer en la mecedora que tenía junto a ventana y amaneciendo los ojos ocultos tras una mano sollozó un momento, hasta advertir la presencia de su Dama de compañía quien picadamente dejó caer sobre su falda una carta sin sello ni remitente. Luego de ello, se apresuró a salir y el ruido indicó que se había quedado afuera vigilando la entrada para que nadie entrara.

 

Lady Alejandra, pues así se llamaba la Reina, tomó el sobre con manos temblorosas y con manos aún más temblorosas sacó la carta que había dentro. La desdobló y sonrió al advertir una letra firmemente escrita, se podría decir que hasta varonil, de trazos resueltos.

 

 

Leyó:
“Lady Alejandra:
Sé que no soy más que un caballero, sé que comparado con un Rey, ni siquiera por mis tantas victorias en justas y batallas quedo igualado. Pero como hombre, quizás como hombre lo supere. Soy un hombre que se siente perdidamente prendado de vuestros ojos, de vuestra sonrisa, de vuestros labios.

 

¿Acaso se necesita más que un instante para estar seguros de que el amor nos ha alcanzado? ¿Acaso se precisan de palabras para saber que dos personas se han enamorado? Yo sólo preciso de vuestro recuerdo para sonreír. Sí, quizás suene impulsivo, difícil de creer, pero es así, estoy enamorado, enamorado de usted. Y me aventuro a decir que vos sentisteis lo mismo, que vuestra correspondencia al beso que osé robaros fue impulsada por el mismo sentimiento.

 

¿Fue así, miladi, puedo añorar, alimentar, la esperanza de que en vuestro corazón hay un sitio albergar el amor que de ahora en adelante os profesaré? Alejandra, si tan sólo vos me dierais una señal, por mínima que esta fuese, encararé al destino y al mundo si con ellos vos y yo podemos completar esta historia que recién empieza así encuentra ya grandes obstáculos.

 

Alejandra, respondedme con la verdad, con las palabras que vuestro corazón os susurran, decidme que vos también sentís lo que yo, y haré que nuestra ilusión se vuelva realidad.

 

Quedo de vos, perdida, irremediable y enteramente enamorado de vos:
Sir Oscar”

 

Uno tras otro, encadenados tantos que no se podían contar, los suspiros de Lady Alejandra podían escucharse, quizás, hasta el mismo Cielo.

 

Ya lejos de allí, Sir Oscar cabalgaba sin prestar mucha atención al camino, no podía dejar de rememorar el instante en que estuvo a punto de dejar partir a la Reina y no obstante, luchando contra la razón y la locura a un mismo tiempo se aventuró a tomarla entre sus brazos y robarle, pedirle, un besos que no le fue negado.

 

Tan ocupado estaba, tan perdido andaba en esos recuerdos que no advirtió a la serpiente que tendida a medio camino lanzó una mordida ala pata derecha izquierda de su corcel y habiéndolo mordido, o quizás solo asustado, lo obligó a emprender un desenfrenado galope sin rumbo.

 

Cuando la Nana, la Dama de compañía, volvió a entrar, vio a la Reina recargada en su mecedora con la cabeza inclinada a un lado y la carta sobre su regazo. Sonrió mientras se acercaba. Qué bendición que por fin hubiese descubierto el amor, que lastima y que pena y que mal que no hubiese sido el Rey quien lo despertara en ella. Pero así era el amor, se presentaba cuando uno menos lo esperaba y del modo en que menos se imaginaba.

 

Tomó la carta y la ocultó en su delantal. Mas al poner su mano sobre la mejilla de la Reina para obligarla levantar la vista se llevó ambas manos, sus manos, a la boca, para evitar que el grito que amenazó escapar de sus labios fuese oído. Su Reina, su joven y bella Reina parecía dormida, con los ojos cerrados y una ligera sonrisa en los labios. Su Reina probablemente soñaba, en ese sueño eterno, que se hallaba junto a el, caminando de la mano por un mundo donde su amor podía ser.

 

De un modo difícil de recrear, el corcel de Sir Oscar, aún con Sir Oscar sobre el, se encabritó justo al borde de un acantilado de salientes escarpadas. Sir Oscar no pudo mantener el equilibrio y tampoco pudo sujetarse y cayó sin más hacia ese acantilado.

 

Cuando un joven campesino pasaba por allí vio a lo lejos algo que parecía un caballo, picado por la curiosidad, y tentado por la avaricia de hacerse con el caballo perdido de alguien, se encaminó hacia el sitio, avanzó con cuidado pues el terreno en esa zona era traicionero y si no se tomaba enserio se caería en serio.

 

El corcel se hallaba parado en el borde mismo, agitaba sus crines y volvía la cabeza repetidamente, como señalando el fondo del acantilado. Igual de picado por la curiosidad, ahora más que antes, el niño echó pecho en tierra y así avanzó hasta llegar al borde y poder asomarse, lo que vio lo dejó en un estado de confusión y alguna otra cosa que por la confusión no supo definir.

 

En una de las salientes que no estaban tan abajo ni tan arriba podía verse el cuerpo de un hombre, aparentemente el de un caballero, seguramente el del dueño del caballo que permanecía a su lado, al lado del niño. Parecía que el caballero simplemente se hubiera recostado sobre la roca. Parecía que dormía, que soñaba, en ese sueño eterno, que se hallaba junto a ella, caminando de la mano por un mundo donde su amor podía ser.

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Comentarios:

Escrito por: lorebl       21/10/07 18:39
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"¿Acaso se necesita más que un instante para estar seguros de que el amor nos ha alcanzado?". Una historia trágica que no está lejos de vivirse en el plano real...
Un abrazo,
Lore.
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