Siento que me asfixio en los cristales y me
hundo cada vez más. No puedo respirar. No hay hacia dónde mirar. Todo es una
tormenta; un océano revolcándose sobre mí, golpeando la fuerza de sus olas en
mis esperanzas, en mi claridad mental, en las decisiones que las algas
alrededor de mis tobillos me impiden tomar. Porque quiero salir de aquí, quiero
subir, elevarme hacia la luz y ver con los ojos sin cegarlos al abrirlos con la
corrosiva sal de este submundo.
Tiburones, pirañas, pulpos. Pulpos que quieren tocarlo
todo, que con sus tentáculos se aferran a las oportunidades y trastocan aquello
que potencialmente es para mí, dejándome con las manos vacías y muertas bajo la
presión de seiscientas atmósferas sin oxígeno. Las pirañas nadan amenazadoras a
mi alrededor y se complacen acercando sus dientes afilados a mi rostro,
rozándolo, apenas acariciándolo, como avisándome lo que puede suceder si me
atrevo a desafiarlas. Algas, tiburones, miedo.
El agua es turbia, no me permite divisar la
superficie ni el fondo. Agua pringada de arena, agua con tonos cafés y grises.
Nada de pureza, nada de felicidad. Soy sólo una burbuja pendiente de la nada en
este turbulento mar. No hay esperanza, no hay fe. Ni siquiera una salida o un
entierro definitivo en el fondo, como si nadie ni nada creyera que puedo ser un
tesoro escondido en la profundidad. Sólo me asfixio, sólo me ahogo
cada vez más hondo y sin salida...
¿Algún día dejarás de contemplar el vaso y te tomarás tu café? Ya se te hizo tarde para irte a trabajar.
"¿Eh? Ah, sí. Perdón. Je je je"
***
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