TODOS, relato de Javier Cotillo - JACO

Categoría(s): RELATO SOCIAL


TODOS

 

Introducción

 

I.                   La asamblea de padres de familia
II.      Los problemas de siempre
III.     El sueño de Don Carlos
IV.    Todos alrededor de un ideal

 

INTRODUCCIÓN


T
odavía recuerdo con amor mi primer salón. Era el viejo corredor de adobes de una solitaria vivienda abandonada. Aún entibia mi mejilla el recuerdo del primer día de clases. Faltaban pocas horas para su inicio, y no había nadie en el paisaje andino. Me sentía desilusionado. Casi me arrepentía de haber dejado las aulas de la universidad por esa aventura idealizada.

 

        Nervioso, y para terminar de coser, a mano, nuestra improvisada bandera, me senté sobre un pedrusco, al lado de la choza que me servía como alojamiento. Después,  empecé a juguetear con el puntero que se guardaría sin estrenar. Sin embargo, mis ojos miraban, hacía rato, un punto móvil, abajo, en la quebrada. Con afán  recorría sobre el cerro la línea irregular del camino. Poco a poco empezaba a dibujarse la silueta de un campesino  metido en su poncho y su sombrero. “Por fin..., alguien”, pensé.

 

—Ave Mária Purísima, prufisur —dijo el recién llegado, a manera de saludo. 
—Don Juvencio..., Don Juvencio —respondí alegre y corrí para darle la mano. —¡Dónde están los demás! ¿Y los alumnos? ¿Se repartió el material escolar?—, atropellé con preguntas que sonaron a protesta.
—Nosi priucupi, prufisur, nosi priucupi—dijo con su parcimonia de hombre del ande. Luego, mirando el horizonte, agregó— Toqui silbatu, toqui, toqui, prufisur.

 

El hilo del silbato rasgó los vientos y cortó los andes. Tiempo después, risas infantiles penetraron el horizonte. Eran tres niños que jugaban con la neblina mientras bajaban del cerro con dirección a su naciente escuela. Al poco rato, por la cumbre del otro cerro, cinco ángeles con cara de alumnos hurtaron de nuestros labios una gran sonrisa. Más niños por aquí y del otro cerro también. Niños más niñas, vestidos con bayetas color rojo, marrón, amarillo y negro, con pequeñas variantes que los diferenciaban por su género. Bajaban de las alturas como hormiguitas rumbo al panal del saber llevando su libro, un lápiz y un cuaderno con pasta amarilla que contrastaba con sus caritas color tomate, tostadas por el frío, el viento y el sol. Los pies descalzos de la gran mayoría hirieron nuestro corazón. Sólo algunos tenían hojotas que no servían de nada para protegerlos del intenso frío andino, clima que, sin embargo, no lograba eclipsar el entusiasmo que achispaba en los ojitos de cada uno por ir, por primera vez, a una escuela.
Estos tiernos recuerdos del ande, unidos a las vivencias asumidas en nuestra “Escuela Cultural Peruana”, que fundáramos para dar asistencia a niños huérfanos, canillitas y lustrazapatos de la ciudad capital, han servido de inspiración para fraguar las líneas del siguiente relato.

 

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TODOS

I.     LA ASAMBLEA DE PADRES DE FAMILIA

 

L
os padres de familia del colegio tenían asamblea. Eran las siete de la noche, de un día sábado, del mes de diciembre. Había interés para resolver los problemas más urgentes de los niños. En ese punto, todos estaban de acuerdo. Donde no había coincidencia, como es natural, era en cómo resolverlos.

 

Después que hablaron algunos padres, Don Carlos, el albañil, tomó la palabra:

 

—Amigos —dijo—; aunque vivimos en un pueblo joven, ya no queremos escuchar más discusiones, porque sólo sirven para separarnos. Hoy, por nuestros hijos, todos debemos unirnos. ¡Para qué! ¿Para qué? —se preguntó él mismo, y luego se respondió señalando las aulas—. Miren las paredes de los salones: de esteras. Esteras que compramos con nuestros ahorros, y han dado abrigo a nuestros hijos por cuatro años. Los servicios higiénicos no tienen nada de higiene, porque son simples pozos que perforaron nuestros brazos, y cumplen su función a medias. Los cajones de madera, que nosotros hicimos carpetas, ya están rotos y casi ya no sirven. ¿Queremos que siga igual? ¡Verdad, que no?

 

Todos callaron; y admiraron a este buen hombre, que hablaba con el corazón y la razón. La voz sonora del albañil se filtró por todo el colegio. En el silencio de la noche, hasta los grillos dejaron de frotar sus alas para no hacer su cricrí de costumbre, por temor a interrumpir a Don Carlos quien, siguió hablando:

 

—Nuestros problemas son enormes; pero nuestra voluntad es mayor. Una sola persona, es nada. Todos, unidos, somos suficiente. Por eso,  es  hora  de unirnos en un solo abrazo para cambiar estas esteras por ladrillos y cemento. Nuestro colegio, que un día nació como una ilusión, ahora debe ser una gran realidad.

 

—Es fácil hablar, Don Carlos —gritó un padre de familia, con signos de haber bebido licor—;  ganamos muy poco, y no alcanza ni para comprar la comida de nuestros críos.

 

—Cierto, Don Pedro, cierto; ganamos muy poco, y no alcanza para comprar la comida diaria. Pero, con  su perdón, le pregunto: ¿Y, cómo paga la cerveza que toma?

 

En el ambiente se escuchó un murmullo contra Don Pedro; entonces, Don Carlos, se apresuró a decir:

 

—Mis palabras no quieren ofender a Don Pedro, porque si de unirnos se trata, hoy, como nunca, debemos ser amigos. Mi pregunta fue respetuosa y tiene la intención de hacernos pensar, sobre lo mucho que podemos dar, dentro de nuestra pobreza. Si damos un poco de lo que no tenemos, estamos dando la vida. Por eso, y para nuestros hijos, yo, que no tengo nada, puedo dar mis conocimientos de albañil, y utilizar mis herramientas, mi lampa y mi plomada para ayudarles a construir nuevas aulas. 

 

 

II.    LOS PROBLEMAS DE SIEMPRE

 

S
igue la asamblea.

 

   —¡Pero, no tenemos materiaaalll! —gritó una señora.
—Doña Susana; ¡¡sí, tenemos material!! —respondió Don Carlos y, hablando consigo mismo en voz alta, como queriendo que sus palabras no salieran de sus labios, sino de su corazón, agregó—: Somos mil padres de familia, considerando los tres turnos en los que funciona nuestro colegio. Si cada uno de nosotros da, como cuota, diez ladrillos, tendremos diez mil ladrillos. Esa cantidad es suficiente para construir diez aulas y los servicios higiénicos. Y vean, amigos, que las diez aulas, en los tres turnos, equivalen a treinta salones.

 

“¡Este cojudo nos quiere engañar!”, pensó alguien, y luego comentó en voz alta: —¿Cómo? ¿Diez aulas son treinta salones? ¡Tá loco!
—Diez por tres, ¿cuánto és! —respondió otra persona, en tono conciliador.

 

Entre la multitud, se dejó escuchar:

 

—Pero falta cemento, arena, fierros y alambres.
—También puertas, ventanas y eternit —completó otra voz.
—Qué bien. ¡Magnífico! —gritó alegre, Don Carlos—. Los felicito por saber lo que hace falta.

 

         La pequeña figura de este soñador se hizo gigante cuando estiró sus brazos hacia el cielo entrelazando los dedos para tomar un puñado de estrellas lejanas junto con sus ilusiones. La actitud de este pequeño titán originó una admiración especial en todos los presentes, quienes saboreaban en silencio cada detalle del orador. Su camisa se abrió, para dejar paso a sus músculos fortalecidos en el trabajo rudo de cada día. Sus pequeños ojos se iluminaron cuando empezó a desatar los dedos, entreabriéndolos lentamente, de a pocos, como quien tiene miedo que las joyas del cielo se derramen por el suelo, mientras musitaba para sí:

 

—Don (,) don Francisco tiene su ferretería. A (,) algo podrá regalar. Don Alberto y Doña Susana, venden maderas y (,) y tablas. También está la tienda de Don Matías y de Doña Fermina.

 

 

III.   EL SUEÑO DE DON CARLOS

 

D
el tumulto retumbó una voz de trueno para censurar:

 

—Este Don Carlos parece cobrador. Está soñando. Hablar es fácil. Pero del dicho al hecho hay mucho trecho.

 

—Dice bien, mi vecino Don Gilberto —respondió Don Carlos— estoy soñando. Estoy soñando con un mundo nuevo, en el que todos seamos solidarios, unidos y comprometidos con nuestro progreso. El futuro existe porque existen nuestros niños, con sus problemas y sus travesuras. Por eso nos hacen reír dentro de nuestra tristeza, y nos dan aliento cuando nos miran con la inocencia de su ternura. —Luego de una pausa, continuó Don Carlos—: La ley natural nos dice que el acero se hunde en el agua, pero gracias a que alguien soñó con hacerlo flotar, ahora el acero flota sobre el agua.

 

—Eso es imposible, Don Carlos.
—Tá loco, el albañil.
—¿Imposible? ¡Sí..., es posible! Basta ir al puerto para ver inmensos barcos de acero que flotan en el mar, y llevan toneladas de peso.
—¡Verdáaaad!... —se dejó oír el asombro de varias personas.
—Sin trucos..., Don Carlos; así no vale..., sin trucos.

 

Todos los asistentes rieron de buena gana. Se había roto el hielo; entonces intervino el Director del colegio:

 

—Doy gracias a todos los presentes por su asistencia, su  entusiasmo y su calor. En especial a Don Carlos que, no teniendo dinero, nos ofrece tan generosamente sus conocimientos de albañilería, y sobre todo su ejemplo, para hacer posible, entre todos,  la construcción de nuestro colegio. Creo que el momento es adecuado. Podemos aprovechar las vacaciones de fin de año para iniciar los trabajos. Diez ladrillos por cada padre de familia, hacen diez mil ladrillos que, según los cálculos, serán suficientes para diez aulas y los servicios higiénicos. Sin embargo, esto, no es más que el principio.

 

—¡Lo sabía..., lo sabía! Además de los diez ladrillos,  seguro que nos piden otra cuota —interrumpió nuevamente  Don Wilfredo, con su voz ronca.
—¡Cálmese, Don Wilfredo! ¡Cálmese, por favor! —recomendó el Director, y mirando con infinita bondad a la concurrencia, preguntó con un extraño pero firme convencimiento— EL RESTO LO HAREMOS ENTRE TODOS, ¡VERDAD QUE SÍ?

 

—¡SÍ, SEÑOR DIRECTOR, TODOS..., ENTRE TODOS SEÑOR! —contestaron a una sola voz los padres de familia; e inesperadamente, alguien gritó entusiasmado:
—¡¡¡Viva..., viva nuestra uniónnn!!! —Fue cuando los asistentes acicatearon su ansiedad y liberaron sus emociones largo tiempo contenidas.
—¡Bravo! ¡Bravo! —estalló el colegio de alegría.
        —¡Viva..., vivaaá! —brotaron lágrimas de emoción.

 

 


IV.  TODOS ALREDEDOR DE UN IDEAL

 

L
os grillos reiniciaron su cricrí; el viento sopló suavemente; las nubes se retiraron para dar paso al brillo lunar; y, los niños que acompañaban a sus padres, se pusieron de pies para cantar el Himno del Colegio, tomados de las manos de papá y mamá.

 

Esa noche, TODOS se unieron alrededor de un solo ideal, gracias a Don Carlos, El Albañil del Barrio.

 

Al terminar la asamblea, la gente salía contenta de la escuelita de esteras, con la seguridad de que el próximo año sus hijos tendrían nuevas aulas.

 

 

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Han pasado 30 años. Un anciano albañil, lleva a sus nietos al colegio:

 

—¡Abuelito..., Abuelito! ¿Sabes quién hizo mi Colegio?
—"Todos mi'jo... Todos". —Y siguió caminando, rumbo al Gran Colegio del Barrio.

 

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Comentarios:

Escrito por: jacoescribe       05/05/08 15:24
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Escrito por: lidianakasone 08/01/08 05:54
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Aqui..dejandole mis huellitas
besitos
Borrar Escrito por: rotko 08/01/08 05:18
Quitar amigo Enviar correo Todo es un relato

enternecedor
Don Javier...
y
el cuento del silbato
es hermoso...
Escrito por: poesiacarnivora       27/02/08 02:53
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Entrar a tu espacio es sin duda saber que disfrutare de un excelente texto.Una narración impecable, donde ubicas muy bien la escena, los personajes, con los detalles justos.
Un mensaje final que muestra como el esfuerzo de todos, apesar de las diferencias, logra hacer grandes cosas.
Un excelente texto.
He disfrutado de tu lectura.
Que las Hadas sigan dando vuelo a tu pluma.
Escrito por: minerva       12/02/08 05:34
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Tienes una facilidad Javier para describir la escena perfecta, cuando hacen falta diez mil ladrillos, quien piensa en los grillos?, sólo el poeta y esos detalles le dan belleza a tu relato, gracias por compartir algo de la gente andina, su forma de hablar, su fuerza, la unidad de su gente, su coraje y muchas cosas más que hay en tu historia.
Me gustó y me hizo recordar mi escuelita rural.
Escrito por: etelsaga       26/01/08 21:53
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Magnifico tu relato. Me sentí en medio del Gran Colegio del barrio. Un orgullo que se lleva muy dentro cuando se ve la obra terminada y todos los chiquillos gritando.
Un abrazo
Escrito por: sgrassimeli       11/01/08 22:40
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Que bonito relato social, amigo. El ser humano es un ser social y si se comprendiera el verdadero significado (lejos de la violencia a la que se lo une)...Que bueno poder contar algo en treinta años...porque sigo vigente...Tiene olor a barrio tu texto y eso me gusta.
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