TODO POR UN MANÍ

Categoría(s): metafísica, maní, pérdida

No resulta fácil escribir sobre el tema sin esperar que no me crean loca, lo que viene es un llamado de auxilio, abran su mente y así ojalá comprendan.      

 

So pretexto de obtener un documento exacto para la historia diré: todo empezó un sábado doce de septiembre a las tres y media de la tarde en la ciudad de Bogotá, por aquel tiempo padecíamos los estragos de la depresión post tecnológica que había conducido al desempleo de muchos de nosotros, por esto me encontraba sola en mi casa sin nada que hacer. Sin embargo, en virtud de la poética y de la literalidad del asunto añadiré que aquella fue una tarde soleada, libre en apariencia del smoke citadino. Por otro lado y para ser absolutamente clara, ampliaré mis explicaciones diciéndoles que como siempre he tenido la costumbre de llevar la contraria, mi casa, ubicada en un barrio popular del occidente capitalino, estaba fría; aquí me detengo y agrego a modo de explicación: todo lo que me rodea, absolutamente todo (cosas y personas), se inundan de ese sentimiento de rebeldía que habita en mí y conciben lo contrario de lo que el entorno dice. Bien, afuera hacía sol, en mi casa hacía frío y yo llevaba un suéter de lana.

 

     Hasta aquí todo normal: un día soleado, un suéter de lana, sábado en la tarde y yo sentada en mi sofá frente a la tele viendo un programa. Sin poder disfrutar de algo mejor, comía maní, detesto el maní, pero no sabía que hubiese algo más en la alacena y no sentía deseos de levantarme del sofá. Recuerdo pensar en lo bueno que sería si no existiera el maní, ni sus primas las nueces que eran todavía más repulsivas a mi paladar. Pensé también, con cierta sorna, que si los ignoraba esos alimentos horrendos dejarían de existir...

 

     En ese momento sentí hambre y muy a mi pesar me vi obligada a caminar hasta la cocina, revisar la alacena y notar su vacío, un pensamiento ligero, muy vago, pasó frente a mis ojos...algo debía haber allí, una cosa pequeña, de paquete. Bien, no podía ser nada importante y mi hambre no era tanta después de todo; ignoré el primer hecho, como aquí lo pinto fue como sucedió, es decir, todo empezó por un maní.

 

     Siguió el mundo dando tumbos en el universo y yo continué con mi vida, todos seguimos con nuestra vida sin preocuparnos de nada, por qué habríamos de hacerlo si nada importante se había perdido.

 

     Pasaron unos días, llegó el dieciséis de septiembre día en que la tradición familiar me obligaba a reunirme en casa de la tía Luisa para celebrar su cumpleaños, ella era rica, soltera y sin hijos a los que heredar, por lo tanto, todos muy hipócritamente la llenábamos de cumplidos en procura de su favor económico. Odiaba las reuniones familiares, odiaba más que nada los comentarios venenosos y las preguntas entrometidas que solían hacerme todas mis tías y mis “queridos” primos. Me los imaginaba ya diciendo: ¿otra vez no trajiste pareja? ¿Todavía sin trabajo?

 

      Mi primer deseo fue el de no verme en el compromiso de participar, pero necesitaba el dinero que tía Luisa quisiera ofrecerme, entonces sin premeditarlo convertí en mi mantra personal una frase que en ese momento inventé: “no escucharé las preguntas entrometidas, no existen, no existen las preguntas entrometidas, no existen”. Lo repetí no sé cuántas veces hasta que dieron las nueve y alzaba la aldaba en la puerta de la casa de tía Luisa, a los pocos segundos apareció la cara abotargada de la insufrible Rita, la esposa de mi tío Camilo quien parecía vivir cansado, a donde quiera que fuese se apoderaba de alguna poltrona y no se enderezaba hasta el momento de irse.

 

     La saludé con toda la buena intención concebible, ella a su vez me saludó con una fuerte aseveración: “sola, como siempre y todavía sin trabajo, imagino”. Me encontraba a punto de darle la respuesta que se merecía cuando apareció por detrás tía Luisa y ambas, por nuestra conveniencia financiera, cambiamos de conversación y hablamos de lo poco que se le notaban los años a nuestra setentona pariente.

 

     Con gran dificultad, eludiendo una que otra pelea, esa noche salí indemne de la reunión. En tan delicada ocasión sorteé no preguntas entrometidas sino sentencias, aseveraciones hirientes hechas por todos mis allegados, situación desesperante que me llevó al convencimiento de que mi deseo se había convertido en realidad, aquel mantra involuntario formó un curso de acción y funcionó.

 

     Tomé el bus a casa el cual rodó por un nuevo mundo, uno sin preguntas entrometidas y sin maní... de repente recordé esa otra cosa insignificante que hacía falta, aunque no estaba muy segura del por qué de tales acontecimientos. Las cosas desaparecían a mi gusto, cómo desaparecieron y cómo mi conciencia sabía que habían desaparecido por mi culpa, no lo podré saber.

 

     El diecisiete de septiembre se topó con una mujer despierta en su cama, o sea yo; reflexionaba, pues me resultaba imposible creer que algo desapareciera del mundo por mi causa. El reloj marcó cinco minutos cercanos a las tres de la madrugada y lo único que se me ocurrió en esa gélida mañana de jueves en el que me paseaba por mi habitación con una inexistente pijama víctima del más atroz calor, fue realizar un experimento: desvanecería algo frente a mis ojos para convencerme de mi poder y descubrir cómo lograrlo de un modo conciente. Sólo debía decidir sobre cuál objeto ensañarme y llevarlo a su inexistencia, repasé con la vista todo cuanto me rodeaba: un florero, una ventana, unas cortinas, un tapete a cuadros, una cama doble, una mesita... ¡Si, eso era! Aquella era otra de las cosas que me molestaban, las camas dobles existían sólo para hacerme recordar mi soledad nocturna. Llevaba tiempo sin que nadie ocupara la otra plaza de mi cama y no era justo que otros sí las disfrutaran mientras yo moría de soledad. La miré con fijeza sin saber cuál acción ejecutar: ¿un mantra, como en la reunión familiar? O una aseveración profunda como con el maní. Me senté en el suelo frente a la cama y comencé a recitar con toda la concentración de que era capaz: “no camas dobles, no camas dobles, no existen, no existen, no existen”. Abrí los ojos, tiritaba de frío, mis miembros congelados apenas si respondían a mis órdenes, la luz del sol ya había salido e iluminaba mi cama sencilla... ¡mi cama sencilla!

 

     Salí ese día frío de un septiembre infinito con la convicción de lograr mi sueño de vivir en un mundo sin maní, sin nueces, sin preguntas entrometidas y sin camas dobles. Por supuesto, no meditaba en las consecuencias, exclusivamente me dedicaba al disfrute de mi alegría, para mí resultaba inmisericordemente maravilloso el poder de la des-creación desarrollado dentro de mi ser; miré a mi alrededor con la mirada de un dios, de quererlo podría desaparecer todo cuanto me molestara y nadie sabría cómo oponerse, porque nadie se daría cuenta del cambio ocurrido en su monótona existencia. ¡Yo era un dios! Cierto, un dios que no creaba, pero sí uno que podía hacer desaparecer lo creado, y qué poco me importaba ese hecho.

 

     Tenía hambre, me acerqué a un carrito de perros calientes, le pedí uno con todo al vendedor:

 

                        -Son mil quinientos, señora –me dijo.

 

                        -No tengo trabajo, así que no tengo dinero, por lo tanto el dinero es algo que no debe existir –le respondí en tono festivo, como quien juega un juego. El hombre me miró sin comprender y yo cerré mis ojos para concentrarme-: el dinero no existe, no existe, no existe...

 

                        -Entonces el trueque se lo haré por sus pendientes –respondió la víctima de esta deidad poderosa, yo-, le doy el perro a cambio de sus aretes.

 

                        -O.K. ¿tiene maní? -pregunté por hacer la prueba.

 

                        -De qué me habla.

 

                        -Nada –sonreí malévola-, olvídelo.

 

     Me fui del lugar casi saltando de la dicha, por primera vez sentía que el mundo me pertenecía. Comencé a escuchar en mi mente “el vals de las flores”, Cascanueces a mi disposición para que yo bailara por todo el parque sin temor ni vergüenza alguna, pues si alguien me molestaba simplemente lo desaparecería. Ya no era un peón más, era una jugadora y las fichas se moverían a mi antojo, me quité las sandalias, quería caminar descalza por el parque, entonces me encontré con Santiago. Bolaños, como me gusta decirle, ha sido por décadas mi mejor amigo, al encontrarme tan radiante no pudo menos que extrañarse y yo no pude menos que contarle mi descubrimiento.

 

                        -Pobre loquita, ahora sí de verdad perdiste la cordura.

 

                        -No, piénsalo. Recuerda aquella vieja afirmación filosófica que dice: la realidad no es más que una proyección del inconsciente colectivo.

 

                        -¿Y? Tú no eres el inconsciente colectivo, eres un individuo; uno loco, pero al fin y al cabo, uno.

 

                        -Concebí algo que nadie había tratado, negué la realidad de las cosas y al formular la idea perdieron su asidero en el mundo.

 

                        -Niña, estás de remate...

 

                        -Créeme, ve a la tienda y pregunta por maní o nueces y verás lo que te dicen.

 

                        -¿Qué cosas? No entiendo.

 

                        -Claro, por que para ti no existen, así como para el tendero. Hazme caso y ve.

 

     Ese jueves 17 de septiembre con una inusual y fría mañana convirtiéndose en una tarde de lluvia, no podía terminar tan perfectamente como había empezado. Era de esperarse, es una de las inexorables leyes de Murphy: lo malo de todo lo bueno es que tiende a desmejorar. A los pocos minutos llegó Santiago con un paquete de maní y me lo entregó, me quedé aturdida con la vista fija en él.

 

                        -Eso era lo que querías, ¿no? O esperabas otra cosa.

 

                        -Bueno, y... y, con qué lo pagaste.

 

                        -Ah, pues con... –se quedó pensando-, con...con esas cositas redondas... sólo recuerdo un brillo dorado en mi mano.

 

                        -Dinero –le recordé en el colmo de la desilusión.

 

     Nuevamente en mi casa, la noche del jueves y la madrugada del viernes me acompañaron en mis reflexiones. No podía olvidar mi cama sencilla de la noche anterior y tirada como estaba sobre mi cama doble, lloré desconsoladamente.

 

     Nada me podía salir bien a mí, ni siquiera mi papel de diosa des-creadora del mundo. No entendía nada. Para mí era un hecho indiscutible la pérdida y posterior desaparición del maní, las nueces, las preguntas entrometidas, las camas dobles y el dinero, el aborrecible dinero cuya falta ennegrecía mi vida. Había dejado de creer en ellos y habían desaparecido de mi vida, tuve un momento de duda, una sola duda y volvieron a aparecer. Lo pensé de nuevo. Tal vez aquí la palabra clave era: mi vida. Si. En mi universo personal dejaron de existir todas aquellas cosas, pero no en el de los demás, sólo adquirían cierto grado de inexistencia cuando a través de otras personas se acercaban a mí, pero no cuando esas otras personas ya las traían consigo.

 

     Después de todo resultaba que no era dios, no era nada, quizá una ilusa, pero nada más y aquí fue donde cometí mi mayor error: sumida en lo más profundo de mi depresión sonó el teléfono, seguramente era Bolaños que preocupado por mí me llamaba a ver cómo estaba. No quería hablar con nadie, quería estar sola, así que estúpidamente le grité al teléfono y a su molesto timbre:

 

                        -¡Déjame en paz! No existo, ¡no existo para nadie!

 

     El teléfono dejó de sonar después de gritar aquello que dije con la total y profunda convicción de mi ser, un ser que no deseaba existir. Ahora estoy aquí, sola, soy un fantasma conciente de su propia existencia. Gravito en un universo alterno al que van todas las cosas que desaparecen de <?xml:namespace prefix = st1 ns = "urn:schemas-microsoft-com:office:smarttags" />la Tierra, aparecen y desaparecen conforme la gente vuelve a creer en su existencia, ahora escribo en un papel en blanco y con un lápiz que encontré en el maletín de algún niño que tal vez molesto por tanta tarea negó la existencia de sus útiles, pronto regresarán a él en su realidad y espero que mi grito de auxilio no desaparezca.

 

     Necesito que alguien pida que en su mundo existan las mujeres delgadas de cabello oscuro a las que les guste creerse dios, ¿nadie necesitará una así?

 

     Solo me resta esperar a que alguien, tal vez usted, crea en mí para volver a una existencia tangible, ojalá una en la que sea posible crear en lugar de descrear, aprendí mi lección.

 

 

 

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