![]()
De él conservo esos recuerdos que se acarician a veces, las lágrimas que lloramos juntos, nuestras manos aferradas para enfrentar la vida de a dos, con miedo pero superando escollos hasta que un día fuimos vencidos por la realidad del no va más y nuestras manos se desataron del nudo apretado que las mantenía unidas. Lo lloré, lo velé como a un familiar muerto, con casi el mismo dolor desgarrador de las ausencias eternas, me sumergí en el sótano oscuro de la cama que te atrapa como un útero protector, envolviéndome en sábanas mojadas de noches en vela y sueños rotos. Me levanté un día de enero con un sol lastimero que me impulsó a entreverarme con la vida nuevamente, pintándome los labios y cepillándome el pelo con rabia y ganas de una vez más.
Y conocí, y rodé y probé y me endurecí. De esa niña que lloraba fácilmente surgió la mujer que aprendió a amar sin amor, para darse cuenta de lo inservible y superficial de darse sin dar, de recibir sin recibido, del como si del amor que se esfuma ante la primera leve brisa.
Busqué en noches de desconsuelo los consuelos para vivir en el país de la no entrega, de los frenos y los no debo, del mejor no porque mañana otra vez a sufrir.
Creí inocente que el mundo interno se me había compuesto y ordenado y los sentimientos los manejamos, que ellos no nos manejen y a saltar de rama en rama sin quedarse en ningún puerto.
Pero
todo ese invento absurdo no era par mí, la incrédula
mujer madura que aún cree ingenuamente en el amor.
Lili Frezza
|
Imprimir |
Enviar historia |
