La quitina de doña Loli estaba preocupada porque sabía, se lo contó la abuela, que su futuro estaba marcado y no sería muy venturoso. Saturnina, así se llamaba la abuela, tenía 122 años y experiencia por otro tanto.
Sus palabras fueron Veo que la Loli no te dijo nada, madre las de antes, nosotros si velábamos por nuestros críos, mhija usted tiene que hacerme caso al detalle. Tiene que hacer lo que yo le digo paso a paso. Usted sabe que nosotras las mujeres funcionamos diferente a los hombres, ellos son mas libres, pasan menos penurias con su cuerpo y por lo tanto nosotros tenemos que estar enteradas de lo que se nos viene - luego hizo un silencio bastante prolongado mirando el fuego del brasero que estaba en el medio de la habitación.
Yaraví fijo los ojos en Saturnina, la vieja no movía ni un músculo - el que espera desespera pensó la joven y continuó contemplando a su abuela.
Luego, habiendo tomado unos cuantos mates, Saturnina reinició su charla, Yaraví a esa altura transpiraba y pequeñas gotas corrían por sus piernas mojando el piso de tierra. Y la vieja le dijo - Usted todavía es virgen y eso no es bueno, ni para usted, ni para el pueblo. Es necesario aumentar la población y mientras este así nadie la tocara, nadie querrá hacerle un hijo, no vera un pífano ni en un cuadro, así que tenemos que solucionar este problema, seguramente su madre, con lo miedosa que es, no le dijo nada. Yo le voy a explicar, primero tiene que ir a la oploteca y pedirle al guardián un orejón de sandio. Al sandio lo tiene que aplastar junto a media cucharada de aceite y untarse el rosetón por fuera y por dentro, así untada visita a las chicas de la tasca que le dirán los últimos pasos de la ceremonia.
Obediente, la muchacha comenzó con el proceso, corriendo y cantando con su voz aguda llegó a la oploteca, lugar alejado del pueblo, golpeo la puerta blindada del edificio que se abrió de par en par. El interior estaba iluminado por una sola vela, alaridos desgarradores le dieron la bienvenida a Yaraví con razón mamá tiene miedo pensó la muchacha mientras avanzaba en la penumbra. Cerca de la fuente luminosa, cubierto de pelos de un largo considerable y adornado con trapos llenos de manchas estaba el guardián.
- Necesito un orejón murmuró la muchacha
- Aquí tienes gruñó el guardián
- ¿Porqué hay esos ruidos? pregunto Yaraví
- Es que los oplos no están conformes con nada - eructo el guardián y después de entregarle una masa gris y gelatinosa desapareció en la oscuridad. La muchacha salió del edificio cabizbaja con ese moco frío en la mano, sin estar convencida de las palabras de su abuela y llego a su casa. Rápidamente mezcló lo que le había dado el guardián con azúcar, se untó el rosetón y a paso lento se dirigió a la tasca.
- En mis treinta años de vida nunca me atrajo el pífano, todo lo contrario, me gustan los rosetones, tibios, rosados, son apetitosos pensó Yaraví que desandó el camino corriendo, llego a su casa y se pego un baño.
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