En Devón todo era silencio, pequeñas motas de polvo bajaban lentamente y sus calles se taparon con un manto marrón, etéreo, que formaba vórtices al paso de los ágiles sobrevivientes de la explosión. El principal bosquimán de la comarca había formado cuadrillas para limpiar el lugar. Miles de figuras, la mayoría en cuatro patas, intentaban barrer con trozos de metal y restos plásticos el polvo que causaba tantos problema a los mas pequeños. Habían aprendido a moverse sigilosamente, en ello les iba la vida. Todos sabían que el más mínimo sonido era captado por las pequeñas cúpulas vidriadas que bordeaban los grandes caminos de Devón y que inmediatamente aparecían en el cielo, emitiendo breves pitidos, maquinas que buscaban y rebuscaban para matar. Pocas palabras existían aún, todos se comunicaban por señas. Ojos saltones y finos dedos lograban la comunicación eficiente, no necesitaban más, el problema era la comida. Los mas pequeños eran los mas voraces pero tenían limitaciones para conseguir su alimento, recién en la adultez adquirían un olfato eficiente, entonces, los mayores, salían de sus dormitorios y todos los días recorrían las ruinas olfateando cada centímetro en busca de alimentos y agua. Esta era una época donde los descubrimientos de sitios de alimentación eran escasos y eso preocupaba al pueblo. Se veía que la delgadez era general. Un día, Chova, el joven más atrevido del grupo, cuando revisaba un gran cubo naranja, encontró en su interior algo extraño. Reluciente y frío, el gran vástago fue sacado al exterior e inmediatamente se apiñaron el resto de los jóvenes exploradores que comenzaron a gritar las pocas palabras que aun articulaban. ¡Aquipapá! Era el llamado a los mayores, era un llamado de alarma y a la vez de júbilo, ellos sabían que pasaba algo importante. Por el gran camino del norte apareció una enorme figura que se desplazaba ágilmente en dos patas velludas, vestido con harapos de color gris y con enormes ojos saltones de color amarillo, el calambuco, el último de los antiguos tiempos, imponía su autoridad con solo mirar. Al llegar al grupo de jóvenes, quedo inmóvil, estos formaron un semicírculo y prestaron atención dirigiendo sus orejas hacia él. Todos inmóviles esperando. El calambuco se acerco lentamente, miro el objeto encontrado, también una caja que estaba junto a él. Su cara comenzó a transformarse, una gran sonrisa se dibujó y la carcajada asustó a todos. Era un agram, el mejor detector de metales de la antigüedad, funcionaba con energía solar, latas de conserva para todos, el hambre se había terminado. Detrás de la figura blanca los jóvenes comenzaron a bailar al compás de la música que salía del aparato, en sus manos aparecieron cientos de latas, era cuestión de abrirlas.
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