La Kadiga avanzaba presurosa por el camino adoquinado. El golpeteo de sus ruedas espantaba a todo animal que escuchaba el paso del portentoso aparato. Cientos de palomas y de pequeños loros amarillos revoloteaban sin saber donde ir. Los pobladores se habían encerrado en sus chozas y vigilaban el paso del emperador Laurencio I que transpiraba copiosamente a causa del calor y de su llona que lo abrigaba por demás, su peso era mayúsculo, también su belleza y su significado., el que tenia la prenda era Rey de los otros, tenia el poder
El malibrán mayor esperaba en el cuartel, la llegada del rey era inminente, estaba nervioso, transpiraba. La noche anterior estuvo reunido con la plana mayor del ejército, planeando, siempre estaban planeando. Nadie quería a Laurencio I y menos los militares. Se abrieron las enormes puertas del cuartel y el ruido de las ruedas de la kadiga se hizo presente. Los enormes caballos negros de los invitados a la reunión comenzaron a resoplar, sus cuerpos brillaban y la baba de sus bocas mojaban el árido y polvoriento suelo del cuartel.
El rey bajó del carruaje y a paso vivo entró en el edificio principal. Pequeñas nubes de polvo se elevaban a su paso y su figura encandilaba a los soldados de la guardia, se cuadraron y levantaron la mano izquierda saludando al monarca, luego volvieron a su pose de estatuas de color verde oliva. En pocos pasos el rey alcanzó el despacho del malibrán, en la larga mesa de madera oscura una docena de vasos, una corona de sillas y detrás, enormes cuerpos con uniformes multicolores que se cuadraron haciendo sonar los tacos. El rey se dirigió a una de las cabeceras y sin más dijo: Señores, estamos reunidos para solucionar problemas, como siempre. ¡A lo nuestro! Todos se sentaron mirando al rey, el malibrán mayor en la otra cabecera seguía transpirando, su camisa roja estaba empapada. El rey continuó: ¡Estoy en contra de vuestros proyectos, las leyes de nuestro imperio fueron escritas por sabios y no se admiten las reformas!
El malibrán se levantó, emparejo sus cejas luego de mojar la yema de sus dedos con saliva, miro el brillo que emitían las uñas de sus manos y dijo: Majestad, hemos discutido hasta la madrugada y tenemos la misma opinión. ¡Nada cambiará!
¡Propongo un brindis! Presurosos, soldados con guantes blancos entraron con pequeñas jarras que depositaron junto a cada participante. El rey había quedado sin palabras, no entendía. Todos llenaron presurosamente sus vasos. El único vaso vació fue llenado lentamente por el rey. Miro a cada uno de los presentes, todos levantaron el vaso y el malibrán dijo: Por el imperio, por Laurencio I, por los sabios, salud!.
Todos bebieron, también el rey. Laurencio I se desplomó, el Nipizón había surtido su
efecto.
Todos los pueblos del imperio fueron visitados. Los heraldos anunciaron la primera Ñú.
La homosexualidad está permitida y subsidiados todos aquellos que la practiquen
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