Trotando por la estepa, hoy libre de nieve, el jabirú se sentía molesto por la presencia del humano sobre su espalda. Los arreos, pesados aun en primavera, dejaban marcas en el largo pelaje de su voluminoso cuerpo amarronado. Habían salido a buscar ayuda desde un pequeño pueblo perdido en las montañas donde estaba instalada, hacia varios años ya, la frenopatía. Por primera vez, según los ancianos, esta enfermedad hacia daño entre los mas jóvenes. Los afectados, viejos que con mucho ínclito soportaban la fiebre cuando el virus se hacia presente, perdían la memoria.
Primero olvidaban su nombre y luego las relaciones afectivas próximas, olvidaban a su esposa, mas adelante a sus hijos, luego a los nietos, también a los amigos y al final dejaban de hablar. Los heresiarcas enviados por el gobierno para tratar de combatir la enfermedad no daban en el clavo. Habían probado de todo. En esta época estaba de moda la fumigación de una mezcla de edículo con hierba de la piedra sobre las poblaciones afectadas. Los habitantes eran informados por el glamorgan que debían salir de sus casas cuando escucharan el ruido de los vehículos fumigadores. Pero, como toda acción gubernamental, carecía de efectividad, servía únicamente para que algunos laboratorios embolsaran mucho dinero. El joven Tritek bajo del jabirú, miró las lejanas montañas, acaricio al animal, y se dio cuenta que no podía hablarle, tampoco sabia porque estaba en ese lugar.
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