


| Escritor: | MonsieurJames |
| Públicado: | 28/01/2008 |
Fines de enero en la ciudad de Québec. La nieve se hace cristalina. Del sol provienen rayos que parecen calentar el alma en sus reflejos. Los jóvenes cantan, ríen y los viejos salen a deambular la soledad.
El día les invita a festejar apresuradamente la llegada de la primavera, sin embargo, tan lejana aún.
Monsieur Lalonde y Madame Gingras deciden, ese día, de prolongar su caminata invernal. Desde el edificio en que habitan, dirigen sus pasos hacia la calle principal del lugar, el "Chemin Ste-Foy".
No hay nubes en el cielo, el día es radiante y la claridad magnífica. Entonces caminan lentamente, aprovechando ese espléndido calorcillo que revitaliza y fortifica sus debilitadas estructuras óseas y que reconforta el espíritu.
Ajenos de sus dolencias diarias, pareciera, al verlos, una pareja de jóvenes enamorados.
En lo mejor de sus cuitas, advierten de pronto que el sol ha dejado de alumbrar y una ligera y fría ventolera empieza a incomodarles. Un desagradable pánico les embarga, el cielo se ennegrece, el frío y el viento hacen caso omiso de sus tácitas súplicas y empieza a nevar violentamente.
La tempestad se desata desorientándolos completamente. La nieve les da de lleno en plena cara, y parece colarse en sus ropas mimetizándolos con el medioambiente. La única reacción es tomarse las manos y acercar sus cuerpos para protegerse lo mejor posible de la horrible tempestad que los amenaza irremediablemente....
El frío y el viento parecen adueñarse de un festín inesperado, inmovilizándolos y la nieve que se les pega a la piel comienza a cristalizarse, el respirar se hace, exageradamente, lento.
Las sirenas de un auto patrullas, les despiertan de esa infernal modorra y alimenta en ellos una primera esperanza. Mientras se apegan con fuerzas a ese inesperado aliento, luchan desesperadamente por mantener lucidez y calma.
Aunque la tempestad los tiene convertidos en verdaderas estatuas de hielo, en su interior se libra una lucha de todos los instantes para sobrevivir.
De súbito el viento calma sus ardores, la nieve cesa en sus intentos y la claridad les permite ver que se encuentran a escasos metros de una garita de autobús. Si logran refugiarse en ella, podrán, eventualmente, aguantar aún algún tiempo, esperando el milagro de que alguien pueda socorrerlos.
Algo más se ha despertado en ellos que la simple solidaridad frente a un momento tan desesperado. Ese algo, les obliga, les da las fuerzas necesarias para alcanzar ese milagroso escondite. Una vez al interior, sus ruegos se elevan al cielo. Comienzan a frotarse lentamente las entumecidas manos, recuperando de ese modo, poco a poco, un pequeño calorcillo al abrigo en ese cuarto de vidrio. Acercan sus rostros, una dulce inquietud les permite esbozar una diminuta sonrisa. Algo ha sucedido de extraordinario, ellos lo saben.
Las nubes desaparecen dejando nuevamente brillar el sol. Sus manos vuelven a entrelazarse, ya no movidas por la desesperación de un instante amargo.
El autobús se detiene, abre las puertas y Monsieur Lalonde y Madame Gingras,vuelven a la vida.
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