


| Escritor: | provincianita |
| Públicado: | 01/06/2008 |
Te odio, amor mío
Hizo falta que me lo dijera no dos, sino doscientas, dos mil, dos millones de veces, y ni con esas. Y si en lugar de decírmelo por más acritud que pusiera, el pobre-- me lo hubiese tatuado por todo el cuerpo con agujas de tricotar, hubiese hecho el mismo efecto.
Porque, ya saben, el amor tiene eso, que en cuanto brota enseguida quiere entregarse, y a toda costa, sin sopesar las consecuencias ni el resultado. Brota y ya no puedes escapar. No puedes disimular, hacer como que no existe, ni puedes disminuirlo, ni contenerlo por mucho tiempo, ni tampoco dirigirlo hacia otra parte. Es algo que sencillamente sucede, sin más, interna pero autónomamente, con tu colaboración o sin ella, y cuando llega lo único que cabe hacer es esperar a que se vaya, como si se tratara de una tormenta.
Él me dijo:
--¡Pero yo no, yo ya no te quiero!, ¿entiendes?
Y a mí me entró por un oído, hizo el estropicio y me salió por el otro. ¿Se acabó entonces? ¿Dejé de amarle, de desearle? ¿Consiguieron sus palabras que mi corazón se helase? Justo lo contrario, redoblaron mi ansia.
Claro que el corazón se me hizo pizcos pero cada uno de esos pizcos se empeñaba en seguir amándole. Polvo era, mas, ya saben, enamorado.
Lo que vino después pueden imaginarlo. Derrota, sangre, dolor, oscuridad. Traspusimos juntos muchas fronteras, dejamos a la espalda asuntos como el respeto, la honradez, la franqueza, dejamos atrás lo agradable de la existencia, la alegría, la bondad, las ganas de vivir, y casi sin que nos diéramos cuenta, paso a paso, hora tras hora, el infierno nos fue quedando un poco más cerca. Él se obligaba a ser duro constantemente para mantenerme a raya y ya saben, acabó cogiéndole gusto-- y yo luchaba a brazo partido en mi interior persiguiendo lo mismo.
Ay con ay más ay. Fueron años, quizá milenios, de estar perdida, de levantarme por las mañanas extenuada de pasar toda la noche entre horribles pesadillas o, al contrario, luchando contra un insomnio implacable. Fue enfermar, volverme del color de la nada, dejarme agarrar por unas ojeras violentas, un aliento de muerto y una emaciación furiosa, fue dejarme crecer musgo en los costados y setas en el pelo. La locura y yo nos tonteábamos a menudo y la idea del suicidio, recuperada de mi patética adolescencia, volvió a rondarme.
Pasaron años y yo perdía fuerzas, hasta que un día, después de discutir con él y acabar hundida y humillada igual que siempre, algo se conectó ahí arriba, alguien le dio a un interruptor en mi cerebro, y se hizo la luz, pequeñita, titubeante, pero luz al fin.
Y en esa trémula penumbra lo maté. No a él, que para entonces ya se había marchado --no a él, que se encoñó de una de sus pilinguis, la que menos caso le hacía y no le vi más--, sino a mi amor. Lo reuní, lo concentré, lo localicé todo en un punto, no sé de qué forma, no sé en cuánto tiempo, no sé si ayudada o sola, y lo maté, lo aplasté, lo destruí, lo calciné, lo arrasé, acabé del todo con él.
O casi. Desde luego era lo que yo pretendía, erradicarlo de la faz del mundo, pero no ocurrió así. La historia, aunque debiera haberlo hecho, no paró ahí, tres puntos más atrás, porque el amor que maté, mi amor, dejó un cadáver, y un cadáver del que no sé ahora cómo deshacerme. Es cierto que no habla, que no se mueve, que no discute, pero está ahí, incordiando, apestando, recordándome el subsuelo todo el tiempo.
¿Y cómo se mata a un cadáver? ¿Cómo se acaba con lo que ya está muerto? Ay con ay más ay. Otra vez, otra más, tendré que ponerme a la tarea de hacer sitio en el ropero de los cadáveres y otra vez, otra más, me escucharé diciendo: te odio, amor mío, te odio.
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