


| Escritor: | aquinojo |
| Públicado: | 05/01/2008 |
Hace años que nos conocemos, desde chicos, fuimos compañeros de mil y un correrías, compartimos a destiempo, novias, amigas y desasosiegos. Tu vieja nos acobachaba, cuando había problemas de polleras, daba la cara No, lo chicos hoy no vienen por acá.- decía imperturbable, mientras nos escapábamos por los fondos de tu casa para encontrarnos con nuevas conquistas.
Supimos compartir borracheras y resacas, opulencias y carencias, caminatas y corridas. Noches de cine prohibido, después pizza en lo de Nino, con sobremesa hasta la madrugada esperando que bajen, a fuerza de cervezas, los decibeles que las películas subieron hasta la cabeza.
Cuando murió el viejo no sé que hubiera hecho si no te tenía cerca, me sentía desolado y a cargo de un montón de cosas sin saber como las iba a enfrentar, pero estuviste ahí, sin preguntar, sin pedir, sin opinar, sólo estuviste, como un apéndice, como una sombra buena.
Después vino lo otro, la facultad, las lecturas nuevas, reveladoras, preparar materias juntos, conocer ideologías idílicas, las pintadas en paredes ya pintadas, sentimos que renacía el pueblo, había que conquistar la democracia, defenderla, nosotros, soldados elegidos por quien sabe quien, debíamos llevar a cabo esa tarea, sacrificarnos por la felicidad del pueblo.
La primera toma de la facultad, las noches densas, llenas de temores, frío y mate; de pronto palos y gases, gente corriendo, los dos escondidos en el baño, las arcadas que nos arrancaban las tripas, ardían los ojos y la nariz a pesar de los pañuelos mojados.
De pronto todo se desbarrancó, rendimos exámenes cambiando la identidad, corrimos juntos de la policía, hicimos hogueras comunes con nuestros libros buscando, incrédulamente, ocultar nuestra ideología.
Y por fin llegó, paradójicamente, la prueba de fuego. Conocimos, fascinados, los fierros, las armas para defender al pueblo, después estudiar movimientos, planos, horarios de quienes sólo conocíamos por retazos de fotos fuera de tiempo, memorizar hasta el cansancio cada detalle. Compartimos, asustados, esas ganas de largar todo y volver a la inocencia y el candor de las aulas de la secundaria, pero ya era tarde, habíamos crecido y abandonado juntos los días de inocente rebeldía panfletaria, ahora había que actuar.
El miedo y los nervios nos paralizaban, para colmo a último momento llegó la orden, no podíamos estar juntos, por seguridad, las células deben ser independientes, no debe haber contactos con los compañeros, ni antes ni después. Así nos fuimos perdiendo, a partir de esa prueba de fidelidad a la agrupación.
Supe de vos por compañeros que te habían visto en alguna reunión, en alguna acción, pero nada más, por supuesto ni acercarme a tu casa, por ellos tuve la certeza que habías salido sano y salvo de esa primera misión.
A tu vieja también la extrañaba, la mía, pobre, ya me daba como el hijo descarriado que ni se acuerda de la familia, aunque algunas veces me daba una vuelta a saludarla, contrariando las normas de seguridad que tan obsesivamente nos habían inculcado. Mis hermanos no entendían nada, desaparecía de mi casa por tiempos indefinidos, reaparecía sólo para buscar algo de ropa, llevarme mis últimos libros y pedir plata, el mayor, con una soberbia que me enloquecía me daba un billete, y con cara de magnanimidad decía, -Tomá, - agregando - en que andarás vos ?, ojo no vayas a meter en quilombos a la familia-. Tratando de ocultar la humillación que sentía me apresuraba a escabullir el billete, negándome a mi mismo, que me lo había dado, que recibía una limosna, entonces me alejaba presuroso con un Nos vemos en cualquier momento chau-, mientras la ira me invadía, como desahogo respondía a esa humillación con un silencioso andá a la puta que te parió chancho burgués.
Alguien me contó que te habían levantado en una redada, que fue de casualidad, que quedaste pegado sin hacer nada, pero claro, tu libreta minuciosa y prolija, los contactos, el pelo que no te querías cortar, los libros que siempre llevabas encima, eran un llamador irresistible.
Desde entonces no supe más nada, no podía ni acercarme a tu vieja, para que, ya debía haber recibido la visita de esos hijos de puta, y la casa estaría marcada, lo único que esperaba era que no estuviera tu hermana en el momento en que patearon la puerta. Se corrían mil voces de lo que te habría pasado, todas coincidían en que estarías en alguna cueva insondable, eran tantos los que terminaban así que solamente cabía la esperanza de que alguno saliera vivo.
Por entonces los contactos con los camaradas y responsables empezaron a hacerse más espaciados, parecía que todos me evitaban, comencé a quedar aislado, sólo de vez en cuando un furtivo encuentro en La Paz o en La Academia, fingiendo jugar a ese puto juego, el billar, que nunca en mi vida pude aprender, el taco en mi mano era una rama recién cortada con la que espantaba invisibles insectos o usaba de bastón, vos en cambio eras una fiera al billar, horas me quedaba mirando como te ganabas unos mangos que después nos tomábamos con hielo y a nuestra salud.
Pero fue en La Giralda donde el Tano me dijo - Guardate un tiempo nene que la cosa está jodida -. Te acordás del Tano ?, a los dos días lo bajaron en un enfrentamiento, de la forma más boluda, estaban por levantar un auto para algo groso y parece que alguien dateó a los verdes y les cayó una patrulla. Estaba con Willie el de la columna norte, al Tano lo encontraron con diez tiros pero el otro no apareció más, nadie sabe nada algunos dicen que estaría detenido a disposición del PEN.
Nunca se supo como se filtró la data, era un laburo muy tabicado, muy seguro, aparte sólo se trataba de levantar un auto, parece que había un infiltrado, el grupo se desmembró por completo, algunos zafaron, otros no.
Por fin ese día de sol, de mucho frío, de gente loca, gritando y hablando sólo de futbol, te ví, o creo que te ví, porque la forma y el lugar no eran donde esperaba verte, estaba en la esquina de Callao y Lavalle, a dos cuadras del lugar en el que paraba desde hacía unos días, guardado, como me había dicho el Tano, ibas en el asiento trasero de un auto que a la distancia se adivinaba que era servicio, el Falcon pasó despacito, tu cara asomaba por la ventanilla trasera, mirándome por un instante fugaz, antes de poder reaccionar volviste la cara hacia el que manejaba y el auto salió a toda velocidad. Quedé parado con las manos extendidas y la boca abierta en un estupor que no podía disimular.
Los contactos con los compañeros y referentes eran ya inexistentes, no tenía a quien recurrir para contarle aquel encuentro, ni compartir lo que sentía con nadie, estaba confundido sin saber que pasaba. Escuché sí que varios de los que habían sido chupados eran usados como marcadores de los que, como yo, seguíamos en la calle. A cambio recibían un mejor trato o, si tenían suerte, eran puestos en un avión junto con su familia y enviados al exterior a rehacer sus vidas. Pero vos no podías ser uno de esos, tu lealtad y personalidad guerrera no te permitían convertirte simplemente en un buchón, no, definitivamente no podías ser vos.
Esa tarde, después de recuperarme de la sorpresa, fui al departamento a esperar el contacto que me tenía que dar instrucciones de cómo seguir, bajar línea, como decíamos, esperé todo un día, nadie llamo, nadie se acercó. Igual me quedé ahí encerrado, no quería perder la posibilidad de ese mínimo contacto con alguien con quien poder hablar de lo que estaba pasando sin temor.
Nadie vino, estaba a la deriva, sin un peso, sin tener dónde ir y con un píldora de cianuro tabicada entre la ropa, al tercer día salí a la calle, el sol me cegó por un instante, el aire fresco me mareo un poco, descubrí entonces que el tufo del departamento era insoportable.
La calle no había cambiado mucho en esos tres días, la gente con gorros y banderas vivía en un eterno carnaval, me sentí arrastrado por una marejada brutal e indiferente, las bocinas y los gritos que me perforaban los oídos habían aumentado desde mi última salida, los autos pasaban lentamente mostrando brazos agitados espasmódicamente y caras con una mezcla de alegría salvaje y rictus de crispación. El que no salta , decían en coro unánime, y la marea adquiría una movilidad vertical que semejaban los pistones de un motor subiendo y bajando constantemente. Yo me sentía tan cansado y asustado que no atinaba a moverme, sólo podía dar unos cortos pasos siguiendo la marea que ahora se acompasaba en un oleaje de: el que no salta es un holandés
Toda la calle se movía en una danza pagana, salvo yo, yo y tres hombres parados junto a un auto estacionado a cincuenta metros, justo en la esquina de Corrientes y Callao, dos de ellos llevaban anteojos de sol, el tercero una gorra de béisbol nueva que no concordaba con su cara aindiada y su físico retacón, una sombra se divisaba dentro del auto, como esperando algo de los otros tres.
Mi pánico fue creciendo, me transpiraban las manos a pesar que estaban frías como la muerte, instintivamente palpé la píldora cocida en el puño de la camisa, los latidos del corazón parecían seguir el ritmo del boronbonbón que ahora coreaba la gente, que seguía saltando por todos lados, no atinaba a reaccionar, sin un referente que me dijera donde ir, que hacer, todos se habían borrado y me dejaron sólo, rodeado de una multitud vociferante, entre la píldora y el abismo.
La última ves que nos vimos nos juramentamos a Cuba juntos y por Fidel, camaradas, amigos inseparables. Hasta la victoria siempre. Hoy estamos acá, otra vez juntos, separados sólo por un tabique, no te veo pero distingo tu sombra inconfundible, te escucho hablar y no gritar, saludar y no putear, yo en cambio, estoy lastimado, grito, puteo y no quiero más.
Pensé que eras distinto.
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