Una fría ráfaga de viento le caló hasta los huesos... el cementerio estaba desierto, sólo quedaban huellas de pisadas sobre la tierra suelta y algunos pétalos derramados por las flores dejadas la víspera.
Leonardo ajustó su chaqueta, cubriéndose la cara con el cuello de ésta y se acercó a la recién cavada tumba, tocó con la punta del pie la lápida, dónde sólo se leía un solitario nombre: REBECA.
Nada más, sin más datos ni inscripciones, sólo el nombre que para él, había bastado, suspiró profundamente, y sintió que el gélido viento lo abandonaba, no percibió más el lacerante frío que hasta apenas unos minutos le entumía los dedos de las manos, sonrió con una extraña expresión en el rostro, la sonrisa se convirtió después, en llanto silencioso y solitario, no había más que hacer, todo había terminado, la rapidez con que había ocurrido se le antojaba increíble y sin embargo, todo era real... se inclinó, y tocó apenas las flores que reposaban sobre la tierra, se imaginó el cuerpo de ella, rígido, frío, cubierto sólo con lo indispensable; bello, fuerte, pero suave, aún incorrupto, sin duda parecería dormir... se levantó y se dispuso a irse, en ese momento el cuidador del lugar se acercó:
- Le quería usted mucho- le increpó el hombre a modo de afirmación
- Amigo mío -contestó Leonardo- puedo asegurarle que nunca encontraré mejor compañera, era única.
- Puedo imaginar su dolor señor, sin embargo, la vida continúa
- En efecto – dijo Leonardo con resignado acento- mire, le mostraré
Se llevó una mano a la chaqueta de donde extrajo una fotografía, que mostró a su interlocutor, quien la tomó en sus manos y con gran desconcierto; contempló la radiante figura de un precioso perro Golden Retriever, sin salir de su asombró miró al lloroso hombre a su lado y, al pie de la fotografía el cuidador leyó:
REBECA, COMPAÑERA... Y AMIGA.
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