
Suspiro infernal
Sobre la fría tierra yace María, impotente ante las constantes arremetidas de Jenaro, por más que desease escapar, su delicado y pequeño cuerpecillo le impide repelerlo, el dolor la hace estremecerse, el jadear continuo de su captor es el único sonido que perciben sus oídos, entremezclado con la risa de los moradores de aquel improvisado prostíbulo.
Junto a ella, se encuentran lo que muchos llaman lacras sociales, toxicómanos, individuos que cedieron su razón a “la piedra”, su amor al bazuco les impide pensar. Para ellos, su mundo comienza y termina allí, en aquel improvisado bunker, la gélida estructura es su guarida, su escondite, su refugio, dormitan ocultos de la realidad, sucumbiendo en su lucha por vencer en su batalla contra sí mismos.
María lucha por correr; pero no puede... Se fugó de su casa evadiendo el acoso de su padrastro, de su constante toqueteo, de quien desde niña le miraba entre las hendijas de un cuartucho.
Lloraba por las noches esperando la protección de su madre, el abrazo que le retirase de una vez por todas la repugnancia que le causaba el beso etílico de quien su progenitora le impuso por padre. María encontró en un compañero de su escuela el consejo que no le dio su madre, en la calle el hogar que nunca tuvo y en el “crack” el escape a una realidad en la que hoy perece poco a poco...
Al despertar cada mañana María abre sus ojos a su realidad, sus manos tiemblan, su organismo convulsiona, su mirada se pierde en un maremagnum de preguntas sin respuestas. La ansiedad le obliga a buscar su dosis, primero, en el piso improvisado, donde aruña la tierra y escudriña tratando de encontrar algún resto del químico maldito, escarba, olfatea, su joven cuerpo le exige cumplir con la cuota de sedante, como el zángano que en su afán de reproducirse busca a su pareja aunque su encuentro le signifique su propia muerte... Al no hallarlo, corre desesperada calle abajo, recurrirá a todo para conseguirla, robará, pedirá, venderá o cambiará su juventud por cumplir con el rito diabólico.
María se resiste ante la segunda embestida de Jenaro, y como puede saca la mano y rasga con sus uñas el arrugado y sucio rostro. Un grito de sufrimiento rompe la monotonía de la noche y un golpe certero acaba dominando los instintos de escapar. El sudor de animal en celo cubre totalmente a la joven presa, relegada a un simple objeto de placer. Su fragilidad fenece ante el reflejo animal, ante la sed feroz de quien domina el acto. Jenaro se levanta dejando a su víctima en el suelo sucio. Tirada...Entre la basura..
Una lágrima escapa de los ojos de María, Jenaro la mira con indiferencia, con la apatía de quien ha tomado algo y lo lanza al vertedero, una carcajada colmada de ironía atesta de repente el escenario, mira a su entorno y grita ¡Cuál sigue!, los que otrora reían ante la escena brutal, callan... Avalan con su silencio el macabro hecho... Jenaro, voltea y de su bolsillo saca una pequeña piedrecilla, la tira a la tierra, y sale entre risas diciendo, ¡Prepárate, que para mañana tienes que trabajar mejor! María se lanza sobre el piso, ésta vez su infantil rostro golpea el suelo, el sollozo y dolor en su cuerpo es superado por la desesperación de consumir. De nuevo. Sucumbe ante su vicio
Comentarios:
Hola Telésforo leí Suspiro e Inquilinos del...No están mal, aunque el segundo parece ser más una crónica periodística. Se nota el oficio de escribir, pero te falla un poco el de escritor. Creo que debes redondear un poco más tus historias, de la poesía no hablo que no es lo mío.
Un abrazo desde Lima
Lino
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