Superman y la bestia electrónica Rev.
Esta semana mi honorabilidad fue humillada. Me temo que si no lo registro por escrito, y así lo saco de mi sistema, me va a estar dando vueltas en el estómago y eso no es bueno para mi salud mental, ni para la integridad física del gato. Pero permítanme contar los hechos desde el principio.
Resulta que yo creía tener la computadora más estúpida de la tierra. A pesar que la trataba con toda deferencia y no le exigía más de lo que antes le pedía a mi anciana máquina de escribir, este flamante monstruo electrónico -que como todas ellas ofrece todo servicio menos lealtad y respeto-, comenzó a romperme los nervios con sus ataques de mala memoria, histeria y cambios de genio con avisos de que si no la sacaba del apuro en que según ella yo la había metido, poco menos que iba a explotar en cortocircuitos. Si usted tiene una computadora ya sabe de qué le hablo. Por si usted no la tiene y está pensando en comprarse una, permítame decirle que lo piense dos veces. Esos monstruos simplemente no tienen lógica. Por un lado está una botonería que nadie sabe claramente para que están allí. Usted apreta un botón, la cosa se enciende y ahí mismo empieza el rompe cabezas, esa lucha de titanes con los botones o con el ratón. Apenas toca un botón equivocado, ¡Cataplún! Usted se equivoca de apretar el pulmón correcto del ratón, y la bestia se chanta. Si en lugar de apretar el de la izquierda, usted apretó el de la derecha, o lo apretó una vez en lugar de apretarlo dos veces, otro ¡Cataplún!, o cosas de ese tipo
El Guatón, un amigo mío, es dueño de una computadora tan estúpida como la que yo tengo. Un día me llamó desesperado por teléfono. Con los nervios destrozados por la bestia me preguntó cómo lo hacía yo para poner los acentos o la nubecita sobre la palabra niño. A su tragedia sumé la mía. Y ese día nos quejamos tanto que terminamos convencidos que si seguíamos así, los dos íbamos a terminar rayados y en un locatorio. Concluimos que siendo imposible deshacernos de nuestras bestias, la única opción posible era aprender a domarlas. Y para eso teníamos que saber cómo piensan ellas (si es que piensan), como reaccionan y, en definitiva, de que nuestra única salvación posible era aprender a domesticarlas. Y se nos ocurrió la brillante idea de matricularnos en un cursillo donde enseñan las técnicas que otros desesperados aprenden para amansar sus bestias. Hicimos las consultas y por recomendación de John, -un amigo del Guatón que había sido salvado del hospicio y de llapa se había conseguido una pega descueve como domador-, fuimos a parar a las oficinas de un College. Allí nos pasaron un prospecto a todo color y rostros sonrientes, (entre paréntesis, todos jóvenes) que nos ofrecía el mejor curso de IT para la industria que hay en Sheffield. Veinticuatro sesiones de dos horas semanales de práctica bastarían para que al final del curso nos dieran un feroz certificado de competencia. Que era reconocido en toda Europa.
--¿Y para que vamos a hacer ese curso tan complicado, Guatón? -le dije. -Si ya estamos por jubilar, y aunque logremos sacar el certificado y con el salgamos a buscar una pega en IT, no nos van a dar pelota ni aquí en Inglaterra ni menos en Europa, viejo.
Sin decir nada se subió al bus y se fue a su casa. Esa tarde lo llamee por teléfono para disculparme. Mi amigo es el editor de la revista cultural Los Cabros del Club y yo soy colaborador suyo. Su idea era que tomáramos ese curso para mejorar la calidad de nuestra publicación y hacerla un poquito más profesional -si así pudiera decirse-, tal como nos lo estaban pidiendo algunos lectores exigentes. Por eso mi broma de mal gusto no había sido muy acertada que digamos
Derrotado mi entusiasmo de auto didacta, agotado de tener que sufrir los caprichos de la bestia y sus ataques histéricos, agobiado por un tic nervioso agudo al cuello, días después vi a mi editor cruzando la calle en un estado tan deplorable como el mío. Allí mismo terminé de convencerme que para satisfacer las demandas, lo más sensato era enrolarnos en el curso y enfrentar el desafío sin importar el precio ni el extra esfuerzo nuestro.
El librito de ejercicios que nos dio la recepcionista parecía haber sido escrito por una o varias de las mismas bestias que íbamos a tratar de domesticar: complicado y que de rompe y raja nos hacia entrar en materia pidiéndonos despertar a sus primas. Sin siquiera advertirnos de qué forma explicarles de ante mano y racionalmente lo que queríamos, nos pedía que las despertáramos con: ctrl.-alt-delete, y que le diéramos nuestro código y pass Word para que nos identificáramos Después de un siglo de espera, por fin se decidieron a abrir esos ojos cuadrados que tienen esas y se quedaron mirándonos sin parpadear, con esa mirada de estúpida -de ¿qué quieres?-, igualita a su prima que tengo en casa. Y yo y la bestia nos quedamos como dos pavos mirándose al espejo el día antes de la Navidad.
Para convencernos de pagar una suma astronómica por la matrícula se nos había dicho que si teníamos alguna dificultad con las bestias, ellos tenían un equipo de domadores profesionales, psicólogos experimentados en detectar y remediar histerias, confusiones, fobias y pataletas, y que entusiastamente iban a mostrarnos como ellos lo hacían para domesticarlas.
Yo diría que pese a los años y experiencias vividas, con el Guatón todavía creemos en los Angelitos de la Guarda y en el Viejito Pascuero En la primera amurrada que tuvo la bestia a mi cargo busqué la mirada de alguno de los expertos para que viniera en mi ayuda. El más cercano estaba como en estado de meditación contemplándose las uñas. Los otros brillaban por su espíritu gregario apelotonados al fondo de la sala. Pidiendo disculpas por interrumpirle traté de explicarle que yo no tenía pasta ni experiencia de domador y le pedí que por favor le explicara a la bestia: que el libro me pedía hacer esto pero que ella estaba haciendo lo contrario; que se estaba comportando tal como su prima que tengo en casa; y le dijera que no fuera chueca porque el curso me había salido súper caro. Creo que el domador algo entendió porque sin decir aquí va y sin ningún respeto, le pegó unos golpecitos a las teclas, arrastró el ratón en varias direcciones, hizo unos clicks, y como por encanto, la bestia se mejoró de la histeria.
--¿Cómo lo hizo? le pregunte.
Pero como la vida a veces se comporta como las computadoras y quienes las domestican pierden el orden natural de sus vidas como de sus responsabilidades, a principios de mes fuimos informados formalmente que nos habían dado un libro de ejercicios equivocado, que estábamos atrasados porque teníamos solamente una semana para el primer examen y que lo sentían mucho, pero si no aprobábamos este primer examen trimestral, no podíamos continuar en el curso. Y que eso, era palabra de Dios
¡Pánicoooo! No puedo describir de otra manera al estado de puro páaaaanico que nos entró. Pero junto con el pánico nos invadió una necesidad de echar puteadas contra el College, los domadores, el corta palos verde y las bestias. Y escribimos una carta muy formalita pidiendo que fueran justos, que la culpa no había sido nuestra y otros argumentos propios entre caballeros. El Guatón se lo entregó al John, -el Jefe que es amigo suyo-, y éste nos rogó que no nos retiráramos porque si lo hacíamos, ellos iban a perder la subvención que el gobierno les daría si nosotros aprobábamos el curso. Le prometimos que íbamos a sacrificarnos por el College. Con un pulsar de Delete el asunto se arregló y quedamos como amigos de nuevo. .
¡Desassssstre!
Confieso que en parte yo, por olvidadizo y atarantado, tengo la culpa del desastre en que terminó todo. Yo, que a veces me comporto como un saco de habas, olvidé llevar las fotocopias que Jeoff nos había dado como tareas para la casa. Como no las tenía, y Jeoff estaba en una reunión, le pedí al Guatón que me prestara el suyo. Con las cuatro hojas partí a ver a otro tutor y le pedí a la carrera que por favor les sacara fotocopia. Y me fui corriendo a las casitas porque la famosa próstata que tengo estaba con ataque de apuro.
Cuando volvía sentí como un cacareo de gallinero en el costado de los tutores gregarios -cosa inusual porque la habitación de las bestias es un lugar de recogimiento. Me senté frente a la bestia que creía tener casi domada y estaba conversando sobre cosas de domadores con el Guatón, cuando veo que alguien agita la evidencia frente a mis narices y desde dos metros de altura me interrogaba con voz de paco borracho: ¿Where did you PINCHED this document? = ¿De donde te ROBASTE este documento? Levanto la cabeza, y muerto de susto veo a un gigantón de lentes -cara de palo y mirada con rayos X para detectar delincuentes-, igualito a Superman fuera de servicio pero siempre, listo, como los Boy Scouts. Intento explicarle que esas hojitas no son mías, que son del Guatón, ambos tratamos tímidamente de dar explicaciones pero en vano. Nuestras explicaciones no le entran en su cráneo. Y herido en mi amor propio, en un honorable gesto de rebeldía yo trato de arrebatárselas de las manos Pero Superman es más fuerte. Está con la ley y yo, viejo zorro Tercer Mundista tengo el pleno derecho a ser tratado con la misma sospecha y rigor con que en Inglaterra se trata a los negros, a los pakistaníes, a los hindúes, a los desempleados, a los vagabundos, a los piteros de marihuana, y ¿por qué no decir?, ¡como a un tenebroso terrorista! Sí. Porque en este Mundo Desarrollado hay que estar con los ojos abiertos, vigilantes. Lo dice clarito el Manual del Corta Palos inglés: Disparas a matar primero, y después te lavas las manos.
Pero hoy comenzó lo que se llama: mi revancha En la soledad y tranquilidad de mi pieza, con la colaboración de mi bestia regalona acabo de escribir una carta dirigida al Manager del College. Es una cartita muy Polite: de buena educación, mesurada, civilizada. Como corresponde tratar: con flema inglesa, respetuosa como la carta anterior, en la cual menciono el incidente como razón única por la cual desde hoy dejo de pertenecer a su circo. Le adjunto la tarjeta de estudiante de dicho plantel, (la que es propiedad del College), y le comunico que Justin, nuestro abogado especialista en Derechos Humanos y Anti Racismo, va a tomar contacto con él la semana entrante. Lo que no le digo es que a dicho abogado se le conoce como El Piojo.
--No se preocupen cabritos -nos dijo-, vamos a chuparles la sangre hasta que se les vean los huesos. Con lo que les paguen de compensación, ustedes van a poder contratar un profesor privado y podrán comprarse todas las computadoras que quieran.
FIN
Sergio Bustamante,
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