Sueños con sabor a caramelo (Cap.2)

Categoría(s): Romance, Sueños rotos

 

 

 

—¡AH! —gritó al tiempo que se incorporaba de un salto.
    Samuel se ocultó el rostro con las manos y trató de serenarse. Su corazón palpitaba con virulencia en el interior de su pecho, y a pesar de tener los ojos abiertos aun alcanzaba a ver con escalofriante nitidez aquella sucesión de imágenes que lo habían despertado con el terror recorriendo su torrente sanguíneo. Se enjugó la frente con el dorso de la mano y contempló las gotas de sudor que la cubrían con expresión de angustia.
    «En una nueva ocasión este sueño —pensó inquieto.»
    ¿Por qué motivo?
    ¿Y por qué ahora?
    Más sereno, Samuel suspiró y miró a su alrededor comprobando que todo permanecía en calma, y también que se hallaba de regreso al mundo real. Nada había cambiado.
    «Qué desgracia.»
    Se encontraba en su casa, tirado como un viejo abrigo sin valor en el mismo sofá en el cual se había recostado horas antes para estar más cómodo, mientras cavilaba en ideas para novelas que tristemente jamás llegaría a concluir. Pero se había quedado dormido en el proceso, como ya tenía por costumbre. Y había sido precisamente entonces cuando había sufrido aquel perturbador sueño. La misma pesadilla de costumbre.
    Giró la cabeza para ver la hora.
    El reloj marcaba las: 19:42.
    —Toda una tarde desperdiciada... ¡qué ilusión! —ironizó con amargura.
    La siesta tampoco es que le hubiera servido de mucho. Continuaba exhausto. Y para colmo no se le había ocurrido ninguna idea decente.
    Por otro lado saltaba a la vista que tener tantas veces el mismo sueño no podía ser buena señal. Probablemente se tratara de un desesperado grito de su subconsciente, clamando por algo de paz interior. «Y sí, también por unas largas, largas, largas vacaciones.»
    La niebla que cubría sus ojos se fue disipando.
    Fuera aun llovía a cántaros. Una cortina de agua cubría las ventanas de la sala. Desde hacía varios días el tiempo estaba siendo muy desagradable.
    «¿Serán las lágrimas que yo soy incapaz de derramar? —preguntó para sus adentros, sintiendo una mano invisible que le aprisionaba el alma.»
    Luego, el chico volvió a desplomarse sobre el sofá y bostezó con energía. Por unos instantes había guardado la esperanza de que, al despertar, algo en su desastrosa vida hubiera cambiado. No le habría importado volver a sentir una mano acariciando su rostro con ternura. Alicia solía hacerlo. A pesar de todas sus criticas, Samuel sabía que a su novia siempre le había divertido verlo dormir a pierna suelta en aquel viejo sofá...
    ...Pero recientemente se había marchado. Alicia lo había abandonado sin motivo aparente, llevándose con ella toda su felicidad. Y tal y como pintaban las cosas, Samuel comenzaba a perder las esperanzas de que fuera a regresar algún día.
    Se apartó el pelo de enfrente de la cara y, justo cuando volvió a cerrar los ojos para continuar durmiendo, alguien llamó al timbre y lo sobresaltó.
    «¡Qué oportuno!»
    Se echó el batón sobre los hombros y arrastró las pantuflas hasta la puerta, al tiempo que un nuevo bostezo se apoderó de su cuerpo fofo y desaliñado. Prefirió ni molestarse en ver su reflejo antes de abrir, aunque tampoco le hizo falta; las primeras palabras que escuchó de la joven que esperaba en el rellano fueron suficientemente descriptivas:
    —¡Caray! ¡Tienes un aspecto horrible!
    Samuel torció el gesto.
    —Yo también me alegro de verte, Sara —dijo el sin excesivas ganas, haciéndose a un lado para dejarla pasar—. ¿Qué haces aquí?
    Sara era su mejor amiga. O, para ser más precisos, su única amiga. Y no es que Samuel fuera tan insoportable que las personas rehusaran estar a su lado, nada más lejos de la verdad. Era debido a que el pobre había pasado tanto tiempo encerrado entre aquellas cuatro paredes, trabajando en sus muchas novelas, que no había tenido oportunidad de conocer a nadie más. Aun les hacía gracia pensar en que, de no haber sido porque Sara trabajaba repartiendo comida china a domicilio, nunca se hubieran conocido. Y, de haber sido así, a día de hoy Samuel continuaría más solo que la una.
    La chica entró en el piso como si fuera su propia casa y encendió las luces. Samuel sintió un destello que lo cegó por unos segundos, hasta que sus pupilas se acostumbraron. Cerró la puerta y se volvió hacia la muchacha con expresión confusa.
    —Pensaba que nunca salías en días lluviosos —comentó.
    —Y piensas bien, pero hoy es muy distinto.
    —¿Distinto? —el chico se asomó a la ventana. Llovía tanto que se habían desbordado las alcantarillas de toda la calle—. ¿Y por qué es distinto?
    —Porque hoy tú me necesitas —canturreó Sara.
    Samuel quedó perplejo.
    —¿Puedo saber qué disparate se te ha ocurrido ahora?
    Sara no se apresuró a responder. En lugar de ello deambuló un rato por la sala, curioseando en los estantes. Adoraba curiosear sus cosas, como si esperara descubrir algún tesoro. No obstante aquella tarde parecía más seria de lo normal. En un día cualquiera probablemente ya se hubiera autoservido una bolsa de patatas fritas y acomodado frente al televisor.
    Por su parte, Samuel se hartó de tanto bostezo y arrastró los pies hasta la cocina, en busca de una más que necesitada taza de café. Al cabo de unos segundos Sara volvió a hablar, y lo hizo con tono moribundo, como quien da una trágica noticia:
    —Esta tarde, yo, bueno... he llamado a Alicia y...
    Samuel comprendió al instante el motivo de su visita. Bajó la mirada y sostuvo un breve silencio muy doloroso. A continuación, cuando su corazón dejó de latir con violentas sacudidas en el interior de su pecho, se humedeció los labios y se atrevió a preguntar:   
    —Y bueno, ¿qué es lo que te ha dicho?
    —¡¿Que qué me ha dichooo?! —Sara dio un taconazo en el suelo que se escuchó aun desde la cocina—. ¿Pero cómo te atreves a preguntarme algo así, bobo? ¡Ya lo sabes! ¡Me ha dicho que rompisteis hace más de dos semanas!
    Samuel suspiró abatido. Ya había asumido que aquella conversación se daría lugar en algún momento, pero no la deseaba. En realidad hubiera preferido no mencionar el nombre de Alicia en una larga larga temporada. Las heridas aun eran demasiado recientes.
    Abrió uno de los tantos cajones de la cocina en busca de algún paquete de café (recordaba que le quedaba al menos uno), pero para su desgracia sólo halló una vieja telaraña. No era de extrañar que llevara días pasando un hambre de lobos.
    Cuando Sara volvió a hablar parecía indignada:
    —¿Por qué no me lo habías contado? En fin, tengo entendido que fue hace dos semanas, y desde entonces tú y yo nos hemos encontrado en varias ocasiones. Es más, aun me hacía a la idea de que íbamos a ir los tres juntos al cine a ver el estreno de este viernes, como teníamos planeado... ¿O a caso lo habías olvidado, Samuel?
    —Lo lamento... Yo... No lo sé.
    —¿Cómo que no lo sabes?
    —No, no lo sé —el chico sintió un gran peso sobre sus hombros, y suspiró—. Te lo habría contado en cuanto ocurrió, pero no pude hacerlo. Y lo lamento de veras. No sé si fue por cobardía a recordar lo sucedido, o por cobardía a aceptar que fuera real... Quién sabe, tal vez pensara que lo íbamos a arreglar antes de llegar a esto, o... o... —divagó mientras continuaba abriendo y cerrando distintos cajones de la cocina. Pero entonces se detuvo y, con un todo de voz muy distinto, preguntó—: Oye Sara, ¿no sabrás por casualidad dónde guardo yo el café?
    —Tú no sé, yo lo hago en la nevera.
    Samuel abrió la puerta de la nevera donde, efectivamente, encontró un único objeto: un tarro plateado. «Sí, por lo que se ve yo también lo guardo ahí»
    Sara apareció en la cocina, y se apoyó en el marco de la puerta de brazos cruzados. Samuel nunca la había visto tan preocupada.
    —¿Habéis discutido por algo? —deseó saber.
    —No no, nada de eso. Creo que seguimos llevándonos bien.
    —¿Entonces? —preguntó con desconcierto.
    —No he mentido cuando te he dicho que no lo sabía. Aun estoy algo confuso. No sé porqué rompimos. Supongo que fue debido al hastío de ella hacia mí. Si quieres puedes preguntárselo, seguro que Alicia sí sabe qué responderte. A fin de cuentas fue ella quien me dejó.
    Entonces, Sara frunció el ceño levemente.
    —Oye Samuel, sé muy bien que en ocasiones puedes llegar a ser un poco o demasiado honesto... —dijo, a lo cual añadió—: ¿No se te ocurriría insinuarle que ese bañador que se compró durante el verano le hacía parecer un tanto "rellenita", o sí?
    —¡NO! Además, yo no opino eso.
    —¿A no?—rió Sara por lo bajo—. A lo mejor es que no la miraste muy bien.
    Al fin Samuel encendió la cafetera, aunque se vio obligado a utilizar los posos viejos. Hecho aquello, el joven arrastró las pantuflas en dirección al cuarto de baño. Sara lo siguió, aunque esperó sentada en un butacón de la sala, desde donde continuaron charlando:
    —Nunca hubiera imaginado que algo así pudiera ocurrir —aseguraba ella. Y Samuel se percató de que Sara parecía apenada, pero sin llegar a deshacerse de su particular buen humor. Siempre había sido una chica muy extraña, con una gran vitalidad ante la vida—. Cuando te conocí vosotros dos ya erais novios, y creo recordar que llevabais bastante tiempo.
    —¿Qué te ha dicho cuando la has llamado?
    —Sólo eso, que ya no estabais juntos. No parecía triste, aunque tampoco feliz. Creo que tampoco ha terminado de asimilarlo. Tal vez se sienta culpable. Y si no es así, debería. Después me ha pedido perdón y ha colgado el teléfono.
    —Ya veo.
    Samuel cerró sus manos en forma de cuenco para contener un poco de agua caliente y se humedeció el rostro. En aquellos momentos Alicia no le era un pensamiento muy alegre. Habían estado juntos por varios años y, un día sin razón aparente, aquella preciosa historia de color rosado se había esfumado entre sus dedos sin dejar más que tristes recuerdos.
    ¿A dónde habrían ido a parar todos aquellos buenos momentos juntos?
    Fijó la mirada en el agua que recogieron sus manos y trató de dejar la mente en blanco. Pero entonces y de improvisto, la imagen de Ada, la niña de su sueño, llegó a su cabeza como el rayo que ilumina un cartel en plena noche. Samuel cerró los ojos, aturdido por la intensa emoción que acompañó a mencionada estampa.
    «De nuevo ella...»
    Una y otra vez, aquel sueño sobre Ada se le repetía desde los trece años. Aparecía en su vida en los momentos de mayor tensión emocional. Y, lo más sorprendente del caso, es que aun ignoraba si era tan solo un producto de su imaginación o por el contrario Ada había llegado a existir en alguna ocasión. ¿Realmente se había ahogado ante sus ojos?
    ¡Imposible!
    Hacía tiempo de aquello, pero Samuel había investigado el caso a fondo. Incluso su propia madre había acabado exhausta tras sus constantes interrogatorios sobre trágicos sucesos acaecidos en campamentos de verano cuando el sólo era un niño:
    —Mamá, yo tendría unos ocho años...
    —¡Si ocurrió tienes que saberlo!
    —¿Jamás te informaron de la desaparición de una niña...?
    —¿Nunca oíste hablar de una niña llamada Ada...?
    Y siempre la misma respuesta:
    —Hijo... ¡no lo sé!
    Finalmente Samuel había llegando a una decepcionante conclusión:
    «Supongo que sólo es una invención de mi imaginación, un modo que tiene mi mente de representara alguna otra preocupación. ¡Quién sabe!, a lo mejor Ada simboliza mi musa, mi inspiración, y que la vea ahogarse una y otra vez significa que soy un pésimo escritor... ¡Vamos, como si debiera tirar mis historias por el retrete!»
    Naturalmente, cada vez que había expresado aquella teoría en público una risita ahogada se había extendido entre sus oyentes.
    Una vez más, Samuel suspiró.
    «¿Me estaré volviendo loco?»
    Se miró en el espejo. El rostro que le devolvió la mirada le asustó incluso a él. Sara no había exagerado al asegurar que estaba horrible. Es más, probablemente hubiera sido incluso delicada. Parecía un triste fiambre. Ojeras, incipiente barba, pelo largo y andrajoso... hasta alcanzo a distinguirse marcas en el carrillo, sin duda producto de haberse dormido sobre el mando a distancia de la televisión.
    —Necesitaré una buena ducha —acabó diciéndose a desgana.
    —¡Y un afeitado! —añadió Sara desde el butacón, divertida.
    Veinte minutos más tarde Samuel salió del cuarto de baño envuelto en una nube de vapor. Cubriendo sus vergüenzas con un albornoz, caminó descalzo por el estrecho y oscuro pasillo hasta el dormitorio. Le sorprendió encontrar a Sara allí, hurgando en su armario. Murmuraba algo en voz baja al tiempo que, animada, descolgaba distintas prendas de las perchas y las dejaba caer sobre la cama. Samuel permaneció parado junto a la puerta, desconcertado.
    —¿Podría saber qué estás haciendo?
    —¿Es que no tienes ropa decente que ponerte o qué? —inquirió ella ignorando la pregunta de Samuel. Ni tan siquiera se volvió para mirarlo. Entonces abrió el último cajón del armario y sacó unos calcetines blancos que también lanzó sobre la cama.
    Samuel comenzó a sospechar.
    —¿He de suponer que me estás eligiendo la ropa?
    —Claro que sí, vamos a salir.
    —¿Salir, tú y yo? ¿A dónde?
    Sara sonrió mientras tomaba una camisa.
    —No sé, puedes invitarme a tomar algo.
    —Lo haría con gusto, pero estoy sin blanca.
    —Bueno, en ese caso puedes llevarme tú, y pagar yo.
    Samuel carraspeó la garganta.
    —Sara, ¿recuerdas que tampoco tengo coche?
    —¿Y qué? Siempre podemos ir andando.
    —Pero está lloviendo a cántaros.
    —Bueno, supongo que paraguas si tendrás, ¿no?
    —Si, pero sólo uno. Y es diminuto.
    —¡Ay chico, qué complicado eres! —acabó exclamando Sara, quién a pesar de todo parecía a punto de estallar en una sonada carcajada—. Eres novelista, ¿no? ¡Se supone que tienes imaginación! ¡Cojamos el autobús, un taxi o lo que más rabia te dé, pero salgamos! ¡No sé si te has percatado de que necesitas que te dé el aire, Samuel!
    Cuando Sara terminó de dar voces el chico quedó paralizado. Pero entonces, y por primera vez en mucho tiempo, Samuel logró reír bien alegre.
    Luego se sentó a un lado de la cama, pensativo.
    Entre todo aquel lío de ropa arrugada Sara había escogido lo más decente que Samuel nunca hubiera visto en su armario. Pero, destacando entre aquellas prendas, encontró unos llamativos calzoncillos largos decorados con unos enormes corazones de color rojo. Eran un viejo regalo de Sara. «¡Nada más verlos en el escaparate pensé en ti! —había afirmado el día que se los obsequió». Hacía más de un año de aquello, pero era un recuerdo que a Samuel continuaba haciéndole mucha gracia, especialmente porque la chica aprovechaba cualquier excusa para obligarlo a llevarlos puestos.
    Tras un nuevo silencio Samuel murmuró con expresión ausente:
    —Oye Sara, no quiero desilusionarte pero... Creo que me quedaré en casa. En serio agradezco tu ayuda, y no miento cuando aseguro que me encantaría salir contigo, pero estoy algo cansado. Además debería aprovechar y escribir un poco...
    —¡De eso nada! —Sara se encendió. Se volvió hacia su amigo con tono severo y se inclinó hasta aplastar su nariz contra la del chico—. Samuel, hazme un favor: echa una mirada a tu alrededor y respóndeme a algo, ¿qué es lo que ves?
    Era una pregunta sencilla, aunque hubiera resultado menos complicada si Sara no se hubiera inclinado hacia él mostrando su pronunciado escote. Apartó la mirada tentadora y entonces paseó la vista alrededor de la habitación.
    No era un lugar precisamente muy lujoso: un diminuto piso de menos de ochenta metros cuadrados, húmedo, muy frío en invierno y más caro de lo que podía permitirse. Todos los meses sus padres habían de ayudarle con el alquiler (y eso que el edificio entero se caía a pedazos). No obstante gente como Sara (quien a sus veinticinco años aun ni podía soñar con independizarse) opinaba que había tenido demasiada suerte al vivir solo a sus recientes veinte años.
    Allí, en el dormitorio, varias paredes tenían la pintura desconchada, y el suelo de madera comenzaba a retorcerse debido a los cambios de temperatura. Samuel se vio obligado a encogerse de hombros, levantar la mirada hacia el rostro de su amiga y confesar:
    —No veo nada.
    —¡Exacto! ¡Nada de nada! Este lugar es deprimente. A lo que me refiero es a que estás solo. ¡Mírate, ya eres un adulto hecho y derecho! No puedes estar todo el día encerrado entre estas cuatro paredes, ¿entiendes? Llevas desde los quince trabajando en nosecuantas novelas, y desde entonces has sido incapaz de terminar ni una sola.
    —¿Intentas sonar como mi padre?
    —A lo que me refiero es a que, a lo mejor, sólo necesitas cambiar un poco de aires. Ya sabes, desoxidar tus neuronas. Una nueva inspiración.
    «Una nueva inspiración... —repitió en su cabeza.»
    Una nueva inspiración...
    Instintivamente, Samuel dirigió la mirada a la estantería. Allí posaba una más que preciosa foto de Alicia. Estaba sonriente, como tenía por costumbre.
    Ella había sido su inspiración.
    Y la había perdido.
    De pronto le llegaron a la cabeza multitud de recuerdos de cuando estaban juntos. El primer beso, el día que permanecieron abrazados toda una tarde porque tenían frío, o incluso aquella vez que discutieron porque a Samuel se le ocurrió insinuar que jamás llegaría a ser nadie en este mundo. Cuando rememoró aquellos acontecimientos notó como una mano de hielo oprimió su corazón. Le dolía el mero hecho de imaginar que no volvería a compartir su felicidad con ella. Tras un nuevo silencio Samuel suspiró. Sentía unas tremendas ganas de llorar, pero había algo que se lo impedía, como un muro de oscuridad infinita.
    —Sí, Sara. Tal vez tengas razón —acabó musitando.
    A la chica se le iluminó el rostro.
    —¡Perfecto entonces! Iremos a algún lugar cálido, ya sabes que no soporto estos días tan húmedos. ¿Tú qué opinas, Samuel? ¿Te apetecería ir al cine, o tomar una taza de chocolate caliente, o preferirías que fuéramos a alguna hamburguesería? ¿O qué si no?
    —De momento sólo quiero mi café, algo de paz interior y, si no es pedir demasiado, que me permitas cambiarme de ropa a solas. ¡Tengo frío!
    Sara le guiñó un ojo, de nuevo alegre.
    Entonces la chica cogió unos pantalones del armario y, tras echarle una pícara ojeada a Samuel, preguntó con cierta malicia:
    —¿Sabes? Ahora que te veo así, en albornoz, y tu figura queda tan al descubierto, no puedo evitar preguntarme... ¿Aún son de tu talla? Yo no lo creo.
    Apenas medio segundo después Sara se encontraba fuera del dormitorio, riendo a pierna suelta, y Samuel daba un portazo al tiempo que se ataba mejor el albornoz, indignado.

 

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