Sueños con sabor a caramelo (Cap.1)

Categoría(s): Romance, Sueños rotos

 

 

 

—¡Ada! —musitó el niño—. ¡Escapémonos juntos!
    —¿Escaparnos? ¿Escaparnos a dónde?
    —¡A donde nadie pueda encontrarnos!
    Ada parpadeó perpleja, sobrecogida por una repentina emoción. Ni se percató de que sus mejillas se habían ruborizado, resaltando en su frágil rostro angelical como dos desmesurados tomates de granja. Pero enseguida se apresuró a negar, nerviosa:
    —¡No hablas en serio, Samuel!
    —Claro que sí. Iremos juntos al paraíso.
    —¿Al paraíso? No. Estás mintiendo.
    —Jamás te mentiría. Y lo sabes.
    La niña descubrió con desasosiego que se encontraba inquieta. Pero también experimentaba otra serie de emociones que no alcanzaba a comprender; como aquel cálido y hasta entonces desconocido hormigueo que recorría su pecho a cada nuevo latido, o la inexplicable sensación de que el mundo que los rodeaba fulguraba alegremente. ¡Era tan agradable! ¿Cuál sería el nombre de aquel sentimiento? ¿Y qué lo causaba? 
    Desvió la mirada tímidamente, y dijo:
    —Fantaseas. Ya deberías saber que esos lugares no existen. Además, tarde o temprano nos encontrarían. Y por otro lado..., en fin, ¡sólo somos niños!
    —¿Qué importa eso ahora?
    Samuel, el pequeño muchachito que la admiraba con aquellos desmedidos y brillantes ojos negros, la tomó de la mano y preguntó con dulzura:
    —¿Acaso no crees en mí, Ada?
    Ada sintió algo aun más extraño, como si Samuel hubiera pronunciado unas palabras mágicas que la habían hechizado. De pronto el mundo que giraba a su alrededor dejó de importarla, y su atención se centró exclusivamente en aquel muchacho... ¡Era tan gracioso, con aquellas sonrosadas orejas de soplillo y sus ojos almendrados ligeramente curvados hacia el cielo! ¿Por qué nunca antes se había fijado? Incluso se percató de que tenía unas divertidas pecas en la nariz. Probablemente en otras circunstancias se hubiera echado a reír, tal vez incluso se hubiera burlado del pobre chico. Pero ahora, en lugar de ello, esbozó una dócil sonrisa.
    Tras unos instantes, Ada asintió.
    —Sí —dijo—, creo en ti Samuel.
    Ambos permanecieron inmóviles, sobrecogidos por la emoción. Era como si el tiempo se hubiera detenido. La brisa del atardecer, que arrastraba un tenue aroma a hierba recién cortada, meció sus cabellos.
    Pero el silencio no duró demasiado; cuando Samuel logró recomponerse de aquel inesperado «sí, creo en ti» creyó convertirse en una tetera, pues percibió una burbujeante sensación que ascendió por su pecho hasta hacerle pensar que, si soplaba con la suficiente fuerza, llegaría a expulsar vapor por sus orejas. Se precipitó de espaldas al suelo y rodó sobre las flores soltando una estridente carcajada. ¡Nunca antes en su corta vida se había sentido tan feliz!
    —¡Espera, Samuel, espera! —le interrumpió la niña, que bajó de la rama del árbol y se arrodilló a su lado—. Antes necesito saber a dónde me vas a llevar.
    —Ya te lo he dicho, a donde nadie pueda encontrarnos.
    —¿Y está muy lejos?
    —Aun no lo sé. Pero estoy convencido es de que lo encontraremos si tú y yo estamos juntos. Seguiremos el camino del viento. Él será nuestro guía. Sólo tenemos que creerlo con todas nuestras fuerzas para que nos indique la ruta... Ha ser nuestro deseo.
    —¿Deseamos el paraíso?
    —Ajá.
    —¿Sólo para ti, y para mí?
    —Sólo para los dos, Ada.
    Entonces Samuel extendió la mano hacia su amiga y, sin siquiera dudarlo, la niña la estrechó con firmeza, susurrando con ternura:
    —Seguiremos el viento juntos. Tú y yo.
    No pasó mucho antes de que los dos niños se alejaran del prado hacia un lugar en el cual el murmullo de sus compañeros de colonias quedaba mitigado por el cantar de los grillos y el trinar de los pájaros de las copas de los árboles.
    Samuel apenas alcanzaba a creer lo que estaba sucediendo. El dulce olor a flores, el tacto de los rayos del sol, Ada... Todo parecía sacado de un sueño. Aunque, pensó, no más que caminar cogido de la mano de la niña. Eso, junto a la idea de saber que estaba dispuesto a renunciar al mundo para vivir eternamente junto a aquella dulce muchachita que le había arrebatado el alma, y el sentimiento de extrema alegría que recorría cada pedacito de su cuerpo, le hacía sentirse como enfermo. Sudores, mareos y un fuerte latir de su corazón...
    Y aun así feliz.
    Al rato, los dos niños corrían entre los arboles escondiéndose el uno del otro. Y, cuando al fin Ada alcanzó a Samuel, el pequeño cayó al suelo y rodó unos metros. La niña aprovechó para abalanzarse sobre él y hacerle cosquillas por todo el cuerpo.
    Terminaron exhaustos, sin fuerzas para continuar riendo. Descansaron en aquel mismo lugar, bajo la sombra de un roble centenario, deleitándose con el lejano canturreo de un cuco que parecía dedicarles un concierto sólo a ellos dos.
    Pero entonces Ada pronunció con vehemencia:
    —Samuel... Eres un bobo.
    El niño se incorporó de un golpe.
    —¿Bobo? ¿Yo? ¿Por qué?
    —Está claro. No sabes a donde vamos. Has mentido.
    —¡Sí que lo sé! ¡Vamos a...!
    —No, eso ya lo has dicho —interrumpió Ada, sellándole los labios con un dedo—. Pero tal vez (y sólo tal vez) esos lugares no existan...
    —¡Existen! ¡Yo sé que existen, Ada! Puedo verlo aquí, en mi mente. Y si no lo encontramos en este mundo te prometo que yo lo crearé para tí.
    Tardó, pero Ada acabó esbozando una nueva sonrisa.
    Samuel apoyó entonces la cabeza sobre los muslos de la niña, y cuando ella se inclinó un poco hacia él, su largo y brillante cabello le hizo cosquillas en el cuello. Rieron de nuevo. Entonces, él decoró el cabello de su amiga con una margarita y sonrió contento.
    —¿Cómo es ese lugar que ves en tu mente?
    Samuel se ruborizó. Era un tanto vergonzoso.
    —Es difícil de decir —acabó contestando.
    —¿Hay flores, árboles y tal vez una cascada?
    —Sí. Y también estamos tú y yo.
    —¿Sabes? Creo que tienes mucha imaginación.
    —Eso es porque soñar es lo único que se me da bien —burló—. Mi mamá suele decirme que tengo la cabeza toda llenita de pájaros. Y es verdad.
    —A mí, mi mamá me dice que los sueños es lo más importante que tenemos. Que es lo que hace que el mundo continúe girando. Dice a menudo que si es bueno vivir, todavía mejor es soñar, y lo mejor de todo, despertar. Si tú tienes tanto sueños, no sé... tal vez seas especial.
    —¡Eso es imposible!
    —Pero, ¿los compartirás conmigo...?
    Y, mientras susurraba aquellas últimas palabras, Ada se fue aproximando más y más a Samuel, quien sintió un pálpito tan fuerte que le temblaron hasta las orejas. Su mirada se clavó en los labios de la niña, y conforme la vio inclinarse y la distancia que separaba sus cuerpos y sus almas se acortó, una indescriptible sensación de terror mezclado con emoción recorrió sus extremidades y estalló en su pecho con un pálpito.
    Pero, justo entonces...
    —¡Ay! ¿Escuchas eso, Samuel? —exclamó la niña con sorpresa, levantando la cabeza de un  golpe—. ¡Una cascada, estoy segura!
    Ada se levantó de un brinco, y Samuel salió de su estado de embriaguez cuando su cogote golpeó contra una piedra que había en el suelo.
    —¡Tal vez sea el lugar de tus fantasías! —continuó la niña, muy emocionada. Y sin esperar a su amigo echó a correr en dirección al sonido.
    Ciertamente el lugar parecía sacado de un sueño. Probablemente, el sueño más dulce y hermoso jamás concebido por aquellos niños.
    Cuando Samuel llegó completamente exhausto hasta donde se encontraba Ada, se apoyó sobre sus propias rodillas contemplando la escena con incredulidad. ¿Aquello era real? Parecía difícil de creer. Había una cascada (tal y como había imaginado), y también unas rocas desde las cuales se podía saltar a un pequeño estanque de agua verdosa. Junto a las rocas crecían flores y, más allá, los pinos y abetos cerraban el paso a unas altas montañas con nieve en las cumbres. Samuel se frotó los ojos antes de poder creerlo.
    «¡El paraíso! —pensó.»
    —¡Vamos, vamos! —exclamó Ada con los ojos brillantes, agarrándole del brazo—. Ya lo hemos encontrado, ahora tenemos que darnos un chapuzón.
    —¡Pero...! ¡Ada!
    Ahora que lo había encontrado apenas podía creer que fuera real. En aquel momento no logró darse cuenta, pero con los años Samuel descubriría que temía a la posibilidad de que su fantasía no fueran tan hermosa como él había imaginado.
    Sin ningún tapujo, Ada se quitó la camiseta. La dobló y la dejó sobre las ramas de un arbusto. Y después hizo lo mismo con sus pantalones, quedando totalmente desnuda. Samuel apartó la mirada muy avergonzado, pero el rabillo del ojo se le desvió a causa de la curiosidad. Advirtió que la niña estaba muy blanca, y también reparó en su genero. Era la primera vez. Y la encontró bonita. A causa de ello se puso tan colorado que acabó mimetizándose con su camiseta, de color rojo fuego. Luego llegaron los temblores. Acababa de percatarse de lo que estaba sucediendo, y Samuel se puso tan nervioso que llegó a pensar que tenía culebras en el estomago. Ada, por su parte, se echó a reír.
    —Tonto, tú también tendrás que quitarte la ropa si quieres bañarte. ¿No quieres que nos tiremos juntos desde aquellas rocas de allí?
    Con cierta dificultad, como si su cuello fuera una prótesis metálica mal engrasada, el niño asintió. Pensó que nada de aquello podía ser real, como si estuviera viviendo un sueño del que tarde o temprano iba a despertar. Pero no deseaba hacerlo. Quería seguir fantaseando, y estaba dispuesto a degustar su quimera hasta el último segundo antes de regresar a la realidad.
    Samuel también se desnudó. Al principio se sintió muy extraño; cohibido, avergonzado, e incluso indefenso. Pero cuando Ada lo miró, sonrió en lugar de reír y le tomó del brazo con naturalidad, dejó de sentirse mal, comprobando que en realidad nada había cambiado.
    Los dos niños se apresuraron a trepar por las rocas hasta alcanzar un saliente en forma de balcón. Samuel se asomó al borde, acongojado.
    —¿Crees que tendrá mucha profundidad? —dudó.
    —Sólo hay un modo de averiguarlo. Lo que sí imagino es que estará muy fría. Se nos pondrá la piel de gallina —rió la niña, pero a Samuel no le hizo tanta gracia. Ya se sentía suficientemente cohibido para que, además, Ada lo viera con aquel aspecto tan ridículo. Pensó que aquello no formaba parte de su sueño dorado—. ¡Saltaré yo primero!
    —¿Por qué tú? —protestó el niño—. ¡EY!
    Ada cogió carrerilla y, conforme corrió hacia el borde, exclamó:
    —¡Si quieres que te de un beso tendrás que pillarmeee!
    Acto seguido brincó, y mientras chillaba su cuerpo descendió hacia el estanque a toda velocidad. Se escuchó un chapuzón y se la dejó de ver. Samuel se aproximó al borde de la roca. Comprobar la altura le provocó otro nudo en el estomago.
    —¡Prepárate! —gritó—. ¡Voy a bajar a buscar ese beso!
    Olvidó su vértigo y tomó carrerilla. Creyó que el corazón le iba a estallar de la emoción. Dio unas veloces zancadas hacia el borde y saltó, y entonces el miedo acumulado segundos antes de dar el brinco se esfumó de su cuerpo por los dedos de sus pies.
    —¡¡¡SÍÍÍ...!!! —chilló mientras se precipitaba.
    Cerró los ojos instantes antes de golpear sobre la superficie del agua, que ciertamente estaba helada. Su cuerpo se sumergió a varios metros. Aguantó la respiración. Un millar de burbujas acariciaron su piel. Entonces agitó los brazos y las piernas tan rápido como pudo para salir a flote. De nuevo bajo los rayos del Sol Samuel aulló:
    —¡¡Ha sido increibleee!!
    Se pasó la mano por la cara y resopló para sacarse el agua de la nariz. Después buscó a Ada con la mirada. Ya debía de haber salido a flote, pero en cambio no la vio por ninguna parte. «Seguro que va a tirarme de un pie —pensó.» Y si no era así planeaba hacérselo el a ella. De ese modo Samuel tomó aire y volvió a sumergirse.
    Hizo un esfuerzo terrible para abrir los ojos bajo el agua. Fue una visión desconcertante. Todo era de color verde, y al fondo únicamente se divisaba una gran oscuridad. Por un instante tuvo una fugaz idea... ¿Qué ocurriría si decidiera nadar en dirección a ella? Lo ignoraba, aunque supuso que antes de llegar a ninguna parte la falta de aire le obligaría a regresar a la superficie con las manos vacías.
    No distinguió la figura de Ada por ninguna parte. Mas no podía estar muy lejos. ¡Quién sabe!, pensó, a lo mejor ya había regresado a la superficie y era ella quién se estaba preguntando dónde se había metido él. Ascendió cuando comenzó a quedarse sin aliento y, una vez más, miró en distintas direcciones.
    Se asustó.
    Ni rastro de la niña.
    —¿Ada? —llamó.
    Guardó silencio para escuchar su respuesta. Nada. Tan solo alcanzó a oír el sonido producido por la cascada, y algún insecto que otro. Por algún motivo Samuel se sintió enfadado. No estaba del todo seguro, pero si aquello se trataba de una broma no le estaba gustando ni un poco. Jamás le habían divertido los sustos. Deseó con todas sus fuerzas que Ada saliera de su escondite de una vez. «¡Y, cuando lo haga me enfureceré con ella! —pensó enojado.»
    Pero Ada no salió.
    El niño comenzó a sentir pánico.
    —¡¡ADA!! ¡¡AAADAAA...!!
    Gritó su nombre hasta quedarse afónico. Ya se había convencido de que era imposible que Ada aguantara tanto la respiración, y cuando volvió a sumergirse por enésima vez en aquella negrura casi infinita, comprendió que nunca la iba a encontrar.
    Ada había desaparecido.
    Fue en aquel preciso momento cuando su corazón se quebró, y la magia de sus sueños se transformó en una cruel pesadilla.
    Y también fue en aquel preciso momento cuando, pasados cerca de diez años, Samuel, ya no tan niño, despertó de su horrible sueño.

 

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