


| Escritor: | lorebl |
| Públicado: | 07/09/2007 |
Eran como las cinco de la tarde, y nadie se había acordado, que a pesar de las condiciones atmosféricas, ella estaba cumpliendo diecisiete años; pero ya nada de eso importaba, sus ambiciones primarias, eran las de visitar el cementerio de Greens apenas cayera el sol oscuro que se asomaba tímido por entre las nubes. Quienes la acompañaban con delicada desconfianza, no sabían qué responder ante las miradas de pánico de unos cuantos huéspedes que se acercaban sigilosamente a través de los muebles empolvados del único cuarto al parecer, habitable.
Mientras tanto, ella sólo esperaba llegar a la distinción de las almas en pena que seguían las pistas de Maxwell Lane, el aniquilador más codiciado en aquel radical fin de semana de pociones y hechicería de último año. Era domingo de acuerdo con su viejo calendario y los rayos eléctricos del viernes en la tarde finalmente se habían desvanecido, permitiéndoles contemplar los raídos epitafios del cementerio. Allí, entre el claroscuro existencial de cada uno de sus componentes, acamparon bajo la dirección del astuto académico Bralton. Sin embargo, lo único que les impactó en el transcurso de una noche fría, fue la presencia del fantasmagórico perro Bobby, que en forma de espectro se hallaba sentado frente a la tumba de su amo como un guardián de las tinieblas, quizás esperando la esencia del reencuentro trágico con la muerte.
Poco a poco, se vieron implicados en una silenciosa intriga abismal. Ya habían pasado las interminables campanadas del antiguo reloj de la catedral que marcaba las doce en punto para trasladarlos a un ambiente de terror en Escocia. Kate, no había escrito nada antes, porque el temblor de sus dedos no se lo permitía. De repente, sentía que ese cuerpo ya no era suyo; pero debía seguir adelante a pesar de los espíritus que se colaban dichosos por los agujeros de su estrafalaria ventana de tela, como tratando de apoderarse de su mente para aplicar su tiranía.
Según habían establecido en el horario, al día siguiente, la visita de aire detectivesco y todo el grupo de curiosos, se moverían hacia Londres, con la intencionalidad de asistir a un ritual de brujería pura o a la necrópolis subterránea donde aún reposaban unos mil seiscientos cadáveres en proceso de desintegración. En realidad era un hecho desconcertante que reunía la profundidad de la sangre en las venas, aunque no sabía lo que había sucedido a fondo con el asunto indispensable del manejo del tiempo; pues parecía que la tierra se hubiera detenido, como si al hablar de mayores instancias, el universo también se hubiese congelado con las numerosas tumbas que cargaba su conciencia.
Habían pasado dos días más en aquel infierno delirante y a pesar de la amenaza que retenía sus sentidos en el misterio, ya estaban instalados en una vieja pensión de un rincón desolado de los jardines de Kensington. No había motivos para sonreír y se percibía un olor a humedad que no le permitía conciliar el sueño, como si de repente la tristeza de la humanidad residiera en su sufrimiento y ansias de llegar a casa.
A causa de la falta de oficio, realizó una investigación del caso que los asediaba, y descubrió que el distinguidísimo doctor Bralton los había engañado. Tal vez esto no se lo podía comentar a sus compañeros. Además, tenía una impresión irreversible que la llevaba a afirmar que él era un psicópata y se había hecho pasar por el guía de la agencia de viajes que esperaban.
Sí las cosas continuaban así, el pánico le impediría respirar porque podría ser el primero de los asesinos sospechosos en su lista negra y posiblemente ella sería su próxima víctima. El maquiavélico personaje, no había dejado de mirarla con deseo en toda la noche, quizá le atraía su apariencia encubierta de mujer. Quería huir, pero no tenía un lugar a donde dirigirse, se hallaba entre los barrotes de un acero ficticio de su cárcel emocional.
Afuera, el viento soplaba de manera intempestiva contra las edificaciones medievales y los ruidos violentos del Clocktower de Croydon, llegaban a ella en un eco incesante que retumbaba en su interior junto con las historias macabras de fenómenos y monstruos conservados en formol por siglos.
Eran las dos en punto de la mañana
se imaginaba un montón de ojos, piernas y manos ensangrentadas moviéndose rítmicamente, solos por ahí, de pronto buscando nuevos mártires. No se explicaba cómo todos soñaban como recién nacidos en medio de aquel mundo que según parecía, sólo Kate anhelaba entre sus libros favoritos y unas repetitivas llamadas de canciones demoníacas.
De los castillos visitados nadie se atrevió a dar ni una mínima opinión. La situación se entendía como si hubieran viajado en la máquina del tiempo jamás inventada. Comenzaba a caer la tarde y una tonalidad rojiza se apoderaba de un panorama que los cubría como ahogándolos en su posesión absoluta. Definitivamente, era una adicción a la muerte lo que los mantenía en aquel pasadizo angosto para recorrer después los túneles del caracol de su inteligencia. Hacía tres horas habían ingresado por el número uno de la Plaza Denfert. En ocasiones, el doctor Jerick Bralton llevaba a Kate a la intimidad de la magia como si estuviera utilizando un nivel avanzado de hipnosis.
Así, entre sucesos inquietantes, los rodeaba el aroma suave de la niebla que hacía que vieran cuatro paredes grises. Todo se encontraba bajo una iluminación estratégica escasa. Ya eran las siete de la noche y aún no habían terminado su descenso; pues allí subsistían unos complejos laberintos, conformando una red de más de trescientos kilómetros. De manera poco particular, una mano desconocida se posó sobre el hombro izquierdo de la señorita Winstley, y sin poder mirar atrás, sintiéndose tan fría como si hubiera muerto, supo que más tarde habían de ponerse dos velas a la cabecera de algún cadáver.
Finalmente, regresaron a casa el sábado veinte del mismo mes, tras haber sobrepasado las exigencias de la adrenalina. Kate abrazó con cierta culpabilidad a su madre, que estaba un poco retraída en sus negocios personales con el almirante Stamond; pero la pesadilla no terminó. Como si esta historia hubiera venido con los peores recuerdos en cada uno de los equipajes de mano, queriendo ascender segundo tras segundo al archivo de la memoria de sus participantes.
En la enorme residencia de su abuela, la respetadísima señora Canterclause, la normalidad de las cosas era irrumpida por un único y prominente factor: un deteriorado retrato colgaba de medio lado al final de las escaleras que conducían al cuarto de los trastos en el tercer y último piso, reviviendo así, el pantano del Lago Loch Ness, con la diferencia notable que en sus profundidades no habitaba una criatura asombrosa y fea sino la imagen del doctor Jerick Bralton, el supuesto acompañante, que había atendido a un irremediable y repugnante suicidio en el año de 1968, justo en la fecha del nacimiento de su hermana.
De acuerdo con diversas pruebas para la detección de anomalías en el desarrollo del cerebro de la paciente tres mil doscientos del consultorio cinco, los médicos habían concluido que el caso no correspondía a un dictamen demencial, y que ahora estaba en capacidad de entender que su pasión desenfrenada era lo desconocido que en un futuro cercano, vendría a tomar su cuerpo, porque algunos finales, son principios disfrazados.
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