- ¡Mamá!
Demasiado tarde. La puerta del Trole se cerró con violencia y el carro comenzó a andar. La puerta de la estación se cerró delante del niño rozándole la punta de la nariz. Se quedó quieto, mirando sin ver a los coches que iban por el otro sentido. Las lágrimas empezaron a poblar sus ojos. No se atrevía a gritar, pero un alboroto mezcla de temor y desconcierto se le anudaba en la garganta.
La cobradora de la entrada se le acercó.
- No te preocupes, chiquito. Quédate aquí. Ya mismo vuelve tu mamá.
El niño miró a la mujer sin escuchar las palabras cargadas de rutina y desprovistas de la amabilidad necesaria en estos casos. No se planteó que esta no fuese la primera vez que ocurría algo similar. A los cuatro años no hay analisis, no hay suposiciones, no hay planteamientos: sólo hay hechos.
Hecho: Su mamá se había ido.
Hecho: Estaba sólo.
Hecho: Su mamá se había ido, como se había ido una vez su papá, aunque a veces viniera a verle.
Hecho: Estaba sólo. Si su mamá se había ido como su papá, no sabe cuando volvería. Y si se ponía enfermo, no estaría ahí, como no estuvo su papá.
Hecho: Tenía que volver a casa sólo. Pero todo era muy grande. Y no sabía donde estaba su casa.
- ¿Como te llamas, m´hijito? - le dijo la cobradora.
Las lágrimas habían abandonado sus ojos y resbalaban por su rostro. Pero era por pura ley de la gravedad. Ya no fluían más. Había tomado una determinación: regresaría sólo a casa. Allí estaban su Batman, su Spiderman. Ellos no le abandonarían.
- ¿M´jito? - insistió la cobradora, como si fuese imprescindible conocer el nombre del niño para saber el estado en que se encontraba. Pero ella no tenía ni idea del estado en que se encontraba el niño. Una firme resolución, bordeando con el enojo, apareció en su rostro.
- ¡Fuchi, fuchi, fuchi! - le dijo a la cobradora mientras extendía sus brazos hacia ella y sacudía las manos, tal y como le había enseñado su madre que hiciese cuando quería que se alejase algún perro o gato callejero.
Esto sorprendió tanto a la cobradora que no pudo reaccionar lo suficientemente rápido como para impedir que el niño saliese corriendo y, pasando por debajo del torniquete de entrada, llegase hasta la calle. Luego, reaccionó demasiado rápido y, al salir tras el, se incrustó el torniquete en el estómago.
El niño se paró frente al cruce. Los coches pasaban velozmente ante él. Ahora, no había nadie que le cogiese de la mano para cruzar la calle. Tendría que hacerlo él sólo.
Otra vez estuvo a punto de llorar. No podía hacerlo sin su mamá. Pero se acordó de su papá, que siempre le hacía hacer a él sólo lo que su mamá hacía por él. Y siempre podía hacerlo. Además, no lo sabía, pero en otro sitio alguien se había interesado de pronto mucho en él.
Vió que la cobradora salía hacia él desde la estación, y decidido como estaba a ir él sólo hasta su casa, corrió hacia la otra vereda. Tan interesado estaba en él ese alguien, que el semáforo se puso oportunamente en rojo. El niño llegó sano y salvo a la otra vereda. Y, la misma providencia que había cambiado el color del semáforo, lo volvió a poner en verde cuando la cobradora llegó hasta el cruce y una avalancha de coches se interpuso entre ella y el niño. El estruendo del tráfico repentino impidió que nadie escuchase sus gritos que pedían, ahora sí desesperadamente, que alguien le detuviese.
El niño continuó corriendo hasta que le faltó el aire, abriendo el suficiente espacio como para que la cobradora le perdiese de vista, lo cual, cuando tienes piernas de cuatro años unidas a pulmones de la misma edad, en realidad no es tanto como te puede parecer. Se sentó en el suelo hasta que comenzó a recobrar el aliento. Menos agitado, comenzó a pensar en como debía hacer para regresar a su casa. Los ojos se le iluminaron cuando dio con la solución. Era algo tan evidente que hasta se avergonzó de haber llorado en la estación. Los mayores lo sabían todo. Entonces, con una lógica impecable, dedujo que sin duda debían saber donde estaba su casa. Esta es una de las consecuencias de hacerles creer a los niños que los mayores lo sabemos todo, cuando en realidad resulta que la proporción entre conocimiento y edad no es estrictamente matemática, sino que más bien se aproxima a la teoría del caos.
De nuevo, la providencia. Un adulto pasó junto a él y le miró. El niño, a su vez, le miró con ojos de querer decir algo. Por fin había conseguido colocar las palabras en su cabeza cuando una moneda cayó entre sus piernas y el adulto se marchó. A veces, la providencia puede ser muy cruel. De hecho, lo es casi siempre. Alguien ahí arriba se echo a reir ante chiste tan estúpido mientras removía el azucar de su café, pero se sorprendió cuando el niño recogió la moneda y se la guardo. No, el niño no era tonto. La cosa se ponía interesante.
El niño no se preocupó. Aquello estaba lleno de adultos. Sólo tenía que escoger a uno, pero esto no era tan fácil como parecía. Una señora gorda, cargada de bolsas, le empujó con una de ellas. Un señor que caminaba apresuradamente casi le arrolló cuando se puso delante de él. Otros dos que estaban parados en una esquina conversando hicieron caso omiso de sus palabras mientras adquirían un repentino interés en las que ellos estaban pronunciando. Sólo obtuvo atención, breve, repentina y a un volumen muy alto, cuando le tironeó a uno de ellos del terno. Sin embargo, siguió el consejo destemplado y se fue por áhi.
Se alejó caminando por la calle mientras su cabeza volvía hacia su mamá. Había sido muy feo por su parte dejarle así. Por lo menos, podía haber hecho como su papá y haberse ido dejándole en casa. Pero ya que se habían puesto las cosas así... Y eso que su mamá, cuando su papá se fue, le había dicho que ella nunca, nunca, nunca se iría. Claro, que debía haber sospechado que eso no era verdad, sobre todo desde aquel día en que, después de que le había dicho que su papá estaba de viaje, zas, de golpe y porrazo se había encontrado con él. Sí, desde ahí debería haberse dado cuenta que las cosas con su mamá no eran tal y como ella decía.
De pronto, ató cabos y llegó a una conclusión bastante determinante. Si lo que mamá y papá no era como decían... ¿Cómo iba a ser verdad lo que le decía entonces cualquier mayor? No, no podía seguir andando por áhi. Aquel mayor seguro que tampoco le había dicho la verdad. Entonces, vió al policia.
Se hechó a temblar. Miró a su alrededor desesperado y salió corriendo hasta una tienda cercana.
Un policia. Siempre había un policía fuera de la casa cuando él quería salir. Así le decía su mamá. Y su abuelo. Por eso no le dejaban salir, porque sino el policía se lo llevaba. Claro, que papá no lo dejaba salir solamente cuando hacía frío o estaba enfermo, pero no sabía si es que era que papá no veía al policía o no le importaba que el policía le llevase, que a estas alturas todo era posible. ¿Qué haría entonces con él un policía si ahora le cogía en la calle? Seguramente creería que no había hecho caso ni a su mamá ni a su abuelo y había salido solito, cuando había sido su mamá la que no le había hecho caso a él.
Muerto de miedo, se metió dentro de la tienda, mirando hacia fuera hasta que se vio que el policía se alejaba. Estuvo cerca.
Miró entonces al interior de la tienda. Una señora medio amodorrada tras el mostrador miraba lánguidamente la televisión. A su lado colgaban unas fundas de galletas. Se acercó hasta la señora y dijo en la voz más alta que pudo:
- ¡Dame galletas! - y de pronto, acordándose de algo, añadió -... por favor.
La señora, sorprendida por el grito, le miró con dureza al ser sacada de su sopor tan estruendosamente. Pero al descubrir quien era la fuente del grito, su rostro se llenó de esa especie de bobaliconeria adornada de ternura que tienen por costumbre de poner los adultos ante lo que ellos consideran como una gracia.
- Dime, m´jito. ¿Tienes dinero?
El niño se acordó de la moneda que le habían lanzado. La sacó y se la dio a la señora. La providencia se encargó o de que la moneda coincidiese con el precio de las galletas o que el corazón de la señora se ablandase lo suficiente como para asumir resignada la grave perdida que suponía en su economía la venta a perdida de unas galletas, no sabría decirlo con seguridad. Después, le dijo al niño que se fuese.
En la calle, tras una dura lucha con el plástico de la funda, el niño consiguió abrirla, no sin perder algo de su contenido. Sin verguenza, cogió las galletas que se le habían caído al suelo y se las metió a la boca. Total, si en casa su mamá hacia lo mismo, no importaba hacerlo en la calle. Volvió entonces a caminar, pero ya no estaba muy seguro de hacia donde iba. Aunque, pensándolo bien, antes tampoco lo había estado del todo.
Mientras andaba, no dejaba de pensar en que era lo que haría ahora. Las cosas se habían puesto inesperadamente duras cuando se había dado cuenta de que ser adulto no garantizaba que le dijesen la verdad. Pensó que tal vez podía pobrar con llorar. Esto, con el añadido en ocasión de lanzarse al suelo y patalear, solía dar buenos resultados en cuanto a lo que sus intereses se refería. Pero la verdad era que es que le prestasen mucha atención la gente que pasaba a su alrededor. Más bien era como si ni siquiera existiese. Tenía entonces que encontrar el camino a su casa él sólo.
Pero, ¿cómo? Aquellas calles eran tan largas, aquella ciudad era tan grande... Cuando llegase a casa, nunca más volvería a salir. Le diría a la Nancy que fuese ella a la tienda a comprar galletas y caramelos y chocolates y papas y colas y todo lo que necesitaba para comer, como hacía mamá.
Mamá, que se había ido como se había ido papá. Pero, por lo menos, papá nunca le había dicho que no se iría. Sí, por lo menos papá no decía una cosa para luego no hacerla. Pero, aun así, queía a mamá. Ella no se había ido... por lo menos hasta ahora, que lo había hecho. Ahora si que no la quería.
Mientras pensaba, no dejaba de caminar. Y la providencia no dejaba de mirarle y de hacer que su paso fuese seguro. Claro, que a veces se dejaba absorber mucho por los pensamientos del niño, pero en realidad sólo fue una vez y el coche frenó a tiempo.
El niño caminaba y la noche se aproximaba. Dios prendió otro cigarrillo. Había prometido que dejaría de fumar, pero eso era difícil cuando tú mismo habías inventado todos los vicios y, sobre todo, no te hacían daño. Además, la cosa no era tan sencilla cuando no tenías a quien hacerle una promesa de ese tipo. Eso es lo que llaman la soledad del poder.
Algo tenía que hacer. Al involucrarse en el asunto, tenía que ser él quien le diese un final. Así eran las reglas del plan inefable. Obviamente, él había creado las reglas, pero de tan inefables que eran, no podía romperlas. Quien sabe que podría ocurrir si las rompía.
Exhaló el humo por la nariz y se quedó contemplándolo. Tenía que hacer algo. El humo ascendió frente a sus ojos y comenzó a tomar distintas formas: calles, coches, policías, galletas, dinosaurios, pirámides, el Marques de Sade planeando su primera... Trató de centrarse. Es fácil que se te vaya la cabeza cuando eres omnisciente. Entonces tomó una decisión. Al fin y al cabo era Dios, y Dios es bueno, o eso dicen. Claro, que eso lo dicen los que se tragan lo del plan inefable, que de tan inefable ni siquiera podían explicar que significaba la palabreja de marras.
El niño se encontraba en una esquina, tratando de adivinar hacia donde ir, cuando se le acercó una señora. Le pareció que era una señora guapísima, aunque todavía no tenía muy claro que significaba guapísima. Por un lado se parecía a su mamá, pero por otro, no sabía por qué, no dejaba de recordarle a su papá.
- Ven, mi niño - le dijo -. Te diré por donde tienes que ir.
Y el niño, aunque ya no creía lo que le decían los mayores, le hizo caso. Y es que, quisiera o no, aquella señora se parecía a su mamá. Y algo le recordaba a su papá.
La señora fue junto a él todo el camino, pero en ningún momento le cogió la mano. Mientras andaban, la noche cubrió la ciudad. El niño no dejaba de hablar, contándole cosas de su Batman, de su Spiderman, del señor que le dijo que se fuese por áhi, de la señora de las galletas. Ella escuchaba atentamente, mirando aquellos ojos azul plomo que no se despegaban del camino, viendo lo que había que ver, sin aprender todavía a ver lo que no había.
Estaba ya cerca de su casa cuando vio un coche de policia con aquellas luces que tanta gracia le hacían. A punto estuvo de salir corriendo en dirección contraria, pero su mamá estaba junto al coche. De pronto, ella le vio y corrió hacia él. Le abrazó con fuerza y le levantó del suelo.
- ¡Mi Niko, mi hijito querido! ¡¿Dónde has estado?! ¡Te estaba buscando, mi amor! ¡Es un milagro! ¡¿Quién te ha traído?!
El niño miró a su alrededor. La señora ya no estaba.
- Nadie - contestó -. He venido yo solo.
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