No puedo creer que ahora estés ahí y yo aquí Efraín. Éramos tan amigos, tan hermanos. El domingo, en la cancha, estábamos llenos de vida. Te veía saltar, gritar, insultar, festejar y abrazarnos con cada gol de nuestro Boca. Y sin embargo, mira lo que es la vida, o la muerte, o ambas cosas Efraín. ¿Quién dijo que para morir sólo se precisaba estar vivo? ¿Borges fue? Qué importa quién fue, al menos a mi no me importa. En este momento me parece verla a tu mujer. Qué cara tenía la pobre, che. ¡Qué mal que estaba! Lógico. Como para no estar mal. Una muerte no es cosa de todos los días, uno no se muere todos los días. La muerte que nos golpea es siempre la ajena, de la nuestra se harán drama los demás, ¿no Efraín? ¿Y lo viste al Alfredo? La misma cara de culo que portó siempre. Estoy seguro que por dentro reventaba de alegría. Sí sí, no te sorprendas. Alfredo no nos quiso nunca. A quien no la vi es a la Carmen. ¿Estuvo? Pascualito, con cara de circunstancia, se me acercó y me dijo que la vio, pero para mí que no estaba la muy turra. Seguro que se fue con alguno que levantó en el velatorio. Si hizo eso, no será la primera vez. ¿Te acordás Efraín del velorio del tano Picchio? La Carmen se escapó con el gordo Robledo, el de la inmobiliaria. Y bueno parece que a ella la muerte la excita. Pero por qué vengo yo ahora a decirte todo esto a vos. Si ya no podés escucharme. Además qué vas a hacer vos. Ahora que todo terminó no creo que puedas hacer mucho. Perdoname Efraín, pero imaginate cómo estoy aquí, en este frío cementerio; ya ni sé lo que digo. Vos ahí y yo aquí. Me preocupa la Carmen, che. ¿Con qué punto se habrá ido esta vez? ¿No la viste, en serio? Pero qué feo está el tiempo, ¿no? Seguro que va a llover. Que mal Efraín, qué mal. ¿Por qué tuve que seguirla? ¿Por qué tanta obsesión por una turra? No entiendo algunas cosas, Efraín. Vos la llevaste hasta el departamento de la calle Tucumán. ¿Por qué nunca me lo dijiste Efraín? Y yo cuidándome de otro. Jamás lo hubiera pensado. ¿Cómo te olvidaste que yo aún conservaba un juego de llaves, de aquella vez que me instalé con la mucamita del campo, cuando no tenía un peso para el Motel? Maldita la hora en que me quedé con esas llaves. No pude haber entrado así de otra forma Efraín. La puerta no me delató. Recuerdo las luces del living apagadas, sólo vi un tenue resplandor que provenía del dormitorio, de tu dormitorio. Hallé la puerta entornada. Las respiraciones agitadas. Los cuerpos sudorosos entrelazados bajo esas sucias sábanas, Efraín. ¡Cómo pudiste! ¡Qué mierda hago acá, en medio de este frío cementerio! Y la maldita lluvia que no se digna a caer. Yo no sabía, o tal vez no quería creer que fueras vos el que jadeaba bajo el cuerpo obsceno de la Carmen. Hasta último momento esperé encontrarme con otro tipo, hasta con Alfredo, pero no con vos Efraín. Sé que tal vez no me creas, pero si no, no hubiera sacado el arma Efraín. No vale la pena matar por una puta. No Efraín, no lo hubiera hecho. Creo que en el momento dudé, casi me arrepentí. Recuerdo que me quedé parado en medio de la habitación en penumbras. Vos me viste y saltaste de abajo de la Carmen y te abalanzaste sobre mí, aún con tu miembro erecto Efraín. Nunca debiste sujetar el arma. Vos sabés cómo son las armas. A veces uno no las quiere disparar, pero se disparan Efraín, se disparan solas. ¿Por qué? ¿Por qué tuvo que pasar? ¿Por qué no me dejaste matarla Efraín? Está haciendo frío, la lluvia no va a tardar en caer Efraín. Fuiste capaz de interponerte, de protegerla, habrías dado la vida por esa puta Efraín. Yo la quería matar. Vos no me dejaste. En eso estábamos cuando sonó el disparo. Y después ese silencio que jamás olvidaré, porque ya no sé si podré olvidar o recordar de aquí en más. Sólo logro recordar algunas imágenes dispersas que se suceden como un film descalabrado: la sangre tibia corriendo por entre nuestras manos aún entrelazadas, manchando la alfombra, los gritos histéricos de la Carmen (aunque ya no sé si los oí o sólo los imaginé), las imágenes borrosas de tu rostro, de la tenue luz del velador cubierto por ese tul carmesí que nos teñía con un color de muerte, el arma arrancada y empapada en sangre que se escurría por la culata de madera, unas difusas iniciales talladas que se agigantaban hasta perderse en esta infinita negrura que me envuelve y me jala hacia un abismo de sombras. ¿Qué hacemos aquí Efraín? En medio de este cementerio gris. Me da no sé qué despedirte. Sé que no puedes oírme pero ¿Qué veo? Tus manos Efraín. ¿Qué sostienen tus manos? No te enojes, pero recién logro verlas Efraín. ¿Qué sostienen? ¿Son claveles? ¿Son claveles rojos? Me gustan mucho. Déjalos Efraín. Déjalos caer. Suéltalos. Déjalos caer sobre mi tumba. Se ha hecho tarde y pronto cerrarán el cementerio. ¡Mira!, mira Efraín, al fin ha empezado a llover.
|
Imprimir |
Enviar historia |
