-Ven, acércate. -No me pidas que entremos a la casa. -Esto lo hablamos con calma, quiero explicártelo todo. -Para lo que ha ocurrido no existen las explicaciones. -Aunque no lo creas, quiero que me escuches pero por favor baja esa arma imploraba Juliana cayendo de rodillas. -No llores malparida, lo se todo, te lo advertí de manera decidida Juan la seguía apuntando con su revolver- ¿ignorabas que algún día me iba a enterar? La brisa nocturna helaba las balas dispuestas a brotar del cañón. Las miradas curiosas no se hicieron esperar. -Comadre ¿Qué ocurre? ¡La va a matar! -Al fin se enteró, pero mírelo, se volvió loco. -Vaya, enciérrese, cuidado con una bala perdida. Las puertas se cerraban pero las ventanas se abrían ya que un suceso como este no se lo podían perder por nada del mundo.