


| Escritor: | K |
| Públicado: | 27/06/2007 |
Era una tarde horrible, lluviosa, oscura, como cualquier tarde en bogota, sin embargo Carolina, Gustavo, Laura, Juan Carlos y yo definitivamente estábamos cansados de el triste gris del cielo así que decidimos escabullirnos de la realidad e irnos al campo, no se si nuestra intención era vivir allí por siempre o si era pasar solo un día alejados de la urbanidad, en realidad eso ni siquiera importa ya, ni siquiera importa por que nuestro destino no se acoplo a ninguna de las dos circunstancias.
El viaje fue bastante largo, no obstante todo era perfecto, a medida que avanzábamos por la carretera el cielo se despojaba de su habito de nubes y el sol asomaba casi convirtiéndonos en personas distintas, es algo extraño como el ambiente puede sofocarnos, transformarnos. Un solo haz de luz es motivo para que nuestros corazones cambien, siempre me he imaginado ese momento cuando el corazón deja de ser esa visceral masa de músculos y venas para convertirse en aquella figura simétrica, completamente roja, redonda, que todos tenemos en nuestra imaginación.
Nunca tuvimos un rumbo fijo solo tomamos un automóvil y viajamos por la carretera. A pesar de que no sabíamos a donde íbamos, llegamos al lugar que queríamos fácilmente, era un sitio con prados verdes, árboles alrededor y un pequeño riachuelo que cruzaba, todos sonreímos, carolina abrazo a Gustavo, se besaron. Incluso, Juan Carlos, este tipo de apariencia extraña, con ojos verdes y penetrantes que mostraban gran melancolía, un cuerpo que parecía hecho de metal gracias a sus movimientos estáticos, incluso el, el de pelo negro y rizado, incluso el sonrió al encontrarse en pleno paraíso.
Y es extraño, porque carolina y Gustavo se amaban por naturaleza, fueron felices desde que se conocieron, pero nunca habíamos visto a Juan Carlos sonreír de tal forma, se había reido en ocasiones, pero esta vez era feliz por la felicidad en si misma. Sacamos un poco de comida que habíamos llevado y nos sentamos en un pequeño circulo, nos miramos a la cara, uno por uno, todos al tiempo como si una fuerza mas grande nos obligara a hacerlo, el único que no lo hizo fue Juan Carlos que miro hacia un lugar completamente alejado del circulo, cerca de nosotros se encontraban algunos niños tocando instrumentos, de pronto las facciones de Juan Carlos se modificaron totalmente, de nuevo el ambiente se había convertido en su peor enemigo.
-¿Será que se pueden callar?-dijo Juan Carlos notablemente enojado.
-Hombre, fresquéese que solo son niños-.exclamo laura para calmar un poco los ánimos- ellos seguramente amenizaran nuestra existencia un poco.
Pero Juan Carlos siguió molesto, al principio solo fue su rostro que hizo una mueca de desagrado, con el pasar de los segundos fue mas su disgusto, cada nota musical era desesperante para el, se notaba porque volvió a mirar como si se encontrara en medio del caos Bogotano, volvió a odiar a ese otro personaje, a esa luz, a ese “alrededor”. Después de un par de horas Juan Carlos se movía de manera convulsionante, los niños cantaban y tocaban sus instrumentos, “aserrín, aserran los maderos de san Juan, piden pan no les dan, piden queso les dan hueso”, las palabras y su respectiva entonación se introducían en los odios de Juan Carlos que tenia los nervios de punta, sus músculos hacían movimientos extraños que no eran propios de un hombre común.
En la noche la canción no cesaba, los niños seguían cantando, Juan Carlos se paro, de su boca se desprendió un grito seco, saco un cuchillo de su bolsillo y las palabras dejaron de tener sentido en la boca ensangrentada de los pequeños, nuestro amigo se había abalanzado hasta el extremo de sus gargantas y había acuchillado sus lenguas, ahora ni siquiera podían musitar palabras de dolor. Mientras tanto, todos mirábamos atónitos la cruel escena, laura empezó a llorar y allí fue cuando supimos que todo estaba perdido. Era la noche, la falta de luz que nos vuelve locos, que nos hace cambiar toda nuestra manera de pensar y nuestros corazones se vuelven de nuevo las vísceras asquerosas que odiamos, que nos disgustan pero que definitivamente nos son mas propias que nada.
Intentamos calmar a Juan pero ya había perdido los estribos, cada vez que hablábamos nos miraba con mas odio. Si, definitivamente el quería silencio, nunca había disfrutado de el sonido, siempre quería estar en completo mutismo, por el contrario nunca lo había encontrado, al llegar a esa especie de paraíso terrenal creía haber descifrado la paz sonora que necesitaba, pero fue solo un engaño de su mente, llena de deseos sobrehumanos, imposibles de cumplir. Nos dijo que nos paráramos y uno a uno nos fue cortando la lengua para no corromper ese orden innatural que buscaba. En ese instante Juan se dio cuenta de que nuestra ropa rozaba contra nuestros cuerpos y provocaba un leve tono, y es que este sujeto escuchaba todo, desde un pájaro a kilómetros de distancia hasta el algodón palpando la gruesa capa de piel. Nos ordeno quedarnos completamente quietos.
El riachuelo, los árboles, los animales, todo sonaba, la noche era un personaje mas que se movía con tremenda facilidad, estaba en todas las direcciones infundiendo miedo en el cerebro de Juan Carlos, las ramas se quebraban, era un total cambio, todo, absolutamente todo en el universo lo fastidiaba, sin misericordia. Al fin y al cabo esta realidad salía de los limites de lo humano o quizás ese ecosistema era demasiado humano como para escuchar a un semejante, la única solución lógica para Juan Carlos era convertirse en un Edipo moderno y cortarse las orejas, por otro lado eso suponía tener que escuchar su propia conciencia y quizás todo terminaría aun peor de lo que había comenzado.
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