Pareciera que Wilde hubiese sido mi autor de cabecera, pero no es así; no porque desdeñe la gloria del irlandés, de quien guardo de mi primera juventud la historia de Salomé, la ironía de Una mujer sin importancia, la impresión estética de su novela El retrato de Dorian Gray y el concepto social de su sátira La importancia de llamarse Ernesto, pero recobrar la juventud como propone repitiendo sus locuras, es riesgo de quien lo intente. Debe haber, creo, un momento en la vida de todos en qué, a causa de alguna circunstancia, una experiencia dolorosa (o no, pero que nos marcó), uno siente que a dejado de ser niño. Me ocurrió a los doce años, al terminar la escuela primaria, cuando me puse mis primeros pantalones largos.
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