Si la gente no hablara...

Categoría(s): Columna literaria.

 

 

     Pareciera que Wilde hubiese sido mi autor de cabecera, pero no es así; no porque desdeñe la gloria del irlandés, de quien guardo de mi primera juventud la historia de Salomé, la ironía de Una mujer sin importancia, la impresión estética de su novela El retrato de Dorian Gray y el concepto social de  su  sátira  La importancia de llamarse Ernesto, pero recobrar la juventud –como propone– repitiendo sus locuras, es riesgo de quien lo intente. Debe haber, creo, un momento en la vida de todos en qué, a causa de alguna circunstancia, una experiencia dolorosa (o no, pero que nos marcó), uno siente que a dejado de ser niño. Me ocurrió a los doce años, al terminar la escuela primaria, cuando me puse mis primeros pantalones largos.
     Hay etapas que se van cumpliendo, aunque mi caso es curioso, porque después no sentí el tránsito de la adolescencia; quiero decir, que abordé la madurez sin desprenderme cabalmente de aquella. Para mí y para quienes me estiman, es un afortunado desarreglo de mi personalidad; causa quizá, de mi extroversión. “Toma tu pasión y hazla ocurrir”, me aconsejaba Teodoro Sane. Por mi parte, salgo en defensa de los grandes conversadores, aquellos de amena conversación, porque saben de qué hablar y saben de qué hablan:
     Comienzo con Antonio Machado, quien, al terminar de leer en voz alta un poema suyo, ante la pregunta de un oyente «¿Qué quiso decir, maestro?», respondió: «Quise decir –y volvió a leer el poema–, porque si hubiese querido decir otra cosa hubiera escrito otro poema». Y Saint Exupery (anécdota), en una carta a una amada que ni siquiera le contestaba, le escribe que, “cuando se habla sin decir nada, como en ese caso, al azar del viento, se tiene plena confianza. Son las cartas verdaderas”. Sentía que quizá había desvariado, dicho cosas en apariencia bobas. Fue durante un viaje en mar; se encontraba solo y escribirle le desahogaba.
     Creo que la crítica debe apuntar al hablar mucho y conversar poco; ya que conversar, en el sentido estricto del término, es comunicarse mutuamente, y requiere por lo menos dos personas en la misma disposición de atenderse; volcar uno en otro su propio pensar y sentir. Requiere tiempo, calma, atención; y en este tiempo las personas viven tensas por el trabajo (o la falta de trabajo), angustiadas, alteradas por la vorágine exterior; o por la ausencia de diálogo familiar, en atención al programa del mediodía por televisión.

     Desde que la mesa quedó consagrada por la sublime conversación de doce amigos, por la suprema donación de sí, es difícil sustraerse a su llamado, que es una invitación al tema. La simple mesa de un café, o una reunión de amigos, es suficiente insinuación; en ella podemos distendernos, dar de nosotros y recibir de otros.
     La verdadera conversación implica, en cierto modo, vencer el egoísmo, porque quiere decir participación de ideas y sentimientos. Es un proponer la vida –al menos la propia opinión de la vida–, el propio sentir, para que otro lo acepte o lo rechace y nos lo devuelva enriquecido, corregido. Cuando se tiene algo que dar y no la propia incertidumbre, la propia invalidez, la propia nada, entonces la conversación tiene un valor positivo, entonces el intercambio es un negocio que enriquece al que da, porque nada se posee tanto como cuando se comunica; y, al que recibe, porque adquiere cuanto no tenía. De ahí que la más plena de las conversaciones es la conversación con uno mismo, que es una manera de conversar con Dios. Y la palabra divina –eso dicen– crea, transforma, vivifica. El que ha aprendido a hablar así, ciertamente, sabe conversar. No habla con ruido de palabras dislocadas, estridentes, tumultuosas, sino con música de ideas.

     Si la gente no hablara... fracasarían muchos políticos, –pienso–; “no habría eco”   –opina la poetiza Teresita Valcheff–; “te extrañaría” –confiesa alguien a mi lado–; desaparecería  la radio –me lamento–; estaríamos vegetando –continúo–en un mundo aislado, vacío, sin alegría. No podríamos comunicarnos, no habría entendimiento entre personas y naciones (habría aún más guerras), no tendríamos esperanza. Sería un castigo divino mucho más severo que el de la torre de Babel, y de mayores consecuencias, pues, si la gente no hablara... el futuro no existiría.-
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Comentarios:

Escrito por: Norberto       16/10/07 00:01
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Gracias Hernán... y te comento, por si es de tu interés, que en el FORO de certámenes edité los certámenes que auspicia para todo el 2008 la Sociedad Argentina de Escritores -S.A.D.E. de la seccional Córdoba. ¿Ya eres socio? Si en algún momento te interesa puedo presentarte. Reitero mis gracias por tu lectura tan elogiosa.
Escrito por: EITILEDA       15/10/07 23:22
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Muy filosófico, me gusta, no sigue una linea racional, sino le da una mirada más poetica que muchos critican y yo tanto admiro. Besos.
Escrito por: Norberto       15/10/07 02:38
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Gracias Ricardo. Gracias Paula. Los leí ayer a vustros comentarios, pero no encontré palabras para contestarles, tampoco ahora. Vuestro reconocimiento es más gratificante para mí que aquél que pueda recibir de algún funcionario cultural del gobierno de mi patria. Lo hacen de corazón y creyéndolo más que yo.
Escrito por: Abedul       14/10/07 04:41
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Que lindo es sentir que somos parte de tu historia, por que nos enseñas y a pesar de tu excelencia, nos permites creer que también aprendes de nosotros. Permíteme demostrar tu admiración por la nobleza de tu carácter y la humildad con que nos ayudas y enseñas.
Escrito por: ricardo48       14/10/07 03:13
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Si Norberto totalmente de acuerdo, que más se puede agregar a lo que escribes, solo que te sigo leyendo con mucho placer amigo mio.
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