Sergio Saverio (Pasaje I)

Biografía de una obra, ensayo sobre las obras “menores” de Javier Valladolid
 
Introducción a la primera edición (2054)
 

Me encontraba en una universidad española, a mi vuelta de visitar Poligiano, donde nací, en la que, al igual que mi facultad, tenía una encumbración  de composición literaria, de la cual aportó ideas mi padre como su interdisciplinaridad de artes, junto a una de fotografía profesional técnica-artística. Pasé junto a una de esas escaneadoras. Todos conocemos esas maquinas con una superficie amplia, como para colocar dos cuadernos y libros, con cierta profundidad en la base para el hardware, una pantalla pequeña, un teclado con puntero, botones de menús, un programa para anotar la dirección de correo a la que enviar con sólo pulsar un botón, el lector del carné de la universidad respectiva y un programa de escáner con limite de 400pp y función color o blanco y negro. Eso fue hace cuatro años. Había cola para la usar esa escaneadora y entonces me vino a la mente la tragedia.

 

Un año antes, después de tener un problema con mi tarjeta RFDI al intentar alguien acceder a los datos sin mi consentimiento, recibí la noticia. Mi padre, en una marcha no excesivamente difícil, en la Mesa de los Tres Reyes, en Navarra, dio una mala pisada y cayó desde varias decenas de metros. Cayó mal y falleció en el acto sin enterarse. Según su deseo, además de continuar la biblioteca privada de préstamo publico que entre él, varios amigos y varios colaboradores estaban manteniendo, me dijo entre sus últimas peticiones, además de seguir la labor de intentar convencer a Jesusa Marín Auñón de que publicara al menos a titulo póstumo sus escritos, “Son demasiado buenos para desaparecer de la historia de la literatura”  decía, me dijo como quería morir y que hacer con sus restos.

 

Recuerdo cuando su cuerpo, después de haber sido donados sus órganos para la ciencia, fue resomatizado. Se le envolvió el cuerpo en una funda de seda que le cerró al mundo. Nos parecía lo más adecuado puesto que me recordó su fuerza en comparación con la lana o el cuero. Se le introdujo en un ataúd de madera y el ataúd en la camara de la maquina. ¡Un fin entre metales! El agua llenó el ataúd, sumergido comenzó y sumergido se iría su último recuerdo.

 

El agua con hidróxido de potasio estaba haciendo efecto a 180º. Pensé si fueran angulares daría la vuelta a la tortilla. Entonces el procedimiento continuó hasta que pasaron las dos horas. El encargado me llamó para continuar viendo el procedimiento. La matriz de sal de sus huesos fuertes, algo menos por la edad, incluso tomándose en consideración que pudiera seguir saltando escalones de tres en tres, fue hecha papilla por la prensa y quedaron sus cenizas de sal.

 

Lo restante del proceso fue utilizado de nuevo para fines médicos. Entonces fue llevado a cabo su funeral, esa misma semana, en la lapida del cementerio de su ciudad. Allí, en una caja, se guardaron sus cenizas, varios objetos muy queridos y unos objetos de recuerdo que conservaba por cariño hacia lo vivido o como aviso de que negar la vida era negarse a uno mismo. 

 

Cada uno de los grupos de esas cenizas fue guardada en una urna distinta de cuatro urnas. Mi hermano Mario fue a Fuenlabrada, su hogar natal, a dejar sus cenizas en una lapida cuyo epitafio decía “Xaverium Valladolid Antoranz. Pasó por el mundo y viniendo a estar por estar nunca estuvo meramente por estar”.

 

Mi hermana Marta Lúthien fue al faro de Estaca de Bares, En Galicia, y lanzó desde el acantilado a la mar aquellas cenizas, mirando el paisaje y retrocediendo hacia el faro donde encontrar un nuevo camino.

 

Mi hermana Cristina fue a Riofrío de Riaza, el pueblo de mi padre, a dejar, en una pequeña lapida, medio oculta por la vegetación amarilla, las cenizas junto al epitafio que empezaba diciendo “H.R. Javier Valladolid Antoranz López Gracia” y no la continúo más.

 

Yo fui a las costas de Bari, al puerto inextinguible por las llamas del olvido, donde mi padre me llevó de niño un par de veces mencionando la gran urbe cosmopolita con una puerta mágica con placa informativa y un museo marítimo que nunca llegué a ver.

 

Entonces uno de los integrantes de la cola me dio en el codo sin querer. Perdí el recuerdo y continué haciendo fotos y resolviendo varios asuntos.

 

En un despacho había un ejemplar de un libro encuadernado al método tradicional de anilla en tapa dura. De repente pensé, con angustia y calma al mismo tiempo, en un encuentro con mi padre. Acababa de presentar una exposición fotográfica artística que estaba logrado un enorme éxito y que mi padre fue a visitar. A la vuelta estábamos en un hotel en Alcalá de Henares, donde había estado visitando la ciudad tras dejar unos días antes su casita de retiro entre Asturias y Cantabria. “Sergio. ¿Te he hablado alguna vez de mis obras menores?” dijo riéndose por algún motivo.  “Sí” es lo que habría tenido que decir y él lo sabía pero nunca me habló como lo hizo aquel día ni nunca le escuché con aquella jornada. Comenzó a hablarme un poco de sus obras de menor envergadura que sus famosas primeras novelas. Como escritor, Javier Valladolid, mi padre, era mucho más que un novelista y lo sabía... Pese a que sus novelas fueran un eje esencial de la totalidad de su obra, todo lo demás era imprescindible para entenderla al completo. Todo en relación con sus obras anteriores a los 22 años. Entonces una voz me llevó a la universidad. “¡Sergio Saverio! ¡Cuánto tiempo! ¡Qué casualidad!”. La voz de Alejandro, el mejor amigo de mi padre, resonó en la sala pese a que tampoco fuera ya un joven. Las reescrituras del Quijote quedaban muy lejanas ya.

 

Entonces decidí hablar con él, investigar y comenzar el siguiente ensayo. Mi padre nunca fue un escritor de fríos y me pareció oportuno hacer un ensayo que no fuera simple análisis técnico si no un ensayo vital, lleno de todo lo que aportaba a lo que escribía, dejándose la frialdad total para algo que no fuera parte de él.

 

De este modo, comienzo en breve el siguiente ensayo biográfico tras diversos viajes a la nacional, a Bari, Asturias, la Turquía que conoció en su juventud y la nueva Turquía, sus sueños, deseos, ausencias y alegrías... El comienzo de su adultez en su nueva juventud. ¡La biografía de su obra!

 

                

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