Susana Di Muccio
Seres de luz
La pequeña casita enclavada en lo alto de un cerro, cobijaba a una familia cuyos componentes se encontraban trabajando en el sembrado de algodón.
Se trataba de gente humilde, cuya única relación con el poblado mas cercano se cernía a las entregas de la cosecha .
El jefe de la familia era Ramón, un hombre de aproximadamente cuarenta años, rostro adusto, alto, moreno, sin ninguna prisa en su vida.
Su esposa, Leonor, se encargaba de las tareas hogareñas; una mujer dulce, sumisa, de ojos extremadamente tristes, con una mirada de interrogación en ellos.
La pareja tenia dos hijos varones; el mayor era Andrés quien con veinticuatro años era el encargado del trabajo junto a su padre. Ambos se levantaban de madrugada y pasaban gran parte del día en el campo preparando la tierra, sembrando o bien cosechando.
Joven apuesto, pero de rostro duro como el de su padre. Admiraba a éste y seguía sus pasos sin detenerse a pensar en otra cosa.
Su único entretenimiento y cercanía con gente de su edad era una vez por mes cuando asistía al baile del club del pueblo, y en donde en reiteradas oportunidades, se encontraba con una jovencita a la que conocía y frecuentaba desde hacía un tiempo y con la cual pensaba casarse, sólo que guardaba las formas por la familia de ambos.
El hijo menor era Tobías, jovencito de veinte años, con una cabellera dorada como el atardecer detrás de las montañas y ojos color café.
Su mirada traspasaba la vista de quien lo estuviera observando, como si viera más allá de la persona.
Desde pequeño su padre percibió que no podría contar con él en las tareas del campo, por lo tanto fue alejándose del niño, con quien solo lo conectaba un beso por la mañana o al acostarse y las comidas compartidas en familia. A medida que crecía, Tobías presentaba características diferentes a las de su hermano.
A diferencia de su esposo, Leonor comenzó a notar esa diferencia entre sus hijos. Se preguntaba por qué Tobías no mostraba interés en los juegos infantiles como lo había hecho su hermano; por qué si se lastimaba o le dolía algo, sólo lloraba o gritaba, pero no se acercaba a ella como Andrés en busca de consuelo, sino que se quedaba en algún rincón de la casa, emitiendo algunos quejidos o simplemente acurrucándose.
Insistentemente repetía algunas rutinas diarias; a pesar de no serle exigido tomaba la escoba y barría varias veces el mismo cuarto, situación que afligía a la madre y que enfurecía a su padre, quien pensaba que era improductivo.
Sin embargo su madre prefería alentar estas actividades de Tobías, aunque no sabía realmente como podía encaminarlas para enriquecer al joven
Una tarde, cuando Ramón y Andrés regresaban del campo, encontraron a Leonor muy preocupada.
-Tobías estuvo gritando toda la mañana- dijo afligida.
-Mirá, no estoy como para escuchar tonterías, que vas a esperar de Tobías, la culpa es tuya por consentirlo demasiado--En lugar de la escobita, tendrías que darle herramientas y mandarlo al campo a trabajar con nosotros, para eso es hombre- contestó su esposo completamente exasperado.
Ambos empezaban a notar que el problema que representaba Tobías los estaba separando, y Leonor, a pesar de ser una persona sumisa y dedicada a su esposo, sentía que debía hacer algo más por su hijo.
En tanto Tobías seguía en su mundo, sin registrar su entorno familiar; el joven giraba sobre su propio eje y se balanceaba, dando vueltas como un trompo. A su alrededor se desarrollaba una discusión muy intensa entre los padres quienes habían llegado a una relación demasiado intolerante entre ambos.
Tobías giraba, giraba...... Tobías no sentía que era Tobías tal como los demás lo conocían.
Una luz muy suave se acercaba y lo transportaba hasta la cima del cerro, ese cerro que no sabía que era un cerro..... Allí había sombras y luces, formas, ruidos y colores, que no sabía que se trataba de colores....
De pronto se acercaban unos seres con alas, que no sabía que eran ángeles y lo levantaban hacia el cielo y lo hacían volar.....
Tobías era feliz, sin saber de qué se traba la felicidad; él seguía girando como un trompo sin cesar.
Los seres alados le mostraban el verde de las colinas y la luz lo invadía intensamente... Los colores de las flores eran intensos y sin saber que eran flores se dejaba invadir por su perfume...
Hasta que un ruido extraño, que no sabía de que se trataba, lo bajaba del cerro y de los colores. Los ángeles lo depositaban en la tierra y él empezaba a gritar, a llorar...
La discusión de los padres desembocó en una decisión tomada por Leonor y a la que se negaron tanto Ramón como su hijo Andrés.
Leonor decidió llevar a la ciudad a Tobías para que lo viera un médico:
-Leonor, te van a sacar plata y ese chico lo único que precisa es que no lo consientas tanto- dijo Ramón.
-Creo que no es mi culpa, sino tu falta de afecto hacia él, siempre te mostraste distante, frío y demasiado ocupado en tus tareas y no prestaste la más mínima preocupación por lo que Tobías necesitaba- contestó Leonor enfurecida.
-¿Cómo me voy a ocupar de un chico que jamás mostró afecto ni interés por su familia y que además no tiene capacidades para poder realizar algo productivo?, ¡habría que haberlo incentivado de chico y vos no me dejaste!- inquirió Ramón.
Sin más Leonor se dirigió con Tobías hacia la ciudad. Al llegar se sintió presa de la angustia de no conocer otro mundo más que el del pequeño poblado cerca del cerro.
Sintió que todo era desconocido y en una oportunidad pensó en gritar, gemir o como hacía Tobías, acurrucarse y dejar que todo pase a su alrededor...
Por fin, después de muchas vueltas encontró la casa del médico del que le habían comentado trataba algunas personas con características similares a las de su hijo, a pesar de que ella no creía que éste tuviera una enfermedad...
Cuando llegó su turno, ya Tobías había pasado por todos los estados posibles, excitación, llanto, gritos, aislamiento. El médico le extendió la mano y le indicó que tomara asiento, a su lado hicieron sentar a Tobías, quien se paraba y sentaba constantemente durante el tiempo que duró la consulta...
Luego de observar al joven durante un rato, indicó a Leonor que sospechaba que Tobías padecía de un trastorno llamado autismo, cuyas causas aun eran desconocidas, aunque existían varias teorías que lo relacionaban tanto con el entorno familiar o social, otras con deficiencias a partir de una base neurológica y otras teorías decían que podía deberse a ciertos procesos químicos básicos del organismo de la persona que lo padece.
El autista no tiene contacto porque le cuesta identificarse como una persona e identificar a los demás.
Por ultimo indicó una serie de estudios que debería realizar el hospital para poder dar un diagnóstico preciso.
Leonor se instaló con Tobías en un pequeño hotel de la ciudad y comenzó a asistir diariamente al hospital para realizar los estudios solicitados por el médico.
Terminados los estudios, Leonor retornó al consultorio del médico quien efectivamente indicó que el joven presentaba autismo y refirió que una educación especial es el tratamiento fundamental para este padecimiento y que por otro lado el apoyo familiar es fundamental para ellos.
-El autismo no tiene curación es un síndrome definido por un médico psiquiatra de origen austriaco en mil novecientos cuarenta y tres, sin embargo con el tratamiento adecuado algunos niños autistas pueden desarrollar aspectos de independencia en sus vidas.- dijo el facultativo-
Con todo el bagaje de conocimiento sobre las características de su hijo, Leonor volvió a su hogar y transmitió esto a su familia, quienes sin involucrarse demasiado apoyaron por fin a la mujer y aceptaron que viajara diariamente hasta la ciudad para llevar a Tobías a una escuela especial.
Desde entonces Tobías, que no sabía que era Tobías como lo conocían los demás, comenzó a asistir a la escuela, donde profesionales que sabían del tema lo ayudaban, alentaban y acompañaban...
En reiteradas oportunidades se acercaba la luz... lo transportaban los seres alados, que no sabía que eran sus ángeles....veía el cerro, los colores, los ruidos del mar, sin saber de qué se trataba el mar....veía flores, sin saber que eran flores y se dejaba invadir por su aroma...
Giraba, giraba como un trompo... se mecía..... se enojaba cuando los ángeles lo depositaban en tierra firme...
Pero sabía que volvería la luz para transportarlo hacia eso tan placentero que no sabía de que se trataba, pero que lo hacía feliz...
Sin saber que él era Tobías, tan solo se sentía un ser de esa luz.....
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