
SÉNECA Y ROCÍO
Eran tan felices los dos, para quienes el mundo no tenía nada que hacerles perder o que ofrecerles. Todo lo podían si había amor, si a estar juntos estaban destinados.
Séneca y Rocío. Rocío y Séneca, como lo ratifican estas cartas de fechadas en septiembre, octubre, noviembre y diciembre; como lo ratifica este retrato nuestro, ahora, de promesa rota, y fin. Fueron cuatro increíbles meses que se acabaron, como los cuentos de hadas cuando vamos siendo más mayorcitos, y comprendemos que el mundo no es como lo imaginábamos de niños.
Séneca, sigues siendo el mismo a cada despedida, con tu ropa de niño y cuerpo de intelectual. Debiste elegirme como a una mujer que necesitaba consuelo, puesto que el orgullo me agobiaba y, aun así, te atreviste a hacerme ver que dos más dos a veces era cinco. Sabías cuál era el riesgo que corrías al tomarme de la mano aquella velada y declararme tu amor. Lo sabías. Nunca me gustaste, sólo sentí que eras diferente. ¡Qué valiente que fuiste! Valiente a la hora de aconsejarme en el enojo; a la hora de sacarme a pasear en el aburrimiento; a la hora de escribirme una misiva, diciendo cositas de amor que me parecían absurdas. Eras nostálgico como en todo héroe y nunca fuiste egoísta; lo admito, algunas veces lo fui contigo. Perdonabas mis injusticias para enseñarme como debía, yo, controlar mi rencor y comprender al mundo entero. No te equivocaste, cuando más lo esperaba, ni al decir que me amabas, ni al decir que el amor nunca termina porque nunca empieza; el amor es eterno.
Pero sí te equivocaste; fueron cuatro las equivocaciones que te conocí. Te equivocaste al creer que yo era peruana cuando en realidad era limeña; al decir que mi nombre era de lo más femenino, cuando, en realidad, es sólo un nombre; al pensar que me gustaban tus poemas, cuando, en realidad, los amaba; y al decirme que todas las mujeres han nacido para dar cariño, cuando yo soy una prueba de que no es cierto. A tu lado aprendí a verle el lado positivo a las dificultades sentimentales; era lo que no descubría con mis amigas que todo reprochaban y nada agradecían.
Tú vales mucho y yo soy una tonta porque no me escuchas. Te hablo al retrato, donde sigues siendo el mismo junto a esa prometedora mujer tan igual a mí, pero que hoy es tan distinta en realidad. Esa Rocío que tienes al lado ha muerto, y muertas para siempre sus ansias de cambiar y su alegría. ¿Me oyes James? Te hiciste tanto daño al conocerme.
Fui muy hipócrita al decir que sabía ser amiga; tú me hiciste ver que no era así. Y, entonces, también te engañé al decir que te amaba, porque ahora te odio. Desde que me dejaste una culpa capaz de postrar mi corazón de por vida a la soledad; porque si no eres tú, en cualquier otro hombre anida la desconfianza. Te odio, porque me robaste la inconciencia y me rescataste del libertinaje. Sin embargo, te sigo amando hasta odiarte también por eso. Porque jamás como hoy me sentí tan culpable de dos destinos, el tuyo y el mío. Eso lo aprendí de ti. Si pudiera callar aquel lárgate de hace una hora. Te fuiste porque incité tu partida. Herí al James que amaba. Me pediste que te escuchara pero no lo hice porque estoy hecha de barbarie. Te lastimó la palabra que despide con adiós eterno. Discúlpame. Yo no quise
¿Es que mi error puede ahogarme tanto? Partiste en el bus que secuestraba tu corazón del mío. Partiste, te fuiste gracias a mi deseo estúpido. Y entonces he retornado a mi casa con la mano en el pecho y el sentimiento de culpa que no me permite derramar ninguna lágrima porque sin ti ya nada tiene gusto. Es desesperante, humillante, trágico y martirizante no poder llorar.
¿Qué me has hecho James? ¿Qué debo hacer aquí en mi casa lujosa para tener de nuevo la dulce y humilde idea de tu amor? ¿Qué lágrimas te devolverán a mí? Si las mías no lo saben, porque si tu sabías llorar como niño y escribir como hombre.: fueron las únicas cosas que no te aprendí.
Si pudiera encontrar la forma de acallar esa palabra o imaginar que no la escuchaste nunca. Pero sí leíste mis labios lárgate y subiste al bus con mochila y con tristeza. El bus partió distanciando nuestros nombres, nuestras voces, nuestras miradas, nuestros pensamientos, nuestros sentimientos en pocos segundos, que fueron mi eterna impotencia de no rectificarme cuando aún podía.
Todavía asomas tu rostro por la ventanilla. Lo veo. Vuelves la vista hacia mí, sonriendo y haciéndome ver que no me guardas rencor. Tonta soy, pues el vehículo se distancia y no correspondo a tu sonrisa, sino que disimulo mi estar de pie entre el tumulto, distrayéndome a propósito con los rostros de gente anónima. Y volteo a verte otra vez. Allí estás alzando tu mano en ademán de despedida; y si en algo te conozco sé que piensas: Mírame; estoy bien Rocío, no entristezcas. Alza tu mano y despídete, amiga, puedes hacerlo El bus iba más de prisa por la avenida y tú dejaste de sonreír porque no encontraste respuesta grata, sólo mi boba indiferencia. Ahora querías llorar. El vehículo doblaba una esquina y tú desaparecerías con el bus. Fue cuando reaccioné de la estupidez en que me sumergía para llorarte, alzar mi mano; pero ya era tarde, no me viste porque limpiabas tus lágrimas y luego ya no estabas, y después
y después
Ese fue el adiós que te rendí; ese mi mejor y más obsceno tributo para tu buen amor. Tú vives, James, fuera de este retrato. ¡Estarás pensando en mí durante tu viaje? ¿Te acuchillará la nostalgia? ¿Te estará tentando el rencor? No. Eres admirable y no te merezco. Me amas. Eres tonto y sabio. El amor nunca termina porque nunca empieza, dices. Seguro que te consolarás.
Yo soy mi problema, porque contigo empecé a amar y siento que todo ha terminado. No pensamos lo mismo después de todo, o debo decir, no aprendí del todo a pensar como tú; ahora es que me siento incompleta.
Tú vives, James, dentro de este retrato. Te estás riendo. No te has dado cuenta que Rocío ha muerto. Mañana simularé que nada ha pasado y saldré a pasear a lugares donde pueda ignorarte y quedes desapercibido a mi pensamiento; a lugares donde exista el límite de extrañarte y pueda volver mi fuerza artificial, mi orgullo a quien fui antes de conocerte. ¡James, escúchame cuando te hablo! No te rías,
por favor
James
Quizás ese límite sea encontrar otro hombre que no serás tú; quiero, entonces, que sea otra esa mujer a la que ames, menos a Rocío. Porque tú y yo somos dos vidas separadas y somos, además, una historia a parte.