Samuel Noyola Ausente

Y viéndonos con mal ceño, Samuel inhaló con furia lo último que le quedaba del cigarrillo de marihuana y se dió media vuelta.

Salió por la puerta de la casa en la calle Aramberri, dejando volutas exhaladas, una borrachera mal llevada, y un libro de poesía de César Vallejo que todavía conservo.

Me lo dijeron cuando lo iba a conocer, pero yo no dí crédito a tántos calificativos tan adversos. Por ahí vi un contrato muy extraño que celebraron él y un tal Mclean, de clausulas adornadas y ridículas.

Lo ví cuando se me puso enfrente y tampoco quise creer en el noble espanto de su persona: Samuel era un tipo de como dos metros y medio de alto, barba negra desordenada, ojos desdeñosos y desesperados; voz delgada y presencia adversa... Una simple mirada a este tipo y te das cuenta de los extraños e intrincados caminos de la naturaleza humana y sus últimas consecuencias.

Y era de apellido Noyola. Tal como yo, pero no era Noyola. Cuando me gritaba "¡Primo!" alzando las manos como para recibirme, yo nunca sentí el aire familar de la sangre común. Pero eso si, Nunca lo contradije.

Creo nadie ha podido hasta hoy.

Los que le conocen le estiman, y los que le tienen cerca se asustan. Y los que se asustan le estiman de nuevo cuando está lejos. Samuel tiene la característica nativa y natural para la degradación de las relaciones humanas. No me extraña que tal cabeza sea dueña de tantos extraños predios en el mundo extraño de la poesia mexicana.

Cuando trato de imaginar a su familia, o mas presisamente cuales son los elementos y situaciones necesarias para crear a un ente como Samuel Noyola, mi cabeza queda en blanco. Es una formula que no concibo... pero lo que si sé es que debe de haber elementos brutales y elementales como la presión extrema, la furia desencantada, el exigue deseo de escapar de uno mismo, un autoculto bizarro de la mano con el hastío, y por ahí una que otra ocurrencia genial que es lo que mantiene coherente este exótico reactor que intoxica a propios y ajenos.

Y por eso, yo declaro:

Samuel Noyola es uno de esos elementos de balance en la sociedad en la cual vivimos, Su abandono hacia la vida, su inocente crueldad y su incisiva pluma, me recuerdan las inundaciones del Nilo. Ocasionalmente las inundaciones destruyen todo, pero a cambio la tierra se vuelve de nuevo fértil. Y eso es jústamente lo que pasa cuando te toca cruzar caminos con Samuel. No será agradable, pero en cierto modo, en algo te beneficia.

Samuel Noyola momentos antes boca abajo en el sillón de la casa de Aramberri salió por la puerta, y yo escuchaba a mis amigos maldecirlo cuando cruzaba el vano por última vez. Al salír, el dijo recogería sus pertenencias.

Y yo tengo el libro de poesía de Cesar Vallejo, el cual pueblan sólo paginas totalmente en blanco.

 

 

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