Los indicios que rompieron con su rutina universitaria de viernes y la condujeron a pensar en el moribundo de la habitación 789 de un desamparado sanatorio a las afueras de la ciudad, que ni conocía, constituían por sí solos la apariencia de una escalera en forma de caracol con un sinnúmero de imágenes de afligidos desperdigadas en ella. Arrojó sus libros contra los estantes del laboratorio cuando dio por recibida su última clase, y en vez de salir con sus amigos, comenzó a correr en dirección contraria y saltó desde un tercer piso a una espiral que la envolvió con bastante fuerza, ubicando de pronto su cuerpo sobre un pasillo de hospital; escenario que fastidiaba sus entrañas con la inmensa carga de dolor que le recordaban esas baldosas vacías
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