Salto atemporal.

Categoría(s): Relato.
 

 

Los indicios que rompieron con su rutina universitaria de viernes y la condujeron a pensar en el moribundo de la habitación 789 de un desamparado sanatorio a las afueras de la ciudad, que ni conocía, constituían por sí solos la apariencia de una escalera en forma de caracol con un sinnúmero de imágenes de afligidos desperdigadas en ella. Arrojó sus libros contra los estantes del laboratorio cuando dio por recibida su última clase, y en vez de salir con sus amigos, comenzó a correr en dirección contraria y saltó desde un tercer piso a una espiral que la envolvió con bastante fuerza, ubicando de pronto su cuerpo sobre un pasillo de hospital; escenario que fastidiaba sus entrañas con la inmensa carga de dolor que le recordaban esas baldosas vacías…

Sentía frío, mucho frío, y el viento le traía uno de esos aromas indescifrables del abandono, quizás parecido al de las violetas en descomposición, que la invadía colándose por los agujeros de su nariz, hasta adueñarse del estadio más profundo de su cabeza. Estando confundida y delirando entre palabras que al parecer no fluían desde su conciencia, aún podía recordar que de nuevo tenía una hora exacta para involucrarse en este caso que por el cielo le había sido designado, y resolver la tragedia o más bien, la satisfacción de una muerte… Sí, la de aquel paciente que firmaba como Morfandro López en las cartas que escribía a sus acompañantes imaginarios, un personaje que llevaba una existencia deplorable desde hacía miles de años, y no precisamente por soportar un cuadro clínico de esquizofrenia sino por haber promovido, quién sabe cómo, que otros humanos padecieran la enfermedad de guardar el Mal en el alma.

Al ingresar sigilosamente al lugar del que percibía extraños hechos, la cautivó la magia oscura en una de las ventanas que de manera imponente movía las aletas de sus viejas persianas, simulando bocas hambrientas, que en su abrir y cerrar escupían montones de ceniza. Sacó de la manga de su chaqueta de jean la libreta de anotaciones y la pluma que nunca dejaba atrás, y quiso dar cuenta del fenómeno…Luego, al girarse, en la pared del fondo vio un crucifijo que colgaba de una puntilla con desesperación, y que intentaba hablarle, entonces no pudo evitar las lágrimas.

Al retomar el aliento, la sagrada cruz desapareció y se vio presionada a seguir su investigación para los agentes celestiales. Comenzó por rastrear el olor similar al de flores muertas que desde el principio la había inquietado y en medio de su búsqueda en la penumbra, llegó a tocar con su tacón izquierdo, el lateral de una escuálida figura tendida en el suelo, y con aspecto amarillento, que recreaba garabatos siniestros. De seguro tan desagradable estado había sido inducido por unas meditaciones dirigidas por el demonio o los brutales infortunios de su memoria.

Hasta entonces, el tiempo, otro tipo de tiempo distinto al que podemos medir, que permanecía obsesionado con su presencia, se mantenía con tal rigidez, que los objetos, camas oxidadas, lámparas gastadas y cantidad de frascos con medicamentos, intentaban demostrarle que ella también estaba de espaldas a la vida y que como Don Morfandro, tarde o temprano enfrentaría el horror de los santos óleos. No obstante, pensaba que en su propia despedida, dejaría de respirar deseando ver una vez más, la belleza azul del verdadero horizonte que sin sospecharlo, tal vez había visitado en varias ocasiones.

Así, identificándose en su propia sensibilidad, entendió que no se trataba de un gran misterio o del evento más impactante en materia de suicidios, no. Recreó un mundo que se había apropiado de los cuerpos con antelación al instante de sus muertes y se imaginó como una blanca visitante de la noche con capacidad de limitar su destino a una favorable sentencia. Aunque no sabía a ciencia cierta cómo someter sus apuntes a un juicio final objetivo cuando se lo pidieran…

Hubo silencio y de repente a cinco centímetros de la superficie del muerto, una mano invisible fue dibujando unos rayos de energía multicolor hasta convertirlo en un ángel de esos que vuelan sin batir sus plumas. En instantes, la joven mujer comenzó a sentir una presión enorme en su pecho, pero decidió no desmayarse porque le interesaba registrar lo que estaba pasando; un ser traslúcido iba lento atravesando las persianas que daban al campo…

Su espiritualidad se vio cuestionada con crudeza, no creía todavía posible que quien había edificado en esta Tierra un pasado manchado de sangre e inmenso placer por hacer el Mal, por adorarlo, dejara caer su rostro con humildad ante la tibieza de la atmósfera, y se desprendiera de aquel traje sucio y marginado que de loco lo había vestido.

Temerosa de su engaño, decidió ser racional antes de responder con acierto a lo que habían captado sus ojos, pero no funcionó; con algo de rabia y tristeza, cedió su voluntad frente a la petición de ese alguien misterioso que desde arriba le guiaba con frecuencia hacia los pasajes de túneles oscuros para enseñarle luego, cómo era que el Bien controlaba la luz que hacía girar el universo.

Por la misma espiral regresó cinco noches más tarde al armario de su habitación, y se fue a dormir, con un crucifijo mágico de recompensa y no sin asombro por semejante testimonio que se ordenaba mediante una clara voz interior. Al día siguiente, tras bajarse de un bocado el pastel del desayuno, se fue apurada caminando para alcanzar el examen que tenía a las siete. Subió al primer autobús que se detuvo en el paradero y sin saber para dónde iba, se quedó mirando fijamente la ventana en que se reflejaban sus pensamientos…Había comprendido que nada era imposible y que perdón y abrazos estelares podría haber recibido Don Morfandro, porque quizás antes de su último suspiro clamó piedad por los pecados cometidos y visitó en sueños a cada una de sus víctimas; narrándoles con paciencia que la perversidad sólo les quitaba de a pedazos la vida y era una serie de conductas que impedía la evolución de sus almas.

Y es que tan grande es el amor del Creador, que recibe siempre a cualquiera de sus hijos perdidos para experimentar, cuando lo consideren necesario, su libertad en el paraíso.

Es cierto, Don Morfandro perdió su nombre a cambio de conservar su esencia. Ahora se llama de muchas maneras, en cualquier idioma inventado, y con sonrisas cuida a la joven que lo vio partir; la ilumina desde la terraza de la eternidad, sentado en una mecedora que pasea con los segundos, y al ir y venir, hace sonar dulces melodías…

 

 

 

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Comentarios:

Escrito por: Kolmillos       27/01/08 07:13
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¡Este texto sí que me gustó! Tiene un desarrollo muy intenso y un final acorde. Saludos.
Escrito por: Rina       21/01/08 05:13
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Super interesantisima historia, realmente se siente una fuerza y como dice Meli, con una gran profundidad. Se nota bien trabajda y utilizas las palabras y expersiones perfecta y ese final...perfecto.
Un gusto leerte
Besos
Escrito por: sgrassimeli       18/01/08 16:57
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Impresionante, Lorena, el texto es de una profundidad impactante...y el final le deja un sabor agradable... Felicitaciones y gracias por compartirlo.
Páginas: 1

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