Dos manos se juntan sin querer en una plaza, tocan el mismo pasamanos, y ellas se sorprenden, intentan arrancar, sin embargo, al calor de ellas, se quedan quietas y ese mismo ardor se va transmitiendo rápidamente entre sus dedos. Ella está de espaldas, él sólo mira su nuca. Desde ahí, en ese instante, la energía que va entre sus dedos, acapara sus manos, luego llega a sus brazos, transpiran desconcertados, exhalan al mismo tiempo. Ella sigue de espaldas, él sigue mirando su nuca, nunca deja de mirarla. El mira sobre sus hombros en ellos, cae un pelo negro, lacio, desordenado. Llega hasta él su aroma, un perfume que aún siendo suave, estimula los sentidos. Ella continúa impertérrita a su mirada, sabe que está ahí, lo siente en sus manos y en su nuca, no lo deja de observar a través de su conciencia, lo percibe desde ahí, desde que se enreda en ese lugar sin querer, buscando nada, nadie. Ellos dos, en un sucio rincón de la plaza, que ahí, por ellos se transformó en el paraíso. No ven nada, nadie. Sólo en ese roce imperceptible de sus dedos, van las señales de sus cuerpos. Se estremecen, se les hace agua la boca, salivan. No se mueven, no quieren moverse. Saben que un movimiento, uno sólo, los destruye y desaparecen sin vuelta atrás.
¿Qué hacer?, las piernas comienzan a entumecerse, se ponen frías, opuesto a la fuente de energía que va desde sus manos, llegando al tronco que ya comienza a ponerse rígido por la tensión.
La mirada de él, a pesar que es suave, no la deja distenderse, no quiere dejar de sentirla, es placentero sentirse así, observada tan de cerca, es una sensación compleja. Por un lado, la tibieza, el confort de las manos, la suavidad de su rostro. Ella casi percibe sus facciones. Él, las dibuja en su nuca.
Por esa vida que van descubriendo el uno en el otro, no se quieren ir, no se mueven, aún a costa del dolor que les causa la postura. La incomodidad de sus extremidades, casi se doblan por el frío, la rigidez del tronco que está quemando en los omoplatos, es necesario contraer los músculos para no tambalear, un poco más y se aquieta el dolor un instante. Es preciso no emitir sonidos, ni respirar o respirar muy tenue casi exiguo, atrapando la inmensidad del placer de ese minuto. Capturando por completo el sentimiento que va naciendo en este cuadro de esa plaza común, casi detenida por la emoción de los dos, porque van surgiendo una tras otra. Primero desconcierto, desconfianza, de tocar otros dedos en primera instancia desconocidos, otra piel, que, sin embargo, la potencia que fluye de ellos hace que se queden quietas, buscándose desesperadamente. Teniendo la certidumbre en sus corazones que están, que son presente. Luego el reconocimiento de ambas, una en la otra, así, amorosamente. Comienza a desaparecer el desconcierto, moviéndose rápidamente a reconocimiento. La desconfianza a contención pausada. Así, pasan desde la simple atracción hasta el sentimiento más sublime. Se les hace incómodo el no mirarse, el no contemplarse, el no escucharse. Sin embargo, hay un temor, el temor por la decepción, el verlo en sus ojos, ese gesto pequeño que podría delatarlos. Para volver a hacer de sus caminos algo común, aburrido, como siempre, buscando nada, nadie. Es inconveniente mirarse de frente, por esa razón, se van quedando un minuto más, un segundo más. Desde ahí, cada uno de ellos, toma mayor importancia para el otro.
El abdomen de ella se tensa un poco más buscando la posición correcta. Él, no puede más con su pecho erguido, es una situación de mierda y los dos lo saben. No se atreven a darse la cara.
Él, le puso un nombre, Clara. Ella lo llama mi negro. En esas elucubraciones en secreto de guerra, caminan de la mano por los parques tomando un helado. Él la abraza mucho, ella lo mira embobada. Le dice una palabra al oído, ella ríe sonrojada. Van al cine a ver una película del gusto de ella, le gustan las películas de acción, a él no, sin embargo, le cede la oportunidad de elegir. La próxima vez sabe, que van a ir al gusto de él. Salen del cine felices, comentando, riendo. La invita a comer y a bailar, acepta encantada. Hablan de la carne que estaba en su punto, a él le gusta más cocida, pero -estaba blandita le dice, y las ensaladas frescas, -sabrosas como tu boca, le dice él, el vino recomendado por el mozo de gran calidad, el postre de frambuesas, la música, todo, todo era exquisito en esa noche. Bailan hasta avanzadas horas de la madrugada. El cansancio los hace caminar despacio hacia su casa, aunque están cerca, ella se saca los zapatos y los mete a un charco de agua al pasar, vuelven a reír encantados, él la toma en brazos para aminorar su molestia. Al entrar, él, le pregunta si quiere beber algo, - un vaso de agua, le responde, -y tú ¿vas a tomar algo?, -si, tomaré un ron, le dice.
Se sientan en el sofá, se miran como si fuera la primera vez. Ahora es él quien la mira embobado y la besa encontrando sus dulces labios, ella responde mimosa, se besan mucho, saboreando cada beso, cada parte de sus labios, de su boca, de sus lenguas. Extasiados buscan un lugar más cómodo, a tientas sin despegarse el uno del otro, van encontrando el deseo tranquilamente, sin apuro, sin final.
Sus piernas ya están completamente frías, duras, entumecidas, no soportan la postura, sus torsos parecen el de una estatua de mármol, la respiración se agita, pero no se mueven, no van a moverse jamás, ellos lo saben. Sus cuerpos se estremecen, perdiendo toda la resistencia natural, pero no se mueven, quieren cruzar el umbral del dolor, ese que dura un instante y pueden estar quietos indefinidamente, sin pensar. Lo único que los mantiene, sus pensamientos ardientes, que los envuelven en un laberinto sin final.
Al final, en esa plaza, hay dos seres que no buscando nada, nadie, se amaron a través de sus manos, ni siquiera de sus manos, del roce de sus dedos. Nunca quisieron mirarse, no se atrevieron a desafiar el instante en que podrían ser ciertos ellos y sus sueños a seguir buscando nada, nadie.
Los dos permanecen ahí todavía, rígidos, muertos, gélidos, como dos estatuas de mármol blanco. Hay algunos detalles que asombran a quienes pasan por ahí. Sus manos jamás se separaron y son ellas las que nunca tomaron el color del material con que los esculpieron, siempre han sido del color de la piel, y si uno las toca, puede sentir el poder que ellas sintieron alguna vez.
Él en su mirada tiene la dulzura de un adolescente en su primera cita de amor y a ella en sus labios se le marca una sonrisa, la sonrisa de una mujer enamorada.
|
Imprimir |
Enviar historia |
