Había estado junto a ella tres o cuatro veces, desde que la conociera. En su inventario amoroso sexual no figuraba tal atracción por una mujer. Ahora la veía apoyada en el respaldo de una silla con una mano en el rostro, divagando quien sabe qué cosas. Gonzalo hízose la ilusión de poder conquistarla con sus gestos varoniles y su sonrisa de niño, de la misma forma en que alguna remota vez lo hizo y una olvidada mujer cayó en sus brazos. Pero ahora había una triste verdad, se sentía viejo para ser aceptado de la forma que él lo deseaba, sumado a su promesa de no volver a hacerle daño a Cecilia, su mujer.
Mientras avanzaba, precisaba encontrar por lo menos una atenuante que le hiciera desistir, pero lo que realmente hacía era buscar una justificación para arremeter con prontitud, cuando uno ha sido tantas veces asediado, puede ceder, y un pecadillo mas no lo afecta ni denigra mayormente, menos ante los ojos de Dios, quien todo perdona. Mas, lo que en verdad quería era no aparecer ante sus propios ojos como un miserable sinvergüenza.
Eres la imagen perfecta para una postal dijo mientras le saludaba con un apretón de manos, que se tardó mas de lo debido a fuerza de sus deseos.
Gracias...¿dónde está tu mujer?, llevo un buen rato esperándola dijo Marcela y su voz tenía la firmeza del desinterés.
Se sintió avergonzado de sí mismo, mientras intentaba reconstruir en su mente aquello que lo avergonzó, perdió el hilo de la conversación.
...¿Entonces sí, Gonzalo?, ¿qué te parece?.
Perfecto!!respondió sin saber a qué pregunta, pero siguió a Cecilia hasta la cocina.
Compartiendo un café preparado por ella, su regocijo lo ponía infantilmente locuaz. En aquella intimidad, hablando cosas dulces de la vida que iban a parar al cajón de las confidencias mutuas, ella persuadida por el silencio atento de él se acercaba con gesto franco y acogedor. Gonzalo escuchaba y llenaba su mente y su alma de ideas audaces y deseos osados. Y si le decía ahora?...Si le confesaba que se sentía muy atraído por ella?... después sería cosa de tocarla suavemente y besarla. La esperanza de que Cecilia no volviera pronto, le punzaba en el estómago y le enturbiaba la mirada. Primero tocaría sus manos... pero su promesa a Cecilia.... Transcurrieron más de dos horas, en una conversación amena, salpicada de sonrisas y miradas tiernas.
De pronto lo sobresaltó la voz de su mujer.
Siento mucho haberme retrasado y él recibió el mismo beso desteñido que recibió la amiga. Gonzalo sonrió desaliñadamente y una angustia inusual se apoderó de su ánimo, se sentía como un niño desalojado de toda posibilidad de jugar con el único objetivo de que su ropa permanezca limpia.
Si me permiten... debo hacer algunas cosas se despidió y caminó despaciosamente y como todos los días se sienta frente al computador a escribir aquellos cuentos que no sabe si alguien los lee, pero la creación de ellos, a Gonzalo le renuevan el alma.
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