Era
un hombre tan humilde que se desesperaba por agradar a los demás, aún a
costa de su propio yo, al cual pisoteaba por el suelo, adjudicándose
los más terribles defectos. Sus frases predilectas:no sirvo para
nada, soy un infeliz, no sé qué hacer, para esto no sirvo, pero
¿sirvo para algo?, eran la moneda corriente de sus días.
Al levantarse corría
al baño mirando su rostro en el espejo, enfrentándose consigo mismo,
imitando la cara que él creía ver en la gente que lo observaba, lo
sacaba de su ensueño el grito destemplado de su mujer: - ¡Inútil, salí
del baño que llegas tarde al trabajo!- . Desayunaba un gélido café con
leche con dos tostadas duras y sin sabor. Se ponía el traje gris de los
desgraciados y acudía a aquél empleo mediocre, a sellar, pegar,
archivar, siempre lo mismo, ocho horas de oficina donde soportaba
estoicamente las bromas de sus compañeros, sin que su cara reflejara el
más mínimo disgusto.
Le
decían cara de piedra pero no por lo caradura, el apodo provenía de
la inexpresividad de su rostro, el cual no traslucía ni enojo ni placer.
Era
un autómata perfecto, las mejores presas de pollo eran para sus hijos,
dos malolientes adolescentes que se aliaban con la madre para hacerle
creer que era más inservible aún.
Mañana, tarde, noche, la historia era una rutinaria muestra de la futilidad de su vida.
Hasta
que llegó ese día, el de la revancha a solas, pasando luego a una etapa
de ensoñación donde cara de piedra parecía traslucir el gesto de un
genio en la creación de su obra cumbre.
Su
apariencia comenzó a cambiar, un día comenzó a retocar los recibos de
sueldo sutilmente, se hizo un maestro en la falsificación, su mujer los
estudiaba detenidamente y comparaba con el dinero que él aportaba, veía
la coincidencia y se quedaba en paz, dándole los pesos justos para los
viajes y algún atado de cigarrillos como una concesión real.
Un
día en la oficina había descubierto que los sobres insulsos por los que
pasaba su sucia lengua, tenían informaciones importantísimas sobre
cierta gente a la que podría presionar sin dar la cara, que era lo que
más temía, sólo con lápiz y un anónimo papel, contactarse con ellos
para pegarles en su lado más debilucho. Ahí comenzó una cadena perfecta
de chantajes, su clientela crecía y la imagen del hombre se
modificaba.
Su
jefe estaba contento porque se quedaba más tarde trabajando y eso
incrementaba notablemente la clientela de ese correo privado,
aumentando las ganancias de ese lugar en que la
gente cruzaba sus vidas colmadas de jugosa información, pecados
encubiertos y debilidades mucho más insanas que la suya.
La
imagen se modificaba a pasos agigantados, desechó ese traje tirándole
adrede tinta para sellos, lo cual justificó la compra de uno nuevo y se
las ingeniaba para deshacerse de aquella imagen que le corroía por
dentro, la del fracasado, dominado y poco hombre. Por
medio de ese mismo correo recibía mensualmente la pequeña fortuna que
comenzó a amasar despacito y sin brillo, a su estilo, el de los
débiles. Más todo esto lo hizo crecer, la cuenta del banco aumentaba y
a los seis meses podía considerarse un hombre con una pequeña fortuna.
El
plan se desarrollaba en su mente y aquella inteligencia potencial
comenzó a desplegarse. Seguía el siguiente paso, no tener que mirar más
la cara de esa gorda imponente y de sus flacuchos y granujientos hijos.
Cuando
pudo darse el gusto inventó una hora extras que le permitían llegar a
casa bien tarde, todos dormían y él era feliz en esas horas del día que
se había ganado con esfuerzo, el motor de la bronca lo había encendido,
pero el chispazo y sus consecuencias eran cada más impredecibles.
Cerca de
Abandonó su trabajo y su casa, y la empresa creció.
HUMANOS
MISERABLES tuvo sucursales, en esas historia de bajezas, la clientela
sumaba contactos y más contactos, el marido engañado, la esposa infiel,
el amante temeroso, el miedo del vecino, mi jefe, el mecánico, la
viudita de enfrente, el portero maldiciente, uf !!! De todo como en botica.
¿Alguien puede decir que el pecado no da dividendos?
Lili Frezza
|
Imprimir |
Enviar historia |
