RITUAL

Según se iba acercando el momento de su rito anual, se iba sintiendo más y más nerviosa. Su avión salía a las 7 de la mañana del día siguiente y, por eso, comenzó a preparar su maleta. Al abrir el armario allí estaba, cuidadosamente guardado, lo que era su uniforme para esa ocasión tan deseada. Siguiendo el ritual, se lo probó. Empezó poniéndose su preciosa y delicada camisa blanca, cuyo único adorno eran los pequeñísimos botones forrados con la misma tela y que, milagrosamente y a pesar del paso del tiempo, conservaba su blancura; después, las medias color cristal; a continuación, la falda, también blanca, con dos pinzas delante y dos detrás y que todavía se ajustaba perfectamente a sus caderas; luego, sus zapatos de aguja usados exactamente catorce veces y, por último, la chaqueta con pequeños cuadros blancos y negros. Cuando se miró al espejo,  se sintió contenta con su aspecto.  Una vez más, no llevaría joya alguna, sólo la fina cadena de oro que él le regaló cuando sellaron el pacto de que ese sería el único objeto que les uniría.

 

¿Cuántos años habían pasado desde entonces?. Quince, quince exactamente, pensó mientras se quitaba la ropa y la ponía con mucho cuidado dentro de la maleta. Lo más importante ya estaba guardado y mientras seguía sacando lo necesario del armario y de los cajones, recordaba con total nitidez que lo conoció cuando ella tenía 35 años recién cumplidos, estando de vacaciones con su marido y sus dos hijos aún pequeños. Siempre, antes del viaje se le venía a la memoria esa primera mañana cuando se cruzó con él en un pasillo del hotel y se miraron y casi se asustaron, según se contarían más tarde, por la intensidad de sus miradas. A partir de ese momento se buscaban por todas partes y ahí comenzó para ella un desasosiego, un ir y venir, un buscar con los ojos su presencia, un quiero y no quiero. Si ella no lo buscaba, la buscaba él y la atracción era tal que era imposible escaparse de ella. Nada más amanecer, se escabullía de la cama, salía de puntillas de la habitación y corría hacia la playa donde sabía que él ya estaría esperándola. Sólo se vieron en cuatro ocasiones y, en las cuatro,  sólo se dedicaron a amarse con urgencia. Después, a lo largo de los años nunca se sintió infiel. Ella amaba a su marido, siempre lo había amado,  pero esta nueva atracción parecía estar por encima de todas las cosas terrenales.

 

Un inesperado asunto hizo que su familia y ella tuvieran que suspender sus vacaciones.  Intentó encontrarlo para decirle que no podría acudir a su cita, pero no lo consiguió. Pasó la noche en vela. Al día siguiente, cuando bajaban con sus maletas a recepción, su corazón dió un vuelco. Allí estaba él, inmóvil al fondo del pasillo, como si estuviera esperándola. Ella lo miró con turbación. Su marido y los niños comenzaron  a andar en dirección a la puerta de salida, ella se quedó un poco rezagada y él empezó a avanzar por el pasillo. Al cruzarse con ella, sólo dijo: “Una botella de Dom Perignon y yo te estaremos esperando el 25 de mayo, a las cuatro de la tarde, en Londres, en la Plaza de Times Square”. Ese gesto fué suficiente para volver a respirar. A partir de ese momento a ella no le costó ningún esfuerzo seguir conviviendo felizmente con su vida de siempre, pero esa fecha, desde ese instante, estuvo reservada para él.

 

Se vieron el primer 25 de mayo, el segundo, el tercero y todos los siguientes. Siempre, por difícil que resultara,  se las arreglaban para no faltar a la cita. Su marido nunca le preguntó y ella nunca le contó; era como si entre ellos se hubiera creado un acuerdo tácito. Con su amante sólo pasaba tres días al año y durante todos esos años nunca se preguntaron ni se dieron información acerca de sus vidas, ni un teléfono, ni una dirección,  sólo se dedicaban a crear un privilegiado universo para ellos. Cada vez inventaban una nueva historia y el mundo, en esos días, dejaba de dar vueltas. Después se despedían y se citaban para el año próximo. Sólo hubo una pequeña imposición por parte de él. Que en el primer encuentro de cada año, ella llevase la misma ropa que había vestido la primera vez y se pusiese la cadena que él le regaló en esa primera ocasión. Guardó esa cadena en una cajita y cerró la maleta.

 

Cuando el reloj  de la Plaza de Londres daba las cuatro de la tarde, ante una silla vacía, ella pedía dos copas y una botella de Dom Perignon al camarero. Si alguien la hubiera estado observando, habría visto cómo, según pasaban las horas,  el rostro de aquella  elegante mujer, que rondaría la cincuentena, iba cambiando de una boba felicidad a una gran amargura. Y es que ella, desde hacía tres años, hacía ese ritual inútil sabiendo que él no iba a aparecer, pero negándose  a admitirlo. Con devoción e inmensa tristeza, vagó con el pensamiento por ese paréntesis de su vida que se resumía en treinta y seis días mágicos  vividos con ese hombre, pensando que nunca sabría si estaba vivo o muerto. Después,  hizo la ceremonia final: se levantó de la silla, se quitó la cadena del cuello, la hundió en la copa y se marchó.

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Comentarios:

Escrito por: ricardo48       27/11/07 01:25
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Una historia de amor muy bien narrada en mi humilde opinión no le falta nada, es de fácil lectura, tiene intriga, y un final sorprendente que deja pensando al lector en una reflexión. Te felicito Un abrazo
Páginas: 1

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