Siempre le temí a las alturas, y el precipicio desde donde presencie el paso de la historia fue mi gran temor. Era como asomarse al abismo y ver el fin de uno en el indefinido y lejano suelo.
Hasta que un día sucedió lo tan temido, y como sucede habitualmente en los casos en que el temor se apodera de todo y no permite evaluar objetivamente la realidad, la distancia hasta el suelo era mucho mas corta de lo imaginado.
Caí y en milésimas de segundos estaba abierto por la mitad en medio de la habitación.
Frente a mí un gran espejo me reflejaba, y aunque en un principio me impresionaron tantos signos poco a poco fui conociéndolos y aprendí a leerme.
Aquellos renglones, símbolos tatuados, pasos de memoria ajena incrustada en mi piel, despertaron de su gran sueño.
Las letras se lanzaron de las hojas tomando por asalto los espacios que iban dejando vacíos, vistiéndose con palabras nuevas, rescribiéndose.
Las historias contadas se reinventaban a si misma, sellando nuevas huellas, matando al aburrimiento, jugando, comenzando a delimitar espacios desconocidos, cubriendo con su disparatada fantasías los contornos de mis orillas, poco a poco, hoja a hoja, llenándolo todo.
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