Hubo una vez una habitación en la que el tiempo había detenido su andar, ya que siempre era mayo, a pesar del curso indiferente de los demás meses y siempre fue mayo en aquella descolorida habitación, aunque ya no esté más al alcance del mundo tangible.
Se sabe que unos adolescentes irrumpieron en aquella habitación, que se encontraba en una vivienda abandonada, cerca de la calle del olvido y lejos de la avenida de la felicidad. Con patadas y golpes lograron derribar la puerta, la cual se pulverizó en su totalidad, provocando que del suelo se levantara una polvareda que cubrió el ambiente de manera armoniosa, casi premonitoria.
Todos se quedaron quietos, tratando de reconocer el aroma que sentían y que creían haber experimentado en otro tiempo. Una vez disipado el polvo, observaron con atención pero, inexplicablemente, no con asombro las cosas que creyeron haber observado en otro tiempo, como si gran parte de su niñez hubiese transcurrido en aquella misteriosa habitación. Todo, absolutamente todo, les era familiar: la cama desordenada en donde tantas veces sollozó alguien que ahora era imposible de recordar; la mesa agrietada y carcomida por la polilla, donde tantas veces aquel individuo escribió kilómetros de cuadernillos bajo los efectos del alcohol; la ropa vieja en el suelo, los botines gastados en el rincón, los libros dispersos en anaqueles empotrados en la pared, en fin, todo un conjunto de objetos tan familiares y ajenos como desconcertantes.
Al dar unos cuantos pasos, se detuvieron cerca del centro de la habitación cuando creyeron estar perdiendo el juicio; súbitamente advirtieron que se encontraban rodeados por burbujas diáfanas, en cuyo interior, se desarrollaban diversas vivencias, diversos pasajes de la vida de aquel individuo que acostumbraba ocultar su llanto dentro de esas cuatro paredes lo vieron solo, siempre solo, cantándole y contándole sus pesares a una noche pobre de estrellas de la ciudad; lo vieron junto a sus amigos, los que enigmáticamente le ofrecieron las carcajadas más hilarantes y los sollozos más desgarradores. Vieron tantos recuerdos, que todo les pareció un sueño, una alucinación colectiva, pero a pesar de ello, no podían reconocer nada de lo que tenían ante sus ojos. Fue por eso que empezaron a buscar por entre el montón de papeles y basura algo que pudiera responderles su interrogante, encontrando así un paquete de fotos antiguas, amarillentas, en donde aparecía retratado el mismo individuo con sus amigos, tal y como se veía en aquellos recuerdos flotantes, tal y como ellos creían haberlo vivido en algún tiempo pasado
Entonces, uno de ellos les recordó a los demás una historia que sus padres incluso sus abuelos les narraron años atrás, sobre una habitación donde se encontraban juntos todos los sentimientos humanos llevados a su máxima expresión existencial, donde siempre era mayo, en donde el mundo jamás importó, y donde únicamente se respiraban recuerdos perdidos y olvidados. Pero la mayoría no creyó en tal patraña, y ofuscados ante tal evento, decidieron esquivar lo mejor que pudieron aquellos recuerdos, cargando consigo sólo las pertenencias que presentaban todavía cierto valor económico, desparramando los libros hacia el suelo en su afanosa búsqueda de algo que valiera la pena; dentro de esos libros, se encontraba un cuadernillo incompleto perteneciente a aquel individuo.
Una vez perpetrado el saqueo, se fueron, llevándose objetos y reliquias reemplazables. Se fueron sin lograr reconocer a sus antepasados, los mismos que formaban parte de las fotos viejas y los recuerdos suspendidos en el ambiente. Mas sólo uno de ellos regresó, y tropezando con esos recuerdos que ahora parecían emerger del suelo, se acercó a la pila de libros, cogió el cuadernillo y leyó en su primera página: Braulio, el cual estaba dedicado a los amigos de toda una vida; sorprendentemente, con tan sólo leer los nombres de los demás capítulos, sintió que no necesitaba leer el contenido completo, porque ya lo había vivido antes; así que buscó un lapicero y se dispuso a continuar escribiendo en donde su propio antepasado se había detenido.
Y allí se quedó, escribiendo por instinto lo que se le había cedido hereditariamente, y ya en su mente tenía fija la idea de que al terminar de escribir claro, si es que eso fuera posible, sin importar en qué mes se encontrara el mundo, él le pondría la fecha de mayo, porque en realidad era mayo en aquel lugar; siempre lo sería porque hasta el mismo tiempo parecía haberse olvidado de aquella habitación, en la que tantas veces la felicidad y la tristeza caminaron de la mano, entrelazadas, como las promesas amicales de aquel individuo, del cual nadie volvió a acordarse jamás, ni siquiera su descendiente que se abstrajo del mundo para siempre; incluso yo mismo suelo equivocarme de recuerdo de vez en cuando o de historia pero no de habitación.
Carlos Aurelio Díaz Enciso
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