RECUERDOS DE UN SER INCONFORME

"...Venturoso aquel que tiene, allá, en una aldea lejana, la casa en donde pasaron sus vidas los abuelos, porque él podrá contemplar su alma: Cada hombre lleva el alma de uno de sus antepasados... El abuelo don Juan, el abuelo don José... ...!Bienaventurado el que posee una casa antigua, allá, en una aldea lejana!..." Fernando González Pensamientos de un viejo

Te sentarás en una tarde lluviosa a escribir tu vida, después de almorzar con holgura como lo aconseja Gabriel García Márquez. Tal vez la sangre que deja de agolparse en tu cerebro y se arremolina sobre el cardias y las membranas estomacales produce un efecto antiséptico  en tu memoria, como si aquel aletargamiento clásico en ti, te diera el poder de olvidarte de cualquier cosa  que pudiesen contaminar tus recuerdos. La tarde estará triste y perezosa, en las inmediaciones  pasarán   automóviles y  buses rompiendo la superficie del agua estancada junto al andén, los colegiales que saldrán de  la modorra colectiva en un colegio cercano, pasarán animados por la vía peatonal con un séquito de risas y jocosidades indiferentes, será esa indiferencia de los que nacieron en la ciudad. Del cielo más hermoso del mundo como  diría un poeta local, caerán gruesas gotas de agua que volverán agradable la sensación de tibieza dentro de tu casa, una sugestión que te hará sentir afortunado, pocas personas no se sienten atraídas  por el contraste entre la inmensa y fría realidad y  el aislamiento tibio de un refugio, un empaque al vació que cuesta mucho trabajo conseguir, entonces pensarás que comenzar a escribir tu vida puede ser complicadísimo, sobre todo sin caer en determinismos e imparcialidades,  es una historia muy personal y este tipo de errores te pueden hacer ver como un escritor presuntuoso y no hay ningún defecto que se aleje más de tus pocas virtudes. El café sin anestesia humeará sobre la mesa mientras las ideas entran rompiendo las líneas del subconsciente, ese será el momento más feliz, el momento en el  que comenzarás a escribir.
                    
La fiebre te invadió ese día como un síntoma de la muerte, mientras tu madre asustada corría por el adoquinado piso  del hospital municipal. Poco antes sentiste como tu cerebro se borraba, y el dolor, y el pensamiento, sentiste algo frío en tu pecho y una suave caricia “será mamá” pensaste, solo ella te produce el sentimiento de seguridad que te dan esos cálidos dedos. “Ah Zúñiga”, habló una voz masculina, “Cielo, es mejor que lo dejemos en observación, tuvo un ataque fuerte de estreptococos”. Una habitación iluminada por  faros halógenos, un buró y tu madre con la cara de pena propia del sufrimiento que solo ella puede sentir, coronaban la escena. El líquido pasa caliente por tus venas, los millones de anticuerpos matando estreptococos te hacen sentir débil y confundido, una enfermera te ha quitado la ropa y ahora pernoctas con una piyama del  San Vicente de Paul gastada por otros niños con tan poca suerte como tu. Solo tienes cuatro años y la muerte creó ya contigo un delgado lazo de simpatía, ha decidido no llevarte. Tu madre te arropa al verte despertar y te besa en la frente de la que gotea un sudor frío y limpio, tu le agradeces en secreto y te vuelves para dormir pausadamente, descansar con los ojos entreabiertos por el dolor y los poderoso antibióticos, durmiendo pero sin morir a la vez, un descanso poco común e incompleto, el descanso de los enfermos. Pensarás en tu experiencia y llegarás a la conclusión de que no debiste morir allí. La idea de la muerte para un niño de cuatro años es poco pragmática, ni siquiera te haces una idea de la eternidad que pudiste pasar perdido en la inmensidad del universo estático, básicamente el cielo y el infierno se crearon para reprimir nuestro impulsos infantiles en la explicación de la muerte, como te pasará a ti, y te preguntarás constantemente desde entonces por la muerte, alguna vez le preguntarás a tu abuela sobre lo que hay en el cielo, y te responderá “En el cielo están los santos, ellos lo miran a uno desde las nubes, y le llevan a Dios nuestras razones y nuestras penurias, pero también nuestras malas acciones para que nos juzgue”, entonces buscarás a los santos constantemente, pero la verdad es que  la inocente explicación de tu abuela te mantendrá satisfecho por mucho tiempo, incluso ahora sigues viendo el cielo en busca de san Estanislao de Kovska, te deseo suerte mi amigo.

 

Tu madre te  había dado a luz en el baile que la tierra da sobre el cálido ecuador, el agosto perdido pero recordado, en donde el peso de sus entrañas se convirtiera en dolor y en las cicatrices pétreas de la cesárea. La felicidad se postergó por la convalecencia, pero tu abuela impaciente te recibió en sus brazos de matrona y benefactora mirándose a si misma a los ojos claros   y desobligados. La mirada del niño que nació con los ojos abiertos era intrigante, mezcla de inocencia y tristeza, tanta tristeza, que algunas veces llegas a pensar que naciste siendo viejo y que tu vida es un pacto sincero con la soledad (como diría García Márquez) en tus acciones y en tu mismo ser. La reencarnación senil te hará un poco común leo dominado e insociable. Te gustará leer a Pamuk, Cortázar y Borges y escuchar el Blues de Janis Joplin y las oberturas de Paganini, casi siempre sentirás que tu futuro está en el pasado, siempre buscando tu futuro en un verso de Borges o en un acorde limpio de la guitarra de Jimmy Page.
                                       
En el día del bautismo tus nombres harán desconcertar hasta el más liberal de los curas, y es que como casi siempre ocurre, los nombres que escogerán tus familiares serán poco más que un conjunto de conceptos que nada tienen que ver con la persona que los deberá llevar por el resto de su vida. Alguien aportará “Leonardo”, por tu abuelo, pero como a tu familia le gusta poco  repetir los nombres por miedo a repetir destinos, lo dejarán abierto a un hipotético hermanito que nunca llegará. Entonces será tu tía a la que le cederán el privilegio de nombrarte, el primer nombre será Yamir, pero no por el sultán de medio oriente, sino más bien por el nombre de un gringo que había sido novio de juventud de ella. Mucho tiempo después, descubrirás que el nombre era: Yamit, pero por el conocido acento sajón, a la tía se le ocurrirá cambiar la “t”  por la “r”. El segundo nombre es mágico y misterioso, Fabrianny es un nombre poco común, como abierto a una interpretación múltiple, suena a italiano, de cualquiera de los valles en Cerdeña o Toscana, pero nada puede estar más lejos de esa interpretación. Tú no serás un hombre mágico como la persona que llevó este nombre, nada es más distinto a tu personalidad que la magia, creerás en ella, pero la perderás de la forma más común. La verdad es que el nombre quedará obsoleto y solo lo llevarás por su preciosa fonética. Los apellidos vendrán de lo más alto de las montañas de la España imperial, Zúñiga significa en catalán: “el filo desde donde se mira todo”,  heredado de tu padre un hombre correcto pero poco regular como tu, algunas veces ingenuo como la más simple de las criatura y algunas veces el más astuto de los antiguos zorros. Daza vendrá de la ruptura del celibato de un monje español con una doncella payanesa, buscando paz el joven monje Daza habría de comprar una finca en Bolívar y explotaría la mina de oro hasta el fin de sus días para criar a su familia como cristiano viejo que era, de esa unión nacerá tu tatarabuelo y la historia continuaría hasta llegar eventualmente a ti, ponerte a pensar en esto te hace sentir afortunado, todos deberíamos sentirnos así, después de todo, solo por una cabalística red de acontecimientos estamos aquí.     

 

Serás un niño pequeño y aislado desde un principio, el niño al que le gusta el frío porque se puede proteger de él con un abrigo y detesta el calor porque  no hay ninguna forma de quitárselo de encima más que por un momento. Habrás olvidado ya la casa de tus abuelos en la calle doce de Bolívar, cuando tu madre iracunda declarase independencia después de las constantes riñas con tu tía por sus divergentes formas de pensar, es  más olvidarás incluso los aterradores días en los que veías a las dos adultos lanzarse injurias y achacarse responsabilidades por incidentes menores, pero especialmente olvidarás como no entendías que dos personas tan gigantescas como ellas peleasen, si los adultos para ti estarán programados servilmente todos a favor de todos, cuando un adulto se enojaba era que algo terrible pasaba y te ponías a llorar preocupado. La inexperiencia y la inocencia de los niños creaban conflicto, no la madurez del adulto. ¿Acaso tu madre y tu tía seguirían siendo unas niñas?, la pregunta que nunca recordarás para lamentar su respuesta o para lamentar incluso no recordarla…

 

Te despertarán dulcemente ese día con los mismos dedos tibios que te acariciaron la noche de los estreptococos y a ti te parecerá que soñabas con un perrito. El opaco sol de la mañana te indicará que salió recientemente y que nunca antes lo habías visto tan joven como en ese momento. Poco después escucharás a tu madre animándote con su dulce voz y te verás a ti mismo sonriente en el espejo del baño. Será un momento mágico que se repetirá cada mañana, casi surrealista, la conexión con el cielo en donde los santos caminan por encima de las nubes como te había dicho tu abuela, mirando cada acto impropio del ser humano para comunicárselo a Dios, tal vez estén entre las nubes de vapores densos del baño caliente como los suaves dedos de tu madre (una nueva esperanza), el sulfato de magnesio o entre el shampoo y el cardamomo. Jugarás a buscar a San Francisco entre los productos de limpieza, a San Martín de Porres por debajo del sanitario o a Santa Elena tu protectora de nacimiento en medio del aire viciado, conocerás a los santos y los olvidarás, porque eso es lo que se hace en el fastidio de la costumbre y la cotidianidad. Entonces te llevará tu madre sosteniéndote firmemente de la pequeña mano, después de vestirte con un mameluco de color verde claro con la carita de un payasito. Será un edificio verde como tu mameluco y que estará lleno de pequeñas personas como tú. Buscarás encontrarte con tu madre nuevamente pero ya no estará a tu lado esta vez, te dejará solo por primera vez  en tu vida y no lo resistirás, te ha dejado de querer, te ha dejado como a esos otros niños encerrados en el edificio verde, verde sinónimo de abandono. La angustia te subirá por la garganta en una mezcla de lágrimas y flemas comprimidas por el peso del dolor, los  grandes ojos verdes se  dilatarán para dar paso a la materialización de lo que te sube por la garganta. Lloras inconscientemente, como si tu vida dependiese de ello, una necesidad primitiva que ni el asceta más frugal podría contener. Una personita se te acerca: “¿Por qué llora niño?”, te tomará del brazo y te dirá “venga, vamos a jugar”, no podrás creer que alguien tolere estar allí, ¿con que disculpa su madre lo habría dejado? Pero a esa personita con grandes dientes y piel cobriza poco le interesan los motivos de su madre, disfruta del contacto humano, algo que te costó mucho tiempo entender, ni siquiera parece importarle que te sientas incomodo por tu berrido. Los carritos que te mostrará ahuyentarán de tu mente el abandono, hasta que tu madre llegue y te vuelva a amar como antes de dejarte allí, sin su compañía, jugando con aquel pequeño niño que te dedica una sonrisa complaciente al ver que dejas de llorar.

 

Mucho tiempo después, cuando el siglo en el que naciste terminara por el paso indiscreto del tiempo, aquel niño bonachón que te acogerá en su amistad sincera, habrá de despedirse de ti para volver a  nuestra tierra en común. Nunca sabrás muy bien porque hizo lo que hará a continuación, pero te darás cuenta de que a mucha gente en Bolívar y en Colombia, le hace falta amor, si fuera así no habría tanto suicida, suicidas en los techos, suicidas buscando las ruedas de un bus, suicidas en las puentes, suicidas con pistolas en las sienes, suicidas, suicidas, solo suicidas. Tu amigo será un suicida por desesperación, después de huir de la policía por los  inhumanos entrenamientos, buscará amor, en sus padres, sus amigos o su novia, sabía que le esperaba una temporada en la cárcel por esto, pero sus padres estaban muy ocupados, sus amigos acababan el colegio a duras penas y  su novia lo dejaba por un maricon sin dos dedos de frente, falta de amor, solo falta de amor y por añadidura atención. Habrá de salir  corriendo de su casa con el dolor en la punta de los dientes, recorrerá el pueblo gastando hasta sus últimas reservas  de energía, tomará una cerveza de la mesa de sus amigos, abrazando a uno de los más que querrá, sin hacer más escama  que mirarse la mano morada por el dimetil y comentar: “Ve John mirá… me morí hijueputa, me morí”.

 

Abuelito de ojos cerrados y perdidos, ¿qué hubiera hecho yo sin ti?, tus consejos enmarcados en frases sabias, tu suave café molido, tu sabor a campesino de los andes. Abuelito de las arruguitas en las frente prominente y blanca, no me dejarás nunca si te lo pido ¿Verdad? desde aquí sin tus consejos o tu sabiduría me siento solo y desprotegido, extraño el olor del aire de tu campo, el azadón que rompe la tierra del edén, extraño hasta el más anodino rescoldo de tu casa veraniega en Toledo lo extraño todo abuelito, lo extraño todo. Aunque en la guerra de la vida tu vayas a perder, te aseguro que tu nieto hará honor a tu apellido y lo enmarcará para siempre, para que tu vivas abuelito, por encima de mi, porque lo mereces más que yo que solo te imito y te admiro, eso es lo que hago yo, admirarte e imitarte como hombre ejemplar, espero que tu amor me de el sustento para seguir el resto de  vida que necesito para lograr lo que quiero, porque el odio es grande  abuelito, y lo peor es que te puedes odiar a ti mismo con la misma facilidad con que te odian otras personas, abuelito no te vayas, quédate a mirar mis actos como los santos, mírame por favor, mira el comienzo de mi lucha contra la muerte, mírala por favor!!!, no creo que sea mejor arder de una vez que quemarse lentamente.

 

Tu abuelo te regalará una guitarra cuando tu madre te la niegue. La vieja guitarra del abuelo será amada hasta que te sacies de tu vanidad armoniosa y pasarás tus dedos por las cuerdas emocionado, el regalo más agradable de tu niñez. La guitarra es tu última necesidad, la  guitarra  es la puerta que abre ante tus ojos al mundo, la creatividad, el pensamiento, el amor… Sus seis cuerdas resumen la historia occidental, la esencia de tu mundo, el ser ontológico perfecto que encontraste cuando practicabas los sonidos más simples de sus escalas, buscas el sonido perfecto, el que te permite hacer sin rehacer, la última y más emocionante de las artes que probaste y en la que también fallaste, pero no te importará siempre y cuando disfrutes del contacto con tu dedos y tus rodillas, las cejillas que te producen dolor entre F y F#, los punteos que tu maestro hace en clase, esperando que tu le imites. ¿Quién no disfruta de un pueblito viejo en Am? como lo tocarás, nadie lo hará. Eres libre, eres grande, eres el niño que sueña y logra, el suertudo al que su abuelo le regaló una guitarra. 

 

No querrás salir  más de la olvidada casa en la calle doce, pero tu madre tampoco te seguirá queriendo allí. Cada mañana muy temprano saldrá por la alta puerta de la calle, dejándote  en compañía de tus abuelos y a veces de tu tía. Eras demasiado joven demasiado niño  para llegar a la escuelita franciscana al borde de una quebrada caudalosa y maloliente. Te sentirás discriminado y ultrajado, pero poco después de que tu madre te dejase en casa, te verás allí parado, en la enorme puerta de hierro, con un pantalón de tela café y una camiseta habana como si fueras un café con leche de los que tu abuela  te traía molidos de la huerta del tu abuelo .Un indio fornido y elegante será tu rector y aunque su voz de trueno te asustará, no podrás dejar de sentir respeto por él, un respeto especial, como el que se siente por un cura o un obispo. Tu abuelo te llevará el primer día, él será tu figura paterna a falta de un padre que te eduque y que no sólo te alimente. Tu madre te sentará en la última silla del salón, con un cuaderno de cincuenta hojas y un lápiz mongol  para que dejes de molestar, seguramente pensará en tu berrinche y aunque su tolerancia de madre le permite contenerse, hubiese deseado darte una que otra nalgada por tu comportamiento en el edificio verde. Sentado en el último lugar, te sentirás como el más aplicado e inteligente de los estudiantes, aislado de tus compañeros marcarás el cuaderno, dibujos informes, letras al revés, todo escrito diagonalmente sobre la hoja sucia, abstractos, tal vez lo  mejor que escribiste y dibujaste en tu vida. Muchos años después buscarás inspiración en el cuaderno, la creatividad perdida de tu antiguo ser, el que dejaste perder con facilidad, ese niño fastidioso y soez que los maniaco depresivos intentan eliminar de su personalidad, el maldito perro del demonio.
 
Recordarás las largas caminatas por el campo cercano, especialmente a la finca de tu abuelo, la leche espumosa de la única vaca, la potranca que montabas y que los ladrones se llevaron un día terrible de verano, pero especialmente recordarás el día en el que  tu abuela te llevó a hacer mercado a la galería municipal. Los anuncios del centro que hasta el momento sólo se componían de un lenguaje visual con el que solo fantaseabas frases inventadas para fingir que leías, de pronto tomarán un significado claro para ti: “Droguería Caldas, somos especialista en drogas humanas y naturistas”, tu abuela extrañada de escucharte hablar así te dirá: “Que dijo mijito”, “Es los que dice ahí, abuelita” le responderás. A tu abuela que llegó hasta tercero de primaria le costará más tiempo que a su nieto de cuatro años ignorado por su madre-profesora, hacer la conversión entre imagen y verbo… “Pues, toca contarle a su mamá, porque eso es lo que dice, mijito”.  El indio gigante al que le tenías miedo y respeto, confirmará las sospechas de tu abuela: “¡Que vaina!” dirá, “Zúñiga no nos salió para nada bruto. Cielo, no le haga perder el tiempo y matricúlelo a segundo, en primero solo se aprende a leer y escribir de todas formas”. 

 

La escuelita será un lugar de paso, no desarrollarás en ella mucha agilidad y conocimiento, pero no te imaginarás la vida sin pasar por sus paredes de rojo y blanco, sin vestir su uniforme de café con leche, sin asistir a las clases que tu madre dará con la dureza clásica que solo ella puede tener. Miles de escenas borradas por el tiempo pasarán cuando recuerdes a los amigos de la infancia. Alguna vez subido a una columna de hierro habrás de lanzarte al vació esperando saltar más alto que cualquier otro, más alto que las nubes, que el honor mismo de tu Dios, pero la acción imprudente de la gravedad te llevará nuevamente a la tierra y te herirá, habrás de ganar el juego, pero  perderás la funcionalidad de tu pierna izquierda, la que se doblará dolorosamente sobre su empeine, desacomodando el tobillo, tu lo volverás a su lugar con un horrible crujido, y soportarás estoicamente todas las sesiones de masajes con un curandero local, aguantándote a tu empeine con lágrimas en los ojos cristalinos, con un bastón de viejito y tu madre exigiéndote cordura . Alguna otra vez caerás a un río y tus amigos  harán todo para salvarte, te sacarán con el estomago lleno de agua que te tragaste junto con uno que otro renacuajo despistado que encontrará la muerte entre tus jugos gástricos. Alguna otra vez, caerás sobre el borde de unas gradas de hormigón, rompiéndote la piel de la frente hasta el hueso, tu madre te recriminará por tu estupidez, y no hará más que desinfectarte la herida con un limón cortado hasta descubrir que la herida era profunda y la sutura era inevitable. Todos encuentros cercanos con tu muerte, todos en la más básica de las academias humanas,  causado todo por tu atolondramiento de niño curioso, ¿Cuánto tiempo pasará hasta que te arriesgues así nuevamente?

 

Te calzarás con botas pantaneras y te colocarás un gran sombrero de tu abuelo, el sombrero te tapará los ojos hasta la boca y olerá a campo y a agua de lluvia. El terreno está lodoso, la pelota blanca pasa  sobre el fango a velocidad de rayo y tu levantas la vista hacía la pequeña cancha de metal, te agitas, sientes como te intoxicas de  gloria, la hora a llegado, de pronto te das cuenta de que todo es una farsa: “¡Quítese Yamir, que lo estampillan!”. Tu extraño atuendo para jugar fútbol nunca inspiró mucha confianza de cualquier forma, nunca entendiste como lograbas ver alrededor con los ojos tapados  por el sombrero. Dejas el deporte porque te parece cruel y denigrante…bueno, en realidad porque siempre te viste como un baboso jugando alguno. La noche estará oscura y se esconderán fácilmente en un hueco junto a la carretera cerca a una de las últimas casas coloniales, nadie los encontrará, mientras que uno por uno correrán hacía la iglesia protestante para salvarse del infierno. El cielo está estrellado, mucho más que de costumbre, tus amiguitos ríen como diablillos tapándose la boca con las manos sucias, las sombras no existen, solo el destello de los grandes dientes del negro Danilo que parecen flotar en el aire etéreo, hace un frío calcinante que aumenta su intensidad paulatinamente, alguien intentará moverse pero se dará cuenta de que están inmovilizados por el frío que empezará a ponerse sobrenatural. Lo que sucedió a continuación te aterra, porque no reacciona frente a ninguna de tus ciencias y es que: de lo alto de un poste de luz, caerá una figura hermosa, de color blanco perlado, más brillante aún que los dientes del negro, todos miran entre esos pliegues sobrenaturales, la silueta de lo que parece una mujer hermosa y tremendamente alta, volaba con una gracilidad inusitada, como bailando con los astros, sin mirar a los vivos apeñuscados en aquel hoyo,  alguien dijo: “Se parece a mi abuela Dorita, cuando estaba joven”, pero aquello sonó tan lejano, tan extraño a la situación que lo ignoraron como algo que se dice a mil kilómetros de distancia, sólo querían seguir volando con aquella figura y tuviste la extraña sensación de que esto te había pasado antes, en algún lugar de tu corta vida, y la viste más allá, esa noche te produjo la sensación de recordar lo que nunca antes habías recordado, por eso a veces sientes que algo ya pasó aunque nunca antes te hubiese pasado, te imaginas muerto, te imaginas vivo. En el bus yendo hacía la universidad o en una morgue después del choque. En un hospital salvando vidas o en una cama muriendo infectado. En un avión volando hacía Bogotá o en una selva con lo órganos del abdomen sobre tus manos…una dicotomía extraña la de la muerte y de la vida, y es que el destino está escrito en un computador por eso se puede borrar y volver a escribir con facilidad, ya sea por nosotros o por otras personas, los accidentes no existen, sólo los errores. La mujer pareció volar por mil años más, hasta que de pronto cayó a la casa colonial, alguien allí gritó aterrado y les despertó del sueño en que habían estado, el negro se reirá histérico y el terror los cubrirá como una manta, entonces correrás más rápido que cualquiera, sólo quieres huir de ese tenebroso lugar.
  
El mundo será un lugar gigantesco para ti, la naranja de la que habló tu madre, en donde la vida tiene explicación en la fantasía muerta por los sistemas de comunicación. No será raro verte soñando con las historias más simples del manga japonés popularizado en la plenitud de tu niñez, o con uno que otro librillo de los cuentos de Grint y las fabulas de Esopo y Pombo. Casi podrás escuchar a José “Presunción” Silva con su: “Aserrín, Aserrán…”.  La verdad es que tu vocación escritora llegará con una de las más simples tareas de quinto de primaria: hacer un poema sobre tu pueblo, aterrador para un niño de ocho años, pero no para ti que conocerás muy bien a tu región, algo que te vuelve a hacer pensar  que naciste viejo. El poemita en cuestión, solo tendrá cuatro estrofas, con poca o ninguna métrica, (Alejandrinos, tu madre) pero llevará en si, un sentimiento regionalista tan intenso, que arrasará con el concurso local de poesía, a pesar de tus fobias ante un publico hostil  frente al  que no esperabas declamar.

 

El declamar  es un arte que se perderá con el tiempo en Bolívar, para alivio tuyo en la modernidad no hay nada más contradictorio, pero recordarás para toda la vida los parcos aplausos de la gente, la muerte lenta en los momentos de dubitativa memoria literal, un comienzo y un final triste del poeta, él que nunca llegó a ser reconocido, sólo menospreciado duramente y presionado para que su memoria no fallara y produjera lo que nunca antes nadie produjo, intentarás ser un poeta, pero morirás en el intento.

 

Varias veces odiarás a los hombres que  quisieron hacerte su hijastro, el problema que tendrás será con respecto al dolor de la perdida, y es que tu madre será de entre los pocos seres influyentes en tu infancia. Cada noche en que alguno de esos hombres llegue a tu casa para verla, intentarás las más horribles venganzas, pero callarás hasta que el dolor alcance su máxima expresión e histérico buscarás insulsamente una explicación. Ahora sólo piensas en los caprichosos pensamientos asesinos de un niño, y es que el estado más puro e inocente es muy peligroso, incluso llegaste a pensar en su muerte, eras un niño extraño, nunca lo olvides, nada te importaba  más que tu mundo céntrico familiar, dulce pero odioso, el niño dual: fastidioso y destructivo pero amoroso e inteligente. Un día verás a tu madre llorar por tu insensatez, ese día cesarás cuando pienses por primera vez en la felicidad de otros seres, no más pensamientos maquiavélicos, después de todo tu madre triste no te sirve para nada, no resistirás un sufrimiento causado por algo tan simple, olvidarás como olvidas tantas cosas… 

 

Los hombres de barba poblada y muerta han llegado al pueblo con un atronador grito de guerra. Las paredes crujen por una fuerza invisible derivada del grito, las almas de los hombres valientes se acomodan en sus locus listas para disparar, ha llegado la hora de pelear por la libertad, por la gloria inmarcesible y por el júbilo inmortal, pero sobre todo por la vida y por el honor que te quitan aquellos hombres muertos como su barba. La masa de metal que debería servir para calentar la lumbre, se levanta majestuosa como un cohete sobre las cabezas de las almas vivas, mientras la almas muertas se alejan esperando que la fortificación inexpugnable caiga, quitándole al cuerpo la ventaja de tener una alma viva que te sostenga en tus aspiraciones y sueños, la masa de metal ni siquiera se molesta en tocar la fortificación inexpugnable, ella, en su inmensa ignorancia, ataca a los inocentes, pero a aquellos hombres muertos no les importa si las almas de los inocentes son arracadas de cuajo, solo les importa las almas vivas y valientes de los defensores de la fortificación. Habrán soportado toda una noche de dolor y penas el día en que la muerte y la vida alcanzaron las casas de los valientes. Las almas vivas que penden de un hilo ahora yacen inermes sobre el asfalto de una plaza cuadrada y caída, sus rostros tristes de vencidos están sucios y cortados, listos para morir físicamente aunque su alma siga igual de llameante que siempre, las almas muertas se regodean en si inmundicia, disfrutando del dolor de sus contrapartes. Los inocentes, ahora odian a la muerte. Una pequeña mujer se ha encargado de curar las heridas y el espíritu de un valiente, pero un hombre muerto se interpone: “Déjelo ahí señora, no le permito más cuidados con este”, la pequeña mujer ahora está enojada y lo aparta de un manotazo: “¿Qué no ve que el pobre está sufriendo?” El alma muerta se cohíbe, es la primera vez que alguien le vulnera la autoridad de su arma. Los inocentes comienzan a buscar un consuelo para la desazón después de la destrucción, entonces las almas muertas deciden llevar a cabo su misión enfrente de todo ese dolor. El frío metal ha sido puesto sobre las sienes en un gesto amenazante, justo al frente de una cruz  tan antigua como ese mismo dolor de muerte injustificada, los inocentes todavía están pensando en todo lo perdido, pero al ver el ajusticiamiento se acercan preocupados: “¡Dejá esa escopeta y casquemonos!, cobarde”, les grita entonces el más valiente de los inocentes. “¿Cómo se les ocurre hacer algo tan horrible?”, sigue la pequeña mujer que vulneró la autoridad del arma. “Señora, esto es la guerra y nada más” responde un hombre muerto, y eso es todo lo que dirán cuando se les pregunte por sus motivos. “Pero entonces ¿Por qué de la guerra?”, volverá a preguntar la mujer que vulneró la autoridad del arma,  pero el alma del hombre estará tan muerta que responderá lo mismo: “Es la guerra… y nada más”. “Y ¿No les corroe la conciencia” preguntará nuevamente la mujer que vulneró la autoridad del arma. “Es la guerra… y nada más”. La pequeña mujer que vulneró la autoridad del arma seguirá preguntando, pero el hombre muerto responderá los mismo “Es la guerra…y nada más” como si la lengua se le hubiese achicado a estás seis palabras. El pueblo está iracundo, todo el mundo les atacará sino tienen nada más para decir, la muerte no puede explicarse en seis palabras… “Pero entonces ¿Por qué destruyen nuestras posesiones?” preguntará desesperada por última vez la mujer que vulneró la autoridad del arma “Es la guerra…y nada más”. El pueblo no permitirá lo que está pasando, necesitan una explicación, por más mínima que sea, ¿por qué les arruinaron sus vidas? ¿Por qué destruyeron todo lo que le daba valor al lugar? ¿Por qué luchan? ¿Acaso sus motivos justifican todo el daño que les han causado?, pero sobre todo, ¿por qué matar a esos hombres valientes que intentaron evitar que se hiciesen esas preguntas? “Es la guerra… y nada más”, palabras muerta que los que tienen el alma viva no entienden.

 

El lugar entero ha rodeado a la muerte, cientos de voces anodinas contrastan con el silencio de las almas muertas. No la quieren allí, quieren que se vaya, que no siga perturbando el albedrío, las almas muertas tomarán entonces a sus rehenes, “¿Por qué se los llevan?”, “Es la guerra…y nada más”. Los inocentes no lo entienden, y siguen  vulnerando la autoridad de sus armas. Las almas muertas han subido a una camioneta cuatro por cuatro, desde tu casa puedes ver como han tomado el camino hacía la selva con sus rehenes, a seguir muriendo, para no revivir nunca. Los inocentes siguen atacándolos, hasta que de pronto un acto de vida sale de toda esa muerte, de la camioneta son bajados todos los valientes, y son dejados inermes pero a salvo sobre el asfalto nuevamente. Ese día los inocentes celebraron por lo alto, su pueblo estaba destruido, sus espíritus heridos, sus hombres más valientes abandonados inermes sobre el asfalto, pero su corazón flameaba con una ira renovada, el día en que el terror no triunfo, y nunca más volverá a triunfar sobre ellos, porque se pudo sacar vida de la muerte, alegría de la tristeza, el día más hermoso de la historia.
 
 Los domingos son de intemporalidad. La misa es concurrida, las empanadas son deliciosas, los colores de las chivas son psicodélicos, todo ha ocurrido así por años en un círculo vicioso. La verdad es que hace tiempo dejó de ser grande, la segunda ciudad del Cauca, cuando tu abuelo rompía los andes llevando mercancías hacía la menos olvidada Popayán. En tu niñez, ya el perdón del tiempo no existirá, las bonanzas de oro, la caña de azúcar, el café, e incluso la cocaína, todo terminará en desuso, y será está última la que hará estragos, la que comenzará a producir ese sopor de negligencia y parquedad, una parsimonia desesperante en sus habitantes, la dependencia de un factor externo, la perdida de la “costumbre” de trabajar. Es por eso que los hijos más amados  abandonarán la tierra que les dio el sustento, entre ellos tu mismo, pero esperarás volver, quieres volver a ese lugar en donde creciste, a recordar los lugares en los que te escondías cuando jugabas con tus contemporáneos, escribes para recordar esos lugares, aunque disfrutes de tu nueva vida en la ciudad, y te darás cuenta de que es más fácil recordar cuando sientes nostalgia, cuando estás lejos de lo que extrañas de tus amigos y de tu vida hecha en  el lugar donde  naciste, tu entendimiento estará en Popayán, tu raciocinio, tu epistemología, tu humanidad sobre el cielo más hermoso del mundo, pero tu alma seguirá siendo bolsiverde, viviendo  en la carrera séptima, como viajando hacía el Morro, la enorme casa de cemento, la hembra de labrador que te recibe con cariño desde su lecho de anciana, los días que pasaste en el estadio avivando las llamas del competitividad futbolera, las caminatas hacía el hermoso elefante dormido que en su cima nebulosa esconde los secretos perdidos de tu pueblo, todo el inventario mental que ocupará una memoria insalvable para el resto de tus recuerdos que ahora te producen nostalgia y te hacen escribir.

 

“A vos te va bien en la escuela porque sos el hijo de la profesora Cielo, esperáte a que llegués al colegio” te dirán muchos de los niños en la escuelita, tu te cohibirás siempre que puedas. Esos niños serán mucho mayores que tú y aunque te morirás por demostrarles que se equivocan, pronto te darás cuenta de que la verdad es que no piensan así. Y es que los rencores en un lugar pequeño se pasan de padres a hijos, pero sólo si el hijo tiene un carácter manipulable, prueba de ello es que una noche después de la acostumbrada reunión de padres de familia, tu madre será atacada por una mujer que fue su compañera de estudios pero que siempre envidió el éxito de tu familia relacionado al incansable trabajo y sufrimiento, por el contrario su hija será una gran amiga tuya y entornará ante ti siempre que pueda su mirada amistosa y leal. Es una energía intensa que se filtra por los huesos de las personas de mediana edad de algunas familias que confundieron las oportunidades con los obstáculos que les puso la vida, es un concepto triste, pero cierto y esa es otra razón para abandonar la tierra, para huir de la miseria de sus habitantes y desviar la energía que te arrastra  a ser mediocre como ellos, a gritar: ¡Uribe es un paraco! o ¡Que viva Uribe!, dependiendo de la situación. La principal diferencia que habrá entre la generación de tus padres y a tuya será la incapacidad de sentir rencor de muchos de los individuos de la última, eso no crea mediocridad, crea tolerancia, una virtud poco conocida y que es burlada fácilmente.
 
El colegio está viejo, el colegio está carcomido por el comején, el colegio tiene doscientos años de silencioso servicio a seres integrales que pasaron por sus catacumbas pero que nunca volverán. Marco Fidel Suárez  llegó a conocer su casona gigantesca cuando los hermanos marianos  educaban a las personas que demostraban tener respeto y avidez por el conocimiento y diría que no había en el Cauca mejor educación media que la que se impartía en sus paredes otrora jóvenes. La casona sin titulo, tomará su nombre para inmortalizar su paso por la región y muchos años después, en uno de tus paseos hacía el caluroso sur, verás en él algo que te recuerde la humildad ascética de tu vieja escuela y es que el abandono de la  casona se empezará a notar a simple vista: La pintura del frente se cae silenciosamente reclamando una nueva capa de vitalidad, la lluvia ha decaído parte del techo  en el lado derecho y lo balancea peligrosamente sobre las cabezas de los indiferentes transeúntes como un accidente próximo causado por la desidia y en lo alto de una vieja puerta de hierro, se pueden leer con dificultad las palabras: Colegio Nacional Marco Fidel Suárez. Terminarás  la escuela convencido de tu situación, no hay mejor estado para volver a empezar que el olvido, y no hay un lugar más olvidado que ese, en donde dos semanas después verás como parte del techo se cae por la lluvia.

 

Estarás cada vez más confundido por no encontrar en ese lugar lo que acostumbras, y es que con diez años eres un gigante, el chico de quinto grado que veía a primerito como la guardería, la edad en que el ser humano es poco más que primitivo y se dedica a formar lo que en un futuro hará de su presencia en la tierra algo justificable. La gente es indiferente, y pasarán por donde estás parado sin dirigirte la mirada más que para observar algo que tu no ves a pesar de que sea parte de ti, una mujer hermosa suspirará quedadamente y te jalará de la mejilla derecha: “Que ojitos tan bonitos tienes” tú te sentirás incomodo y volverás la mirada rápidamente, la chica se ha ido y descansas de sus piropos estúpidos con de un retortijón de estomago, unos hombres enormes pasarán lanzándose entre si una pelota de tenis, “miren el nuevo jardín”, dirán y uno de ellos te despeinará con sus dedos llenos de una tierra negra dejándote una desagradable sensación entre las raíces. Los separaron desde un principio y buscarás algún tipo de aceptación, las cosas son distintas, la gente está dispuesta a hablar de su experiencia, los profesores son uno para cada materia. El  mundo es un lugar pequeño, no es una naranja, es solo una de millones regadas por un espacio vació, algo que no entendiste hasta estar allí.

 

La primera impresión de tu mejor amigo será la de un chico pendenciero y atrevido, nunca conociste a alguien como él, un digno rival. Su pensamiento será abierto y listo para competir contigo, algo que será emocionante. Le saludarás ese día para buscar  su amistad y por alguna razón sonreirá, la tapa de tu lapicero se ha caído al suelo y  la levantará con parsimonia “Gracias, Omar” le dirás extendiendo la mano para recibirla de nuevo, “Mira esto, te lo voy a enseñar” y como un karateca romperá la punta de la tapa “Así está mejor ¿o no?”. Y es que su carácter será volátil, nunca sabes exactamente que es lo que está pensando, un ser impredecible que expresa sentimientos y pensamientos de la formas más originales, un loco, un científico, un ingeniero en potencia, la conocida dualidad del depresivo. Su cuerpo estará enfermo desde mucho antes del momento en el que le conociste, no sabes muy bien si su dualidad también influye en sus miles de enfermedades, pero parecen activarse con sus estados de animo, el asma llega con la tristeza, los múltiples dolores a lo largo de cuerpo con las preocupaciones, los quistes con el dolor y el sufrimiento, a pesar de todo siempre será tu amigo, aunque tu no entiendas su complicado mundo y siempre termines por parecer un ignorante frente a su brillante inteligencia emocional, y tú lo toleras, tú disfrutas de su dualidad, ese será el secreto de vuestra amistad, simple acomode de condiciones y olvido de rencores.

 

Recordarás a tu primer salón como una catacumba bolsiverde, el lugar en donde los presos de la antigua cárcel se reunían a pasar sus tristes días lejos de la civilización, un gran faro halógeno iluminó siempre el lugar y recordarás que por primera vez desde que tu madre te bañaba con sus tibios dedos, eras feliz. Las clases son simples y no necesitas de un gran esfuerzo para mantenerte, después de todo es tu única responsabilidad, te sentirás un adulto en el cuerpo de un niño, estás en el Colegio y ya nadie te lo quita, cuando estabas en la escuela, solo fantaseabas, en ese momento sigues hacía arriba, sigues ganándole terreno al tiempo y querrás ser grande de una vez por todas, llegar al segundo piso en donde estará inalcanzable el salón del último grado. Te sientes feliz porque ganaste independencia, te sientes feliz porque cambiaste, te sientes feliz porque crees que en seis años imitarás a tu amiga Marta que ahora hace lo que nunca podrás en la facultad de medicina de unicauca.

 

La casona tendrá unas treinta salas de enseñanza, la mayoría al lado de un gran patio iluminado por el sol benévolo del lugar. Te gustará ese patio, y es que desde ahí se puede ver el cielo en su estado más puro, si está enojado, si está feliz, si algún santo quiere asomar la cara lo puedes ver sin necesidad de aumento. Muchos años después regresarás a la casona abandonada para mirar ese cielo y te volverás a sorprender por su franqueza. Los baños al lado de ese primer patio estarán dañados en su mayoría, solo un par de ellos parecen sobrevivir al tiempo y al vandalismo, pero muchos años después, te sentirás muy triste al ver que ya no existen de ninguna forma y parecerá como que las tazas fueron arrancadas salvajemente por alguien que no podía usar bien una barra. Y bajando por una última escalera tan árida como la vida de un anciano, estarán las catacumbas. La antigua condición de cárcel no le quedará bien al colegio, pero allí pasarás un año completo de tu vida, con el sol permanentemente tapado, de no ser por una pequeña ventana por la que entrará  luz que se bifurca sobre el vidrio creando un arco iris que muchos años después permanecerá increíblemente. Pero arriba dejando de lado las escaleras áridas de las catacumbas se encontrará el lugar más hermoso, un mirador desde donde se verás limpio el sur de la ciudad que parecerá gigantesca desde ese lugar, pero rodeado por una malla de metal, parecerá poco más que un gallinero que encerrará a los de octavo B mientras los profesores se esfuerzan por enseñarles, siempre quisiste estudiar allí.   

 

Por aquel tiempo llegará la tecnología a Bolívar, y con ella tu necesidad de conocer algo que es nuevo para ti, y estarás los próximos tres años desarrollando algo que te gustó desde el primer momento, algo que no pudiste explicar porque nunca entendiste y es que en un pequeño añadido que ya olvidaste verás a tu profesor ordenándole que hacer a una máquina, está respondía de forma instantánea, calculando una cifra complicada, escribiendo por añadidura lo que él olvidó escribir, e incluso produciendo movimiento en sus pésimos dibujos de Paint. La tecnología es un escape del colegio en donde las cosas son demasiado sencillas para entonces, no entiendes nada de la extraña habilidad de tu profesor, pero ha producido en ti la necesidad de saberlo y muchos años después cuando hayas olvidado íntegros esos tres años de tu vida, terminarás por buscar ese conocimiento en la universidad, una necesidad paralela y menor que deberá convertirse a la fuerza en algo vital, esperando que no llegues a olvidar los próximos cinco años de tu vida también.

 

Tu madre te regalará aquella máquina para que sigas practicando sin olvidar esos tres años de tu vida, pero a ti no te interesa recordar y pronto te fustigará por ello, te exige responsabilidad que tú no tienes y te culpa por sus fallas, tú te sientes mal por alguna razón, esa máquina te ha hecho su esclavo, solo quieres deshacerte de ella, desearás nunca  haberla tenido porque solo te causa molestia y preocupación. Omar a tomado su acostumbrado primer lugar de entre las mentes, y tú te sigues hostigando, no volverás a competir con el desde entonces por lo menos no de manera directa, no hasta que te lleves aquella gran frustración. Repararás la máquina al fin y tu madre se sentirá complacida, nunca más te presionará por aquella máquina y será feliz, sin tenerle miedo a la tecnología, pero temiendo siempre que te llegue a matar de forma lenta como lo estaba haciendo.

 

La verás todos lo días en clase y nunca la olvidarás: sus largos cabellos rubios, su boca con labial de cereza, sus ojos tan azules como el mar, su olor suave y delicado, su manía de tomar los libros de esa forma, su inteligencia, su amor, el suave murmullo de su ropa rozando su cuerpo, el ángel que le acompaña a todo los lugares y que ilumina las catacumbas con entendiendo, sus senos saltarines que pudiesen caber perfectos en una copa de vino, su silueta de reloj símbolo de fertilidad, bajará por las escaleras hasta las catacumbas con la gracilidad de un ángel que a alcanzado la perfección estilística, así mi amigo será, y tu buscarás venganza ¿Acaso un empujón por las escaleras será suficiente?, si, nadie lo notará, sólo un empujón y te habrás vengado de la profesora de matemáticas, por ese cuatro nueve que debió ser un cinco. 

 

El colegio dejará la casona con la nostalgia de doscientos años encima, para ti será un momento feliz, la nueva sede es moderna y la perspectiva de cambio es tentadora para un niño de once años, ese día comenzará un éxodo pintoresco, en donde cientos de personas jóvenes llevan sobre sus espaldas los pupitres que les han servido fielmente durante ese año, desde el cielo los santos vigilarán la fila india de las pequeñas hormigas que suben cumpliendo un ritual pautado, pero de vez en cuando rompiéndolo por un automóvil o por un impulso pueril. La nueva sede es más pequeña pero mucho más moderna, tendrá ventanales más grandes que dos de tus compañeros parados uno sobre otro y la pintura será viva y variada, lista para despertar la inspiración más dormida, en ese lugar pasarías muchos de los años subsiguientes, cuando las matemáticas y las ciencias duras aprietan tu cerebro desarrollando o matando el amor por el conocimiento, un año más a pasado y te sentirás feliz cada vez que eso ocurra.

 

En Bolívar se hacen globos gigantescos de papel, los pegan con almidón de yuca o de papa y los elevan algunos los artesanos jóvenes que se atreven a servir de “Ingenieros de Vuelo”. En sus carnavales, pueden llegar a componerse de miles de estos papelillos, tanto así que se dice que el globo más grande llegó a tener en su estructura cerca de seis mil. En el colegio fabricarás muchos de estos, pero es un trabajo arriesgado y debes estar dispuesto a perder tu esfuerzo en una bola de fuego, el primero se elevará majestuosamente a pesar de su fealdad, el segundo mucho más estilizado irónicamente padecerá la inclemencia del clima pero el tercero  y más hermoso se ha elevado, y no caerá hasta que la tierra lo decida, ya que quiso de alguna forma hacerlo suyo, algo que hicieron tus manos está con la tierra y nunca bajará, tu espía con los santos.

 

El tiempo pasará como un bólido ante tus ojos, entre los carnavales de globos gigantesco, las borracheras de tus compañeros hedonistas y uno que otro narcotraficante heliogábalo, pero tu seguirás allí inmaculado, sin cambiar en tu pensar, como el niño de once años que tomó su pupitre esperando el cambio en el nuevo lugar. El día de la despedida  verás la borrachera de tus compañero, y sus tristezas: “Yo ni me quiero ir” “Tenemos que volver a reunirnos”, pero te darás cuenta de que tu no lo lamentas como ellos porque esperabas ese momento desde mucho antes, algunos vomitan otros se preparan para una explicación, otros buscan inútilmente algo para hacer, tu sólo te frustras y piensas en tu nueva carrera y te paras abruptamente en seco. Si hubieses tenido un poco más de tiempo, si el tiempo no pasara como un bólido ante tus ojos… Quizá. Uno de tus compañeros ha destapado una botella de alcohol etílico, y se lo toma mezclado con un poco de agua.

 

No sentirás felicidad, el día de tu grado, solo recibes el diploma y te marchas hacía Popayán, a seguir con tu vida obligada, con tus compañeros de universidad que parecen no disfrutar a un médico en Ingeniería de Sistemas y con un promedio de 66.77 te olvidas de tu última oportunidad de ser feliz. Este día, el sueño terminó y nunca entenderás  tenlo por seguro, porque los sueños se tienen que acabar.
 
Y estarás triste, y estarás incomodo, y estarás frustrado, y estarás triste nuevamente. Y es que no esperarás, no esperas, no esperabas y no esperarás nuevamente lo que pasará. Amas lo que haces más que a tu propia vida, pero no te satisface, no te ayuda a vencer tu necesidad existencial, tu profesión está vacía, la lógica está vacía, no es lo que quieres hacer, no es como te imaginas en cinco años, explotando lo que está muerto y si hay que revivirlo, no tienes ni la más remota idea de cómo hacerlo, estas perdido  y no te encuentras. Hoy ha sido el día, el día que quieres olvidar como olvidas tantas cosas, hoy buscarás más que nunca a los santos entre las nubes, hoy la muerte te persigue con tus pensamientos premonitorios, hoy deseas que aquellos ojos te mire con tanto amor, hoy la incertidumbre te hace un ser mediocre, furioso, que no quiere salir de su ensimismamiento nunca más, un ser que solo piensa en sus fracasos y en sus demonios, un ser que  está rodeado de dolor y que no sabe que hacer, un ser que quiere morir en cuanto cierre los ojos, para despertar sin corrupción, sin ese dolor en el pecho y sobre todo en el cerebro, quieres volver pero no puedes, estas perdido, estas equivocado.

 

Popayán, 10 de Marzo de 2008.

 

                                 

 

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