


| Escritor: | EITILEDA |
| Públicado: | 21/07/2008 |
A las nueve y media Rogelio dobla por Colón Moreno al 200 pasa un par de cuadras y llega para tocar bocina. Una sale sacando la mano, señal de que ya salen mañana es sábado y le va a dar su primer beso a Florencia. Aparece una con dos bolsos tamaño industrial y una mochila pequeña. Rogelio se saca el cinturón de seguridad, abre la puerta del móvil, le dice buen día mientras abre el baúl buen día, buen día pone los mamuts de ropa en el baúl, para luego cerrarlo e ir a su asiento. Mira en el retrovisor como una entra por detrás; dice la terminal, mañana es sábado y va a dar su primer beso a Florencia.
Toma por 9 de Julio y le mete pata porque la piba de atrás esta dale tambolear las rodillas con can-can de los nervios. Casi se come un Renault 12. Le piden desde el retrovisor que baje un poco la marcha, pero es regla del gremio obviar ciertas indicaciones de velocidad.
Llegan para hacer fila. Rogelio le dice; son diez con setenta y responde con dos San Martines el billete con la cara de Rosas. El chabón de la terminal le abre la puerta a la piba que baja del taxi, toma sus maletas y sale corriendo. Parece que estaba apurada, Rogelio tenía razón, mañana era sábado y le va dar su primer beso a Florencia. El auto amarillento baja por Perón y sigue camino sin rumbo mientras el pendejo de la radio va gritando varias direcciones por Alberdi y otros barrios más al norte tan lejos el sábado para su primer beso para Florencia.
En eso sale en la radio algo por Nueva Córdoba, da una vuelta jugosa para darle por boulevard San Juan y acelerar. Rogelio no sabe bien donde queda la casa del Buenos Aires al 950, pero debe ser pasando Cañada, cualquier cosa le pregunta al pendejo de la radio.
Piensa que mañana es sábado y le va a dar su primer beso a Florencia, que trabaja de forense en el Clínicas; luego de vaivenes de secundaria: que si, que tu perro, y la vieja del quinto, las rosas, los bombones y las cachetadas. Pero mañana, mañana, en lo de ella a eso de las once, y lo primero será de arrebato, antes que abra la puerta le mete la boca en la lengua como trompada. No podrá ni querrá evitarlo, le abrazará, y le hará pasar.
Todo eso mañana, pero ahora, pasa de largo cuando no era verde, choca de frente con un Fiat 600. Rogelio sale despedido por el parabrisa que se hace arena. Un vuelo de seis metros quince libre, sin vallas. Hace sapito cuatro metros por el asfalto y la cara que se le pone cada vez más roja, menos redonda, con menos nariz, inconsciente.
Era casi medianoche del viernes, así que Nueva Córdoba estaba que pela de gente. La mayoría se acerco a Rogelio que perdía huesos por todos lados, pero casi todos se queda mirando mientras un par de tarados tratan de hacer lo que pueden con el casi cadáver, y el tipo de la camisa amarilla con la corbata de los tres chiflados llama por celular al ciento siete.
La desesperación crece entre la multitud. El conductor del Fiat 600 llora sin entender los cientos de fuegos de artificio reventandole en el mate. Sale corriendo, no aguanta la cobardía y vuelve. Da círculos. La lumbre le tiembla hasta que logra prender el cigarro que le recuerda lo frágil de su salud, por lo que lo tira y enciende otro.
Aparecen los sonidos de a poco de la ambulancia del emergencia cuando la calle está infestada ya de canas preguntando estupideces a los transeúntes que responden como sota antes que se cante primera. Los camilleros se abren paso entre codazos en las costilla de los intrusos que no se van nada. Es cuando llegan al cadáver, menos casi, que suena las doce en el cucú del Buenos Aires al 950. La gringa enfurecida de nervios toma el teléfono para llamar al pendejo de la radio para preguntarle a las puteadas porqué se tarda tanto el móvil.
Cuando el cadáver, nada casi, de Rogelio entra a la ambulancia ya era sábado y ha eso de las once le daría su primer beso a Florencia, que trabaja de forense en el Clínicas.
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