Silencio. De repente todo quedó en silencio en mi cabeza. El inmenso portón de hierro colado cerró a nuestras espaldas y el vehículo nos trasladaría hacia el centro de nuestro pueblo. Sería el final de ocho horas de convivir entre realidades virtuales.
Era finales del mes de febrero y las cogidas de café ya casi habían terminado, acabando con ellas mi última fuente de trabajo permanente, mi inestabilidad laboral me haría llenar una solicitud de trabajo, esta vez, talvez encontraría el empleo que requería, y aseguraría una entrada económica permanente.
Sí, creo que es la mejor manera de llamarles, realidades virtuales, algunos se preguntarán por qué les denomino así, sin embargo para dar una explicación debo contarles lo que sucedía entre esas cuatro paredes…
Tomé el autobús al día siguiente frente al parque de Tres Ríos, me trasladaría en pocos minutos hasta mi nuevo empleo. Llegamos al Sanatorio, y por primera vez un inmenso portón verde se abrió antes mis ojos, parecía infranqueable. Al fondo un gran rotulo: Hospital Psiquiátrico Dr. Roberto Chacón Paut, Dulce Nombre, Cantón de La Unión.
Los bananales habían sido duros con Will, un joven limonense que encontró en la Standar Fruit Company un trabajo seguro y bien remunerado, fuerte, alto y con una numerosa familia, trabajaba de sol a sol para llevarles su sustento. Will sin embargo tenía una gran debilidad: las mujeres… Esta flaqueza a la postre le acarrearía problemas.
Por aquellos días el atlántico costarricense era una zona inhóspita donde el único transporte posible era el ferrocarril, la única faena la siembra o recolección del banano y los lugares de diversión de los trabajadores se situaban dentro de las fincas.
Cada día de trabajo sería muy diferente y lleno de emociones, la gabacha era mi identificación dentro de los patios, ¿y ahora qué hago? pensé, de inmediato mi compañero me dijo: sígueme...
Continuamos por un amplio pasillo, al final se abrieron dos enormes verjas iguales a los barrotes de una prisión, decenas de cuartos uno junto al otro. Ingresé…. Dos hombres uno sobre el otro brincaban con singular sincronía, jadeando incesantemente, el más grande asido fuertemente de la cintura de su compañero de cuarto. Quedé estupefacto. La escena se repetiría en cada cuarto del pabellón.
Alajuela, la tierra del soldado Juan, tierra de maravillas de la naturaleza, volcanes majestuosos, hermosas historias, historias de gestas heroicas, historias que ocultan también sus realidades virtuales. Beto nació en Alajuela, al menos eso decía su acta de nacimiento, ya que fue precisamente ahí, frente a una iglesia de esta provincia donde fue encontrado, sin nombre, sin papeles, semidesnudo en la puerta de una Casa de Dios...
Al primero que se le ocurrió le llamó Beto, era un bebé indefenso, su cuerpo de recién nacido reflejaba la causa de su abandono...
Transcurría la segunda semana en mi nueva labor como asistente de pacientes, me tocaría atender el Salón B, un largo pasillo me guió hasta aquel mundo desconocido hasta ahora por mí, y desconocido por siempre para muchos. Conforme me fui acercando el hedor a excremento fue irrumpiendo en mis sentidos, era el pabellón donde habitaban los enfermos que no podían atenderse a sí mismos, parálisis cerebrales, accidentes automovilísticos u otras circunstancias los habían confinado de por vida a permanecer en aquel lugar sin esperanza.
Algunos con un cinturón de fuerza, única herramienta paliativa que frenaba sus instintos de autodestrucción. Sus cuerpos desnudos estaban adornados de enormes llagas y granos producto de sus embates de paranoia, sus rostros reflejaban su demencia, una celda los aislaba del universo real...
Will dejó en el atlántico de nuestro país a su familia, a sus hijos. “La vida es muy dura” me decía una, una y otra vez cada minuto, cada hora, cada instante, cada hora “La vida es muy dura” desde las 6 de la mañana hasta las 2 de la tarde de cada día, la frase retumbaría en mi cabeza las siguientes 16 horas. Conocería al leer su expediente como un pleito de faldas acabó de un golpe con su salud y le arrebató para siempre su cordura. Un metro ochenta, 240 libras y una cicatriz en la cabeza eso era ahora Will un desequilibrado más entre esas cuatro paredes.
Para los pilaricos era común observar a uno que otro “loco” rondar las calles de Tres Ríos, descalzos, pidiendo cigarros o dinero para comprarlos, aruñados, despeinados, o con sus genitales al viento. No imaginaba entonces a qué se debía su abandono. Luego me acostumbraría a llamarles pacientes y a comprender más cada día la realidad de su mundo.
En un aposento, al final del pasillo, y muy aislado de los otros yacía Beto. Cualquiera que lo observara por primera vez no dudaría en creer que era una escultura, parecía y reaccionaba como una escultura, tétrica y macabra....
Su carne y huesos retorcidos desnudaban cada detalle de su malformación, sus piernas ensortijadas alrededor de su rostro resguardaban cualquier posibilidad de mirarle de frente. Beto era frío, ciego, y con retardo mental, una baba blanca era la señal de que aquel ser humano estaba vivo, acostado sobre su propia inmundicia.
Al Chacón Paut, se le consideraba hasta hace unos años el basurero de los enfermos mentales, aquí irían a parar aquellos que no tenían cura, los que eran abandonados por sus parientes, aquellos cuyo juicio ya había sido carcomido por la demencia, o que por su minusvalía no era posible cuidarlos en ningún centro de la Caja Costarricense del Seguro Social.
Tres eternos meses pasarían en una labor desconocida por muchos, e indeferente para otros.
El reloj anunció que eran las 2 de la tarde del día número 90, mis oídos aun estaban aturdidos por los gritos y los repetitivas frases de los internos. Caminé apresuradamente hacia el portón, detrás de mí quedaron quienes muchos llaman despojos de la sociedad, sociedad incapaz de asimilar su realidad. De repente todo quedó en silencio en mi cabeza. El inmenso portón de hierro colado cerró a nuestras espaldas y el vehículo nos trasladó hacia el centro del pueblo. Sería el final de tres meses de convivir entre realidades virtuales.
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