Queso de piña

Abuela se despertó a las seis de la mañana y entró en el cuarto para templarnos las sábanas.

El día de Nochebuena siempre traía una mezcla de emociones y tareas dentro y fuera de la casa.

  _¡Vamos, vamos! A levantarse que hoy es Nochebuena. Luis, anda a buscarme unas hojas de cambur para las hallacas. Alfonso, consígueme una piña madura para el quesillo.

   Abuela aplaudió con sus largas manos. Su voz penetró hasta el rincón más lejano de la habitación. Al ver que permanecíamos en las camas sus palabras empezaron a sonar como notas de trompeta.

   _¡Apúrense si no quieren que el Niño Jesús los borre de su lista de Navidad!

  Nos pusimos los zapatos antes de ir al baño. Luis llegó primero por un cuarto de paso.

  Planeábamos ir a jugar pelota. Dormimos muy pocas horas preparando una pelota para el juego. Tomamos casi medio rollo del pabilo para las hallacas. Luis había conseguido una metra bolombolo que usamos como centro de la pelota.

  Miré varias veces el azul brillante del teipe azul que cubría la pelota. Tuve varios sueños bateando esa pelota por encima de las paredes del patio del Partido Comunista. Se me hacía difícil salir de la habitación. Siempre me gustó el queso de piña de Abuela. El de Nochebuena era especial. Tenía como perlitas que estallaban en la lengua con toda la exquisitez de la piña madura. Siempre sospeché que Abuela tenía un ingrediente secreto que agregaba en Nochebuena. Quería saber que era. Pero al mismo tiempo contaba cada minuto que faltaba para empezar el juego de pelota.

   Agarré el medio real de las manos de Abuela y corrí hacia la calle.

 Luis hablaba con Moncho en la esquina del Abasto de Sabatino. La atmósfera de béisbol quemaba las pelotas repiqueteando en los guantes y agitaba los bates. Mi mano derecha llegó hasta lo más profundo del bolsillo y apreté la superficie irregular hecha de teipe azul. Saqué la pelota y de inmediato la regresé al bolsillo. Luis empezó a lanzar pelotas con los muchachos. Dijo que había tiempo suficiente para conseguir las hojas de cambur. Apreté la pelota y se la lancé a Moncho.

   En pocos minutos llegamos a la casa del Partido Comunista. Dos tipos quisieron conversar con nosotros en el porche.

  _Hablemos de la justicia en el mundo.

  Me detuve un instante. Moncho pasó a través del hueco abierto en la pared de bloques de concreto y empezó a preparar el terreno.

  Volteé hacia el patio. Los muchachos colocaban los cartones y latas que servían de bases.

  _Me disculpan. Nosotros vinimos a jugar pelota. No entiendo nada de comunismo ni capitalismo.

  Después de varios juegos, la cinta adhesiva de la pelota mostraba arañazos, fragmentos de arena y restos de clorofila. Cuando el sol abandonaba el cielo, Luis bateó un linietazo que echó abajo un nido de avispas. Salimos en tropel del patio. Un Ford Falcon verde dejó los neumáticos marcados sobre el asfalto. El conductor sacó la cara enrojecida a traves de su ventanilla. La estridencia de su voz competía con un ramillete de triqi.traquis que estallaban en la esquina.

  Luis recordó las hojas de cambur.

  La imagen alargada del rostro de Abuela acompañada de la intensidad de su voz en cada rincón de la casa me hizo correr de bodega en bodega.

  El aroma de las hallacas emergía de cada casa del centro de Cumaná.  Miles de luces intermitentes hacían creer que las estrellas habían emigrado del cielo por un momento. Busqué la piña madura en todos los comercios. A esa hora solo quedaban estantes vacíos.

  Vi a Luis cargar tres hojas de cambur en la esquina de La Paz con Ayacucho. Me dijo que fuera al Abasto Barlovento. Volé por las cuadras, a escasos metros del Abasto solté dos gritos. El hombre abrió la puerta del local.

 _Por favor, me podría vender una piña madura.

  Mi voz erosionaba mi garganta.

 El hombre movió la cabeza de izquierda a derecha.

 _¡Muchachos, muchachos! Mira en aquel rincón. Me parece que sólo queda una.

 El amarillo oscuro hizo brillar mis ojos en el rincón. Lancé la moneda sobre el mostrador y salí con el tesoro bajo mi brazo izquierdo.

 Dos cuadras adelante la sonrisa escapó de mis labios. Un metal incandescente apretó mi garganta. Dos manos arrancaron la piña de mi brazo.

 _Por favor, déjame la piña. Es para algo muy especial.

 Dos ojos ebullentes mostraron el filo del cuchillo.

 _Arranca si no quieres que te clave este puñal en el cuello.

 De regreso a casa, me detuve en cada esquina. Aún sentía la frialdad del metal en mi cuello. Abuela me esperaba desde la mañana. Mis pies pesaban diez toneladas en la puerta de la calle.

  Abuela abrió los brazos y corrió hacia mí. Me levantó la mirada del piso con un fuerte abrazo.

  Cuando abrí la boca salada de lágrimas. Abuela se llevó las manos a la cabeza.

 _¡Ves los que pasa cuando desobedeces a tus Abuelos!

 Abuelo salió de debajo del camión.

 _ ¿Estás herido? Vamos para el médico.

 Me pasé la mano por la nuca y respiré profundo.

 _Tranquilo Abuelo. Estoy bien.

 _No te sientas triste. Vamos a ver que podemos hacer para arreglar eso.

 Abuela clavó la mirada en las pupilas de Abuelo.

 Entré a la casa con el mentón en el pecho. Abuela trató de consolarme. Me quedé frente al Nacimiento.

 _Por favor, no me traigas juguetes. Sería muy feliz si me traes una piña madura para dársela a Abuela en Navidad.

 Abuela me arrastró hasta el baño. Me dijo que faltaba poco para empezar la cena de Nochebuena.

 Cada gota de agua me hacia voltear bajo la ducha para ver si había alguien con un cuchillo.

  Cuando toda la familia empezó a preguntar por el queso de piña, Abuela cerró los ojos.

 Dejé mi hallaca por la mitad y corrí hacia la sala.

Abuela se sentó al lado del Nacimiento.

 _Vamos Alfonso. No te preocupes por eso. Ya verás como preparo el queso de piña en menos de lo que piensas.

Me quedé mirando la cuna vacía en medio del Pesebre. Saqué la pelota del teipe azul de mi bolsillo y la dejé detrás del pesebre.

 A la medianoche Abuela me cargó sobre su hombro.

 _Diciembre todavía está aquí Alfonso. Estamos   a tiempo de mantener nuestra tradición del queso de piña.

 Pasé toda la noche girando en la cama. Miles de cuchillos salían de la pared, de las sábanas, del aire. Abuela me despertó con el dedo índice en su boca.

 _ Ven a ver.

  Abuela abrió la puerta de la calle. Una piña madura reposaba entre las matas del jardín. Una corriente de sonrisas inundó mi rostro.

 _El Niño Jesús me escuchó. ¿Te puedo ayudar a hacer el queso de piña?

 _¡Por supuesto hijo!

 Me arrodillé frente al Pesebre. Me quedé mirando al Niño Jesús por un rato.

 Abuela no dejaba de ver a Abuelo a la cara. Preparó el melao de piña, hirvió la leche y fue al   patio. Abuelo serruchaba un pedazo de madera. Movía sus ojos a los lados, abría sus brazos frente al pecho. Una sonrisa estalló en su nariz.

_Yo no hice nada. Estoy tan sorprendido cómo tú.

Cuando la fragancia del queso de piña invadió la casa, me llegué hasta la cocina.

_ Abuela ¿ya le agregaste las perlitas al queso de piña?

_¿De qué estás hablando Alfonso?

_De las perlas deliciosas que siento en la lengua cada vez que saboreo tu queso de piña en Navidad.

_Vamos chico. Deja la echadera de broma.

Abuela siguió esperando por una señal en los ojos de Abuelo.

 

Alfonso L. Tusa C.  © Noviembre 2007.

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