Preludio para una nueva primavera

Preludio para una nueva primavera

 

 

 

Los dueños de la nada

 

"...si desapareció en mí aparecerá,

creyeron que murió, y aquí se nace,

aquí la vida renace..."

La Rebancha del tango

 

 

Crecimos en una época en la que desapareció la verdad al lado del televisor. Una época en la que fueron cayendo, uno a uno, esos grandes mitos de nuestros sueños de la razón llamados en el mundo moderno libertad, orden, igualdad. Una época de guerras para batallar con mensajes de texto y analfabetismo en las periferias. Una época donde el afán de lo post, la ansiedad de futuro y su loca carrera hacia el vacío nos ha hecho invisibilizar nuestro presente (un presente no deseado por cierto, del inconformismo y la apatía) y olvidar nuestro pasado.

Consumidos así en las mentiras de la apariencia comprada y en los arquetipos de una modernidad mesiánica entramos o salimos de esta condición “post”, confusa y opaca, buscando un sentido posible, latente, casi imperceptible a veces pero siempre de alguna forma cercano. Vivimos uno o mil amores imperfectos como trabajos mal pagos, como proyectos inconclusos. Pero es algo más lo que nos recuerda esta lluvia de ciudades, es más bien la constante huida que emprendemos, el escape por la puerta falsa que tampoco nos lleva a ningún otro lado. Los caminos se bifurcan en una cotidianidad desencantada y a cambio, después de la pérdida y la catástrofe, nos proponen los gobiernos y la cultura en singular su ridícula puesta en escena del espectáculo y la vigilancia. Luego nos invitan con campañas blancas para movernos con una sonrisa de oreja a oreja por estos simulacros montados, la institucionalización de nuestro silencio. “Revolución” entre comillas disfrazando de hábito y marca importada lo que aun no hemos llegado a ser, sin saber siquiera si deberíamos o no serlo.

Muerte de la utopía escribirían algunos en los muros, destrozo y nuevo saqueo de la poca rescatable fe que todavía nos quedaba en algo o en alguien; nunca en todo caso lo llegamos (lo llegaremos) a saber. Hoy salimos de la fábrica de salchichas educativa y del Auschwitz de la granpensante Europa, pero cada vez más, somos subproductos masivos de esta especie de recuerdo, casi la nostalgia de algún tiempo pasado que quizás no siempre fue mejor, el eco de muerte de un mundo que ha vendido los rituales con tarjeta visa mastercard e Internet. Nos llaman ciudadanos. Indiferenciados y uniformes, con deberes y sin demasiados derechos en la masa inconsciente, solo mercancía barata para la trata de blancas, mano de obra regalada y sin derechos en cualquier rincón de la tierra que un día a todos nos perteneció. Somos el sobrante, el desecho tóxico de este mundo occidental venenoso y radiactivo que nos ha excluido desde siempre.

Después de tantas guerras y prisiones acumuladas, después de tantas muertes nunca vengadas por la justicia divina -que pareció, hace rato ya, haberse olvidado de estos inaccesibles lugares- esto es lo que queda: palacios donde el Inca y el Maya se bañaban en oro cuando hoy el hijo de la tierra, si puede, se baña en el río sucio de la sangre y del olvido. Pero increíblemente elegimos con terquedad mandatarios oscuros para que oferten nuestras riquezas como en una venta de garaje. Nuestras ciudades arden en su inventado y negado caos, apenas otro síntoma del profundo desespero en que agoniza una especie que no ha querido prestar atención a lo que sucede a su alrededor. Así, en el prometedor comienzo de nuestras anheladas odiseas futuristas y en medio de una aventura espacial, tecnocientifica y genética del lenguaje y la visión pero sin haber abandonado aún la precariedad medieval de nuestras creencias, enloquecemos con el fútbol o la farándula, la ilusión del dinero o la fantasía del amor mientras esperamos que las cosas mejoren en Irak, Mongolia o Afganistán.

Bien sea en el funesto atrevimiento de una arrojada y orgullosa ignorancia o desde el alto puesto de un poder falseado y vulgar, casi nada hemos hecho por mejorar esta tediosa situación llamada mundo, sociedad, medios masivos de comunicación, democracia, violencia, cultura, mercado, globalización, capitalismo. La impotencia se ha vuelto el común denominador de nuestros días, la resignación pactada. Y aunque a veces nos es extremadamente difícil entendernos en esta Babel de cables y fronteras perdidas, en este choque de civilizaciones con tiquetes en cómodas cuotas mensuales, no sobra aclarar, en todo caso, que tercamente soñamos. Creemos soñar al menos y lo hacemos como estrategia no solo para poder sobrevivir a nosotros mismos, si no -y sobre todo- para poder vivir con dignidad y sin miedo en este espacio tiempo que compartimos y que algún día nos vio nacer sin haber muerto primero. “We are already death”, cantaba Zack de la Rocha en contra de la máquina.

 

De repente, día a día, advertimos como nos atropellan Santiago, Bogotá, Estocolmo, Madrid, Buenos Aires, Lima, Quito, Ciudad de México, Nueva York, Estambul, Líbano, Praga, Curitiba o Tokio. En la ubicuidad de nuestras conversaciones y el vuelo de nuestros pensamientos palpamos incesantemente el dolor de estar vivos y engañados o la alegría del sol cuando se baila hasta el amanecer. Nos queda, después de todo, nuestra serenidad o desquicio frente a la inminente destrucción de la que somos partícipes; victimas, victimarios, jueces y verdugos. Vida moderna, arte contemporáneo, plan Colombia, cruzada contra el terrorismo, amor, dios y patria. La confusión y la contradicción son nuestro emblema, ni se diga de la tristeza incurable o la desmedida felicidad, para nosotros vivir se ha convertido en un deporte de extremos. Aunque muchos se empeñarían en contradecir las sospechas, y piensen ingenuamente no estarse dejando llevar por la corriente, crecimos con serias dudas sobre demasiadas cosas a nuestro alrededor –debemos decirlo- y lamentablemente quizás no sea ésta ni la próxima generación (la de Pepsi quizás?) la que podrá darle un mejor rumbo a nuestra incrementada deriva.

No mucho podremos hacer, alegamos algunos ya heridos, cansados desde el comienzo, no mientras los propios creadores y gestores de toda esta locura sigan reinando con despotismo y negligencia desde el titulo que una tradición bastarda les ha dado. La democracia no es más que una refinada treta para mantener contenta a una sociedad menor de edad. Durante todos estos años sus cuentos se nos cuentan en las noches, se nos da un beso en la frente y se apaga la luz. Mañana todos felices al trabajo. La ceguera crónica del capital y su infinita avidez han dejado imborrables secuelas de violación y tortura en nuestros pobres pero siempre ricos pueblos y también hablo del cuerpo para quienes se empeñan en educar mediante la amenaza, el miedo y la privación. Pero claro el neopopulismo nos convence todavía que la letra con sangre entra. El amor de la santa iglesia de sudor y lágrimas, la preocupación mentirosa de los estados hacia sus hijos perdidos.

            En últimas, cabe pensar, si la capa mas alta de la esfera no se estremece y se arranca de raíz, si no se rompe el velado celofán de su virginidad y pureza enfermizas, si no baja la guardia su orgullo señorial y su codicia histórica, la exclusión disfrazada, el sometimiento, la miseria absoluta seguirán llenando de desplazados y fantasmas sin nombre nuestras ciudades vacías de humanidad, nuestros antiguos centros borrados de la historia, desalmados cuadriláteros del poder atestados de eficacias tecnológicas y corazones muertos rodando por las alcantarillas. Para el nuevo siglo que comienza no ya las maquinas sino los computadores seguirán reemplazando a aquellos a quienes se descarta por inútiles o por viejos aunque su conocimiento valga más que el oro que alocadamente dicen buscar los otros, ellos: los dueños de la nada.

Hemos llegado al borde, hemos tocado el fondo del pozo con nuestras propias manos heridas y esclavizadas; nos hemos hastiado terriblemente del dolor y el menosprecio, de la apatía y la lucha insostenible por el reino de lo efímero, el mundo del disfraz y la ficción. Cansados y pobres, sin futuro y con tan poco pasado solo nos ha quedado una salida; la autodestrucción, la ironía desesperanzada, el hundirnos, “irremediablemente”  -en apariencia- en nuestros propios cuartos bajo llave, aislados, oscuros. Pero -hijos de la paradoja- ha sido precisamente desde allí, desde la vasta soledad de los apartamentos en multifamiliares infinitos, donde hemos pensado perpetrar estos atentados de bolsillo, estas conspiraciones alucinógenas, estos cultivos ilícitos. Que no se sorprendan entonces de nuestra contagiosa y alegre revolución desarmada, porque desde allí, desde nuestra niñez oceánica e incomprensible, desde nuestra utopía de bolsillo hemos soñado y creído, gracias a nuestros juegos de la imaginación, un nuevo y mejor mundo para todos. Quizás nuestro arte, nuestro robo, nuestro “mal comportamiento” sea el fiel reflejo de tantas soledades acumuladas y el escape último y definitivo ante tantas mentiras en la vida, ante tanto dolor, destrucción y miseria. No somos perfectos, lo sabemos pero nuestra batalla solo acaba de comenzar.

Con todo y esto seguimos vivos, llenamos estadios de canciones y poemas, de historias que son increíbles muy a pesar de los tiempos; nos deleitamos aún con el romance, el fracaso, los atardeceres soleados, las pizzas de la esquina, el buen vino sobre todo si es barato, las películas que nos hablan de la juventud, de las ciudades, de las historias que se encuentran aunque sin saberlo siempre han estado unidas.

 

Por eso, si a nosotros nos dan un arma debe ser la palabra, el pincel, el tambor, la cámara; debe ser el cuerpo desnudo que se opone a que mutilen a su madre vida. Si nos dan un arma debe ser la conciencia que objeta con todas sus fuerzas seguir dándole vueltas a la ruleta loca, debe ser la razón y la critica de la razón, muchos más libros, aunque no de cualquier clase, muchas más clases aunque no de cualquier libro. Más serios y profundos argumentos para saber dar la pelea, la única, la mejor pelea, la pelea de las ideas. Si nos dan un arma que sea una filosofía que nos inmunice ante la hediondez del estrellato y la puerilidad infantil de cualquier protagonismo, que sea una bomba para estallar conciencias en las alfombras rojas, en las iglesias llenas de oro y máscaras para la ocasión, en los colegios donde se habla de moral y ética y se castiga con la misma vieja vara, en las universidades desechables de garaje, en los mc donalds sospechosamente perfectos, en las neveras de la muerte de coca cola y los estantes sangrantes de nestlé, en las vitrinas de espejismos donde las corporaciones marcan rumbos y maneras de ser y de pensar: tu sed es todo, just do it, life is simple.  

Y ahí sí que suenen todas las alarmas cuando nos den estas verdaderas armas porque prenderemos la revolución de nuevo. Que suenen todas las alarmas ese día porque la utopía será nuestra anti-bandera, porque apoyaremos económica y espiritualmente el amor y la alegría, el ocio creativo, la ciencia frente al entretenimiento barato. Que abran paso las siliconas, los bisturís, que se quiten de nuestro camino, que la belleza sea el pensamiento. Que se escondan curas pedofilicos y decrépitos terratenientes, que se revuelquen en sus cochinas tumbas, en sus mansiones del silencio y la impunidad dictadores y fascistas, que se sientan acorralados los corruptos y mentirosos, que se arrodillen en sus paraísos artificiales, cuevas de sombras y fantasmas, los siempre nuevos y siempre patéticos neoliberales con mentalidad empresarial y corazones podridos, apestosos. No queremos ser más su mercadería china barata que se lleva el viento, imitación, copia, falsificación constante de una verdad cualquiera.

Todos ellos son esos verdaderos falsos profetas, siempre listos como boyscouts engañados y felices con sus mil y un máximas de memoria para alcanzar el éxito y la fortuna. Engañadores de a peso con uniformes confeccionados que vuelvan al lugar del que la historia los dejó escapar, que se encadenen a las profundidades con sus antiguos demonios y sigan esperando ingenuamente la salvación de sus santos y arcángeles ojiazules y atléticos.

Al final de los tiempos que tengan más sexo María Magdalena y Jesús y nos inviten al nacimiento de sus hijos como estrellas en el firmamento, que muchas mas monjas se desnuden para tomar el sol y fumar marihuana, que los del oppus dei y la alta sociedad se escandalicen mas a menudo, se levanten las faldas, se hagan cambios de sexo, se liguen las trompas de Falopio. Que nadie en este pequeño planeta muera de amor ni de desamor porque la naturaleza es abundancia, digan lo que digan los economistas y propietarios tacaños. En fin, que se coman más mangos a diario y se tome más agua, más leche, que se haga más pan y se obsequie todos los días como un abrazo o un beso en la mejilla, como una sonrisa en la mirada.

Que se deje crecer el pasto, el pelo, la barba, que no se mate más a las ballenas en Japón, principalmente, y que nos dejen de importar los frustrados reyes y reinas de alguna nefasta monarquía llena de cucarachas y ratones olvidados. Que se cultive mas la tierra en África, Asia y América del Sur, que se hagan mas condones y píldoras baratas, que muera mas a menudo el Papa y mas pronto de lo esperado pero que no se trasmita por televisión su hórrido deceso. Que se viaje a lugares inhóspitos y haya mas protestas contra Bush, que los gringos se defiendan de los meteoritos y no de los árabes y latinoamericanos. Que se cierren y derrumben mas iglesias todos los días sobre todo de esas que producen llantos y pataletas en masa, que les deje de salir espuma por la boca a los que dicen creer y que tengan ellos la suficiente paz en el corazón como para masturbarse tranquilos en la soledad de sus casas bendecidas desde el portón. Que nadie crea que la vida no seguirá después del dos mil algo, que aquí estamos, somos, vivimos, respiramos, soñamos, luchamos, creemos, pensamos, opinamos, respondemos, criticamos y hacemos algo, básicamente así, contra los dueños de la nada.

 

 

 

 

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