


| Escritor: | Testigo_Mudo |
| Públicado: | 13/06/2008 |
PL 24
La escuela, extrañamente y para asombro completo de Mikel, resulto no ser una trinchera brutal. De lejos se topó con por lo menos una media docena de muchachos como él que lo miraban extrañados, curiosos, como si fuera una especie de animal que nunca hubieran visto; una mangosta quizá, o un sorgomujo.
Pero nadie se le acercó durante todo el día, nadie.
Parecía que el incidente en realidad nunca hubiera
sucedido. De alguna manera Mikel pensó durante un buen rato si cuando menos el
muchacho al cual había golpeado se encontraba dentro del estudiantado del
instituto. Lo recordaba en el preciso momento del ataque, lo recordaba
dibujando en el aire una señal obscena un segundo antes, pero quizá no lo
recordara de
Eso lo animo sin duda.
Pero no del todo se hallaba carente el ambiente de una tensión tipo nerviosa, eléctrica. Los demás muchachos, habituados a la mezcla continua, median sus distancias para con Mikel recreando un entono invisible a su alrededor, como si percibieran algo en su cercanía, una capacidad diferente, la de una especie de receptor al aire libre que pudiera atraer de un momento a otro un rayo o algo similar, igual de poderoso e imprevisible. Para Mikel eso estaba bien, no le molestaba. Eliminaba cualquier tipo de contacto y la necesidad de intercambiar cualquier posible comentario. Aunque ahora mismo se hallaba necesitado de amigos, toda aquella tensión lo mantenía alerta y en cierto sentido en un punto neutro.
Se dedicó exclusivamente a caminar, a dar vueltas por el patio durante los recesos y a permanecer anónimo durante las horas de clase.
Eso funcionó cuando menos durante el día escolar.
Tampoco a la salida encontró resistencia alguna, como previno en última instancia. Se escapó a toda velocidad del cúmulo de preadolescentes que se arremolinaban en la puerta del instituto y muy pronto desapareció de la vista de todos.
Cuando hubo desaparecido del todo, algunos de ellos, ignorantes del caso de Mikel, se percataron de una cosa rara que sucedía a su alrededor. Sin que les importara de cualquier manera, ya sea por buena crianza o por completa indiferencia juvenil, lo que sucedía con q, como motivo para relacionarlo con este, descubrieron un extraño aroma que flotaba alrededor de ellos.
Algunos exclamaron alguna
obscenidad y se culparon torpemente los unos a los otros entre risas, otros
ignoraron el tema y se retiraron de su posible fuente sin que ninguno de ellos
atinara a descubrir
Pero olía extraño, fuerte, sucio, como algo descompuesto.
Los chicos terminaron por disgregarse en todas direcciones y ninguno de ellos quedo para atestiguar que aquel aroma permaneció durante mucho rato en los linderos de la escuela, más que cualquier otro ambiente podría haberlo hecho. Tampoco cualquiera de ellos tampoco podría haber dado con un símil apenas correcto. Y eso se debía a su juventud. Eran incapaces de identificar el olor a lo que se descompone estando vivo, del temor último en el campo de batalla y en la prisión más recóndita. Alrededor y dentro de la escuela, justo donde Mikel había pasado sus horas, olía idéntico a gangrena. A carne agusanada que libera metano y dióxidos.
A hocico de reptil.
Continúa...
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