PETRUS versus ISCARIOTE

Categoría(s): Narraciòn

Una versión catastrófica de la traición de Judas 

Por: Axel Blanco

 

Descubrí el ojo siniestro de Iscariote en medio de la oscurana de aquella noche misteriosa en que subíamos los riscos escarpados. No me hubiera importado aquel ojo infernal si no se hubiese dirigido al  Maestro como una lanza filosa, al Maestro que hasta ahora sólo se dedicaba a nosotros enseñándonos las cosas del Camino, soportando nuestras pecuecas de queso cuajado y los violines pestíferos de nuestras axilas que tocaban a cualquier hora un himno solemne de pescado podrido, insoportable. Sin embargo, Él se mantenía igual con nosotros, como si nada, escuchando nuestras palabras impregnadas en el tufo maloliente de los que no se lavan la boca, ni siquiera algunas gotitas de vinagre o buches de agua de playa.

El Maestro logró subir a la cima primero que nosotros riéndose estrepitosamente mientras el sudor bajaba por su frente, y movía sus brazos celebrando su rápido ascenso por los riscos. Ya caminábamos por aquella calle limitada por casas salpicadas de polvo de cal, hechas de roca, bahareque y listones de cedro, pero el silencio se rompió cuando los perros comenzaron a ladrar frenéticos, y entonces, yo miré a Iscariote que seguía oteando al Maestro con su obscena mirada de pajarraco. Iscariote se le acercó y le abrazó como a un hermano cuchicheándole algo en sus oídos. Los doce sabíamos las intenciones políticas de Iscariote desde el principio cuando nos propuso catapultarlo como el líder militar del momento y recoger fondos entre los vejetes farisaicos. El Sanedrín estaba de acuerdo siempre que su confabulación no saliera publicada en el periodiquito del chismoso Chitonio porque siempre terminaba misteriosamente en las manos amaneradas del César, como un boletín por suscripción al servicio de los poderosos. Los farisaicos exigían que se le respetara su rimbombancia religiosa sobre todo el pueblo judío y lograran cambiar aquella partida de celotes zopencos por un ejército verdaderamente organizado y entrenado, capaz de  hacerle frente a las huestes pretorianas blindadas por todos los recovecos de sus fornidas humanidades. Pero Iscariote nunca comprendió que Las Escrituras no precisaban a un líder militar sanguinario babeándose en derramar la sangre de las huestes pretorianas. Pude ver su expresión de decepción cuando el Maestro le aclaró sus verdaderas intenciones, se trata de una lucha espiritual por ganar los cielos y no la tierra, pero Iscariote no comprendió y frunció el ceño, se mordió los labios, volteó los ojos y cruzó sus brazos inconforme. Entonces se reunió con Barrabás, el líder de los celotes zopencos, facción violenta que pretendía derrocar al Imperio Romano a fuerza de sórdidas arremetidas, llevándose por el medio incluso a nuestros propios hermanos que no coincidían necesariamente con sus “atisbos” libertarios. Barrabás se cansó de esperar las promesas de Iscariote que dizque el Raboni le daría el mando de sus discípulos uniformándoselos al viejo estilo de los ancestros hebraicos. Pero tuvo que cerrar la boca porque la tenía abierta gorgoteando saliva cuando su propia hediondez le dio una cachetada despertándolo de su aletargada tontera. Despertó definitivamente de las palabras adormilantes de Iscariote que lo tenía babieco con sus promesas de glorias que vendrían, y lo ponía sobre un trono embutido en paños de cedas orientales y con una corona llena de bolondronas diamantíferas destellantes. Despertó con la cara anaranjada del enojo y paranoico hizo varias arremetidas contra los romanos, trituró la cabeza del Centurión virolo Severiano, fileteó el abdomen del Tribuno Petronio, hizo fiambre a veinte senadores desnudos en sus baños vaporíferos, pero lo atraparon con la espada ensangrentada al frente de Próximo, próximo a darle un porrazo de los que nunca se olvidan, pero lo hicieron trizas las chicas fornidas del Próximo llevándole a pescozones ante Pilatos.

 

 Los trece entramos a la última casa de la calle Nona, las lámparas de aceite alumbraban suficiente como para notarse que todo estaba preparado para la gran cena de Pascua: los cojines alrededor de una mesa oval  de samán, sobre ella, agua, frutas, pescado, pan, cebolla y el fruto de la vid. La mayoría  se destornillaba de risas con el Maestro sumergidos en una larga conversación jocosa, y parece que nadie había notado el ojo endemoniado de Iscariote y su tembladera sospechosa cada vez que tomaba algún manjar de la mesa. De pronto, el Maestro levantó la mano y un repentino silencio rompió la bulla que había en el claustro __Alguien me ha traicionado. __Quién Maestro, quién…__El que come conmigo el mismo pan y el mismo vino. __ ¡Pero Maestro, todos comemos contigo! __Él esta aquí y su mano me entrega. Cuando el Maestro dijo esto, entendí que el ojo endemoniado de Iscariote no era un espejismo de mi imaginación, sino la sospecha de algo cierto porque en ese momento aquel ojo comenzó a titilar como una metra saltarina, y subía y bajaba sin control dentro de su cuenca hasta que el vándalo picó el ojo, viéndose descubierto, y nos miró a todos como con ganas de salir corriendo. Pero entonces como un rayo me le acerqué y le pedí la alforja del dinero.__No te me vas con la alforja Judas, le dije trillando los dientes. El hombre estaba nervioso, sus manos le temblaban cuando me dio la bolsa, oteándome y oteando a todos lados, sobre todo al Maestro. __No me voy, dijo, no es conmigo. __Ya sabes que es contigo, no disimules cabeza de alacrán, le dije disgustado. Iscariote y yo nos miramos con un odio que se percibió durante toda la cena. Nunca entendí el trato tan cariñoso que el Maestro le daba a Iscariote, incluso sabiendo que nos robaba a todos con su cara engañosa de alcatraz cada vez que le exigíamos que contara la plata. __No la tengo aquí, la tengo segura en el aposento del huerto Maestro, era una vieja treta que usaba para despistarnos, pero el Maestro sonreía y le miraba, y nos miraba a todos, y todos entendíamos aquella  risa sabia que estaba al tanto de las cochinadas del truhán, pero que sólo le daba tiempo para enmendarse.

Iscariote se decidió a salir después de la cena, sus pasos se aproximaban a la  puerta cuando el Raboni le dijo que se apresurara con lo ya dispuesto, comentario que me sacudió y conmovió a todos porque sabíamos que el único que fraguaba su muerte era ese bicho que salía del claustro. Pero todo estaba dispuesto por los cielos. El Raboni sería entregado aquella noche de gallos cantores para poder cumplir la profecía de la Resurrección. Entonces, de nuevo el ojo siniestro de Iscariote miró al Maestro, y nos miró a todos los once atemorizados por lo que podría ocurrir y ocurrió luego de unas horas en el huerto del Getsemaní, cuando el miserable le dio un beso, y los milicianos, los ancianos y sacerdotes le tomaron. Así se cumplió todo lo que el Maestro había dicho durante la cena de Pascua, y  hallé a Iscariote muerto pendiendo de un árbol con aquel ojo malvado colgando de su cuenca y un rictus de bufón de corte titilándole con el baile inexplicable de los filamentos nerviosos. Se cumplió incluso lo que me dijo sobre el canto de los gallos y mis tres traiciones. Y es por eso que después de haberlo traicionado tantas veces, nunca comprendí quién había sido el verdadero traidor, si Iscariote, o yo, una pequeña piedra llamada Petrus.      

 

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