Era un día soleado y aún así llovía. Vivíamos de la madre naturaleza, de ella lo tomábamos todo; el Sol y la Luna de este modo lo permitían. Las mujeres cuidábamos de nuestros hijos y cocinábamos regularmente, de vez en cuando asistíamos a la elaboración de variados productos. En cambio los hombres salían de caza y se ocupaban de los trabajos más pesados.
Mi tribu y yo, nos encargábamos de ser responsables con las rutinas diarias; mi intención no era interferir en el curso normal de las cosas, pero sentía que el viento cantaba entre los valles para comunicarme la llegada de los dioses. Ahora reconozco que quizá no le otorgué toda la importancia que merecía el asunto y lo dejé pasar por un tiempo.
Las horas volaron como las hojas naranja del otoño, y mi extraño presentimiento se hacía más y más profundo; para tranquilizarme, fui a pasear y al observar por entre las ramas de los árboles, descubrí que mi ancestral intuición no había fallado. A mí vinieron unos seres de aspecto y olor novedoso.
Desde que tenía conciencia, jamás había visto algo así. Di cuatro largos pasos fuera de la maraña de plantas y fue entonces cuando pude presenciar su alegría por haber alcanzado aquel simple pedazo de tierra. De todas formas, conservé mi mala impresión acerca de ese conjunto de criaturas que al descender de una enorme embarcación, quería tomar posesión de lo ajeno.
Habiendo quedado casi sin respiración, corrí tan ágil como me lo permitió la extensión de mis piernas y llamé con un fuerte alarido a todos los arqueros y flecheros de la región, de los cuales disponía por ser uno de los más dulces tesoros del cacique Pluma Blanca; mi padre. En un instante, el ejército acudió al lugar de los hechos y encendió una gran hoguera para llevar el mensaje de alerta a las aldeas cercanas.
Antes de iniciar la batalla por los lugares que nos habían pertenecido desde el principio de los tiempos, quisimos ser cordiales con los recién llegados; incluso los confundimos con hermanos del dios Mar que llegaban para ayudar en este período de pesca.
Pero su respuesta fue mal intencionada; violaron a algunas mujeres, raptaron a mis conocidos y asaltaron muchas de nuestras artesanías hechas en oro. Y aunque en número nosotros los superábamos, ellos vencieron siendo tan sólo unos pocos, gracias a las armas que portaban, los espantosos animales que montaban y las enfermedades que nos contagiaron sus cuerpos.
Quienes sobrevivímos, lo hicimos por nuestro conocimiento de la tierra y las estrategias para recorrer la zona selvática por sus más secretos pasadizos. Cada vez que nos reuníamos luego de aquel terrible incidente, la imagen del sufrimiento llegaba a mi mente en torno al fuego, como si el mal nunca antes materializado en mi mundo, fuera la peor de las pestes del alma.
La melancolía invadía nuestros corazones; la inocencia e ingenuidad de mis gentes, favoreció sus ambiciosos propósitos de gobernar. Recuerdo que cuando les ofrecíamos maíz y pescado, ellos se desconcertaban y nos veían con extrañeza; tal vez el miedo no les permitía creer que fuéramos tan buenos.
En el nuevo lugar donde nos establecimos, la población resultó ser una mezcla entre indígenas y bárbaros europeos, cuyas intenciones se centraron en abusar de nuestras habilidades para el trabajo en la explotación de las minas.
Cuando su corona se enteró de la situación, se impuso el término de la encomienda, que nos obligaba a darles nuestra mano de obra a cambio de la recompensa de conocer los principios de su deidad, bajo los que funcionaba la iglesia católica. Esto no duró mucho, tan sólo unos cuantos meses, pues los conquistadores se rebelaron contra el argumento de leyes que disminuyeran su libertad de acción en las lejanas tierras de la India.
La realidad era un infierno y de los traumas psicológicos que nos causaron esos demonios, ni hablar; algunos de mis parientes acudieron a salvarse en el suicidio. Personalmente, yo coincidía con su preferencia por el viaje de la muerte, en vez de recibir tantas humillaciones provenientes de aquellos ángeles malvados. La misión de salvaguardar la tradición de mis abuelos me fue imposible de cumplir; el resultado fue fatal. Sólo quedaba una tercera parte de la población mi cuerpo y mis sentidos sangraban ahogados en la desgracia.
Pero algo se te tenía que poder hacer por la armonía que antes nos cobijaba nunca me conformé con sentarme a llorar la derrota. Así que con las pocas palabras aprendidas en castellano, una noche me colé por entre las tiendas de los españoles y les transmití mi sabiduría sobre una que otra leyenda sagrada, despertando su fascinación por el pequeño universo que con hambre salvaje se habían devorado.
Sí en mí sucedía algo grave, podría abandonar el primer mundo tranquilamente, pues al menos reencarnarían todos los difuntos nativos en la memoria de las próximas generaciones.
Como es lógico en el ciclo de la vida, pronto nos encontramos con la inevitabilidad de la muerte... En una tarde fría y nublada, mi espíritu se liberó de la tortura. No sé ni quién soy ahora, posiblemente un alma en pena esperando para narrarle a la cultura torcida, la historia real de la humanidad.
De mi belleza no quedó ni una huella, más la selva reconocerá por siempre mis cenizas.
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