La habitación está en penumbras. El candelabro de plata despliega la grácil llama que ilumina un poco y da movimiento a las sombras de un modo espeluznante. Un hombre de largos ropajes oscuros está sentado al borde de la cama. Pronuncia despacio palabras irreconocibles en idiomas que nadie entiende. Abre los ojos bruscamente. Mediante una panorámica va cortando el espacio periférico de la cama. Respira profundo tragándose el mundo y habla con detención al jovencito. Alexis
Alexis
soy yo. Alexis está tendido de espaldas mirando fijamente el cielo raso. Una pequeña melodía rusa comienza a sonar triste en la habitación contigua. Una gota salina corre por la mejilla del joven.
¡Alexis! Dice con voz mas firme. Y le mira detenidamente. Alexis es bello, fino y lívido como una divinidad. Tal vez lo sea o, por lo menos, llegue cerca de ser eso. El mancebo lo mira con un rostro de esperanza. El hombre le acaricia la frente. Al ver a Alexis recordó su propia infancia en la mas completa miseria, su encierro en el monasterio castigo dado por el robo de animales y su iniciación en el culto.
Alexis es la llave que le abre todas las puertas, un hijo de Dios, un ángel que le mira solicitando piedad. La madre de Dios se encuentra atrapada en una pintura sobre el respaldo de la cama y observa. Los cabellos largos le caen sobre el rostro cuando comienza una nueva oración en el idioma incomprensible. Termina. Las imágenes se suceden rápido. Su peregrinaje por tierras lejanas, su retorno a la ciudad, el rápido ascenso a palacio. Ahora las imágenes de su visión se suscitan como un torbellino. Los bailes, las orgías, el ejército, Anna,
Una nueva gota salina recorre parte del rostro de Alexis. ¡Perdón! Grita y llora el niño. ¡Perdón! ¡Perdón!. Repite con miedo intenso. El hombre le toma de las sienes, cierra fuertemente los ojos, respira profundo, muy profundo, le recorre con las manos las mejillas, acerca su rostro al mozuelo y a una mínima distancia abre los ojos. Estás perdonado, le dice. Automáticamente la sangre que recorría su cara se detiene y Alexis, hemofílico heredero al trono, entra en profundo sopor. No así la sangre de Rusia que teñirá de tinte mortal las calles y el palacio, última y macabra imagen de su reciente visión.
En la habitación de al lado Felix Yusupov y el Gran Duque planean el asesinato de Grigori Rasputín, el Monje Loco, al ritmo lento de una pequeña melodía rusa.
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