
Pedro
Era el amanecer de un nuevo día, aún se podía sentir el olor a la tierra fértil cuando está húmeda por el rocío. Los brotes verdes, aún tiernos reflejaban el joven sol en sus húmedas hojas. Un gorrión en un aguacatal cantaba melodías dulces como la miel al nuevo día. Pedro hasta el momento todavía dormido, inerte, despertó suavemente con la canción de aquél dichoso pájaro. Se levantó aún medio dormido, restregó sus ojos y salió hacía el riachuelo. Su perro, Cate al oír a su amo levantarse, lo siguió. En el riachuelo, ambos bebieron agua, luego Pedro se lavo la cara.
Ya hacía media mañana cuando Pedro encontró a sus papás en el sembradillo de caña. Vio a su mamá sembrando caña y se dirigió hacia ella.
--¡Mijo, pero qué haces aquí!, anda que el abuelo te espera.
--¿El abuelo me espera?
--Si mijo, anda, vamos.
Pedro se dirigió a la casa de su abuelo sumido en preguntas. Él conocía a su abuelo
¡todos en el pueblo lo conocían! Él era uno de los únicos que habían estudiado. Él además era muy sabio, así que iban con el por consejos. Él sabía leer, escribir, sumar, restar y un poco sobre ciencias, y más de algo de inglés. Pedro caminaba lleno de intriga y curiosidad, cuando llegó a su destino.
El abuelo era de altura mediana, ni muy alto ni muy bajo. Por su edad el estaba arrugado y canado. Se miraba fuerte, y generalmente tenia una mirada serena y profunda, pero hoy tenía alguna especie de chispa, y ansiedad a pesar de verse tranquilo. En su casa siempre había un aroma de pimienta, y canela. Era una casa realmente acogedora. Al abuelo le encanta leer sobre todo novelas del Romanticismo guatemalteco. Por esa razón en su casa siempre hay hileras de hileras de libros. A veces nos pide libros pero no siempre. Cate seguía al lado del niño, persiguiendo mariposas y jugueteando con insectos.
El abuelo le dijo que entraran. Adentro un aroma dulce les recibía. No, no era solo el aroma de pimienta y canela era otra cosa, un aroma dulce, fuerte pero suave. El aroma los recibía puesto que habían dos tazas de chocolate caliente en la antigua mesa de la sala de estar, al lado de esta había un guacal, que el abuelo señalo y dijo:
--Para Cate.
--Pedro, la razón por la que te mande a llamar es porque le quiero preguntar algo, más bien proponer algo.
--¿Que es abue?
--Que empieces a estudiar.
--Pero si no hay escuelas aquí.
--Lo se, estudiaras aquí, te enseñare todo lo académico que se.
--Pero
¿como abue?
--Ven todos los días y te enseñare.
--Pero porque abue, si tu no ganas nada.
--Lo hago por ti y por el pueblo, para que un pueblo prospere necesita educación. Luego que te enseñe, tu le enseñaras a todos tus conocidos, y tus conocidos le enseñaran a sus conocidos y ellos a sus conocidos
--¿Cómo una cadena?
--Exacto.
Así pues Pedro empezó a tomar las clases con su abuelo. Aprendió rápido y con maestría entendía todo lo enseñado. Les enseño a todos sus conocidos y estos a sus conocidos. El pueblo entero aprendió y prospero.
Era el amanecer de un nuevo día, aún se podía sentir el olor a la tierra fértil cuando está húmeda por el rocío. Los brotes verdes, aún tiernos reflejaban el joven sol en sus húmedas hojas. Un pájaro carpintero picaba un aguacatal. Pedro hasta el momento todavía dormido, inerte, despertó suavemente con el picoteo de aquél dichoso pájaro. Pedro se restregó lo ojos, fue hacia el baño, se lavo la cara. Esta vez se vistió de traje, pues su nuevo trabajo lo requería. Encendió el carro y se dirigió hasta su compañía