pedrito

Pedrito se despierta temprano, 6:00 de la mañana, los rayos del sol atraviesan los huecos en las cajas de cartón que utiliza como cama y sabana. Se levanta y revisa sus bolsillos y no encuentra nada para saciar su hambre. Tiene días que no prueba un “bocado”. Mira alrededor y ve lo mismo de todos los días; monotonía, continuidad. Observa el cubo lleno de agua con jabón, la esponja y una pequeña goma, utensilios de trabajo, no ha limpiado el cristal de un auto en días, las personas son indiferentes, lo rechazan, o simplemente lo ignoran. Su organismo se ha acostumbrado a una comida por semana o quizás mas. Avenida 27 de febrero, lugar de trabajo. Es un lugar donde sobrevive el más fuerte. Los mas grandes y viejos lo desplazan de “esquinas calientes”.

Su madre murió cuando apenas cumplía los dos anos, su padre, aquel que ve en una botella de ron su dios, creo que no recuerda que tiene un hijo.

- ¡Dios mió!- dijo. Llamo a Dios.

El estaba a su lado, pero no le respondió. Siempre he tenido por sabido, desde el Génesis, que cuando los humanos llamamos a Dios, no esperamos, en nuestro interior, que nos responda. Decimos “Dios” y no esperamos oír su voz respondiéndonos a su llamado, casi siempre desesperado. Tomaríamos por un milagro, y nos echaríamos a temblar, el que nos responda “que?”

Cuando el niño le invocaba, estaba cubierto, más que por sus harapos, por la sucia costa de anos vagando por las calles. Tenia sobre su negro pelo polvoriento una destartalada gorra, enterrada en la frente, casi hasta cubrirle los ojos. De su brazo izquierdo, sostenía el cubo y a su espalda, llevaba un atado de cartones inservibles. Los pies, gruesos y escamosos, los metía en unas apalgatas absurdamente viejas. Unos pantalones remendados, cuyo color ni yo mismo me atrevería a tratar de descubrir.

En aquel momento, sentado bien al borde del escalón de una casa, procuraba mitigar la sofocación que lo atormentaba, abanicándose con un pedazo de cartón. El niño, para protegerse del sol que lo tostaba, se había puesto sobre la cabeza una hoja de periódico, apretada en sus sienes con la gorra. Era mediodía.

Un grupo, compuesto por muchachos, todos sucios, repelentes y grotescos - y se dicen que son creados a imagen del PADRE… ¡cretinos! - se burlaban ruidosamente del niño. El gozo de los burlones atormentadores era despampanante, mientras cumplían la misión que Dios había inducido en sus espíritus. Tiraban de los harapos del niño, le pateaban las piernas, le sacudían la cabeza, y el mas decidido – aquel a quien Dios tenia destinado para podrirse en una cárcel, dos anos después, cuando cumpliera los veinte de edad – le arranco el pedazo de papel con que el niño se protegía  de los rayos de esa soberbia obra de Dios que es el sol. La señora de casa – la que Dios había condenado a los tormentos de una libido furiosa junto a un marido impotente y vigilante – arrojo sobre el escalón un balde de agua. El niño sintió que se le mojaban los fondillos, pero la suma omnipotencia de Dios le quito los ánimos para levantarse. Allí se quedo, dominado por su voluntad, húmedas las nalgas, invadidas de frió, tembloroso de rabia. Entonces volvió a llamarle:

-         ¡Dios mió! –

 Soplo un nuevo deseo sobre los que cumplían los designios de molestar al niño y se dispersaron risueños, satisfechos, pavoneándose, creyendo libre su albedrío.

No nos damos cuenta jamás del porque de los castigos de Dios. Mas aun, ni siquiera comprendemos en nosotros mismos, solo algunas veces en los demás, que nuestros dolores y miserias son obra de la voluntad de Dios, de su absoluta, libérrima y omnipotente voluntad. Y casi siempre atribuimos nuestras penas al demonio. Como si Lucifer no fuera tan impotente como nosotros.

Por los siglos de los siglos, se siguen oyendo las palabras de su hijo, mientras contemplan llorar y reír al hormiguero humano: “tienen ojos y no ven".

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