Pecado
Aquella mañana desperté normal. Sentí la brisa correr sobre mi rostro y acomodar unos mechones de mi pelo. En mi imaginación, aquella brisa no contenía el grado de contaminación al que estaba acostumbrada ni el olor putrefacto de una ciudad en perdición; ese día, era una brisa marina que me saludaba con aroma a mar y venía acompañada del sonido de las olas. Las compañías siempre son buenas, pensé.
Un rayo de sol me invitó a abrir los ojos, sin embargo, no estaba preparada para hacerlo. La oscuridad que nos ciega por gusto es una de las más gratas compañías, te invita a crear un mundo irreal, paralelo al tuyo, pero vivido con mayor intensidad. Esa oscuridad no sólo te sonríe cómplicemente, sino que te tienta a seguir viviéndola, a dormir con ella, a desearla y ¿por qué no?, inclusive a amarla. Unos ojos cerrados es el lugar perfecto para esa oscuridad que te puede alegrar la vida, porque ahí, las imágenes tienen sentido.
En un segundo se pueden pensar tantas cosas. La maravilla de la mente humana, una caja de sorpresas definitivamente. La curiosidad que nos embarga por descubrir los pensamientos ajenos, saber si estamos en alguno de ellos, averiguar cuáles son los sentimientos más profundos, porque no sólo se sienten sino que se piensan además, si no, que gracia tendrían. las vergüenzas más grandes, los dolores y los deseos que atormentan, los pecados más oscuros. Lo confieso, soy culpable también, la falta de curiosidad no es uno de mis fuertes.
Ya era tarde, así que dejando de lado mis reflexiones decidí abandonar mi cama vacía. Aclaro, vacía, no es sinónimo de soledad, sino que sólo describe cómo se encontraba en ese momento. Tampoco pretendo con ello cubrirme con el velo de la pureza y hacer uso de esta palabra como el escudo de muchas para no darse por pecadoras. Vacía no significa que así lo estuviera siempre, sino que por el contrario, mi cama estaba marcada por muchas huellas y mucho sexo, pero en ese momento, sólo tenía el aroma de mi cuerpo.
Frente al espejo del baño me contemplé desnuda. Unos kilos de más, un cuerpo imperfecto, una boca grande que incitaba a las burlas, unos ojos sin guardia que siempre mostraban el interior. ¿Qué puedo decir? Nada, sólo que soy hermosa, a mi manera.
Mientras me bañaba pensé en la primera vez que lo vi. Bastó la primera gota de agua sobre mi piel para recordar la sensación que tuve cuando lo topé en la calle ese día. Alto, atractivo, con pasos de seguridad, de saber lo que ocasionaba en los demás. Choqué con él por accidente, mi hombro, a la altura de su pecho o más abajo aún, no lo precisé; sin embargo en el disculpa que me dio, fue suficiente para hacerle un escaneo rápido. Me eché un poco de agua para matar mi risa interior; ¡un escaneo!, que vulgar pensarían algunas, ¡como si sólo los hombres lo hicieran!. Yo puedo mirar y evaluar un hombre mejor que cualquiera de ellos lo puede hacer conmigo, no sólo soy más rápida y más discreta, maldita discreción que se me exige, sino que los pro y los contra surgen inmediatamente como una lista programada en mi cabeza.
Volviendo con mis recuerdos, no pude evitar notar que ese día no se había rasurado y ¡cómo me gustan los hombres así! Se ven sexy, pareciera decir me cuido, pero hoy estoy un poco ocupado, por eso, sin darme cuenta te muestro un poco de mi masculinidad. ¡Ufff! Me excito de sólo recordarlo. Tampoco soy tan fácil, no me voy a enamorar de un hombre por una vez que lo vi, ¡por favor!, ese cuento del amor a primera vista es la excusa más barata para justificar actos del libido, e incluso, peor aún, para justificar las más grandes estupideces.
En fin, yo no soy así, eso lo tengo muy claro, por eso para la tercera ocasión que lo topé en la calle fui yo quién se atravesó en su camino. ¿Qué tiene de malo echarle un poco de café a una camisa importada? Nada, menos cuando va acompañada de un disculpe, yo le ayudo, un movimiento disimulado de la mano para medir los pectorales y el abdomen y mucho menos, por favor hombres, tienen que aceptarlo, si se acompaña de un escote que deja muy poco a la imaginación mientras se le limpia la torpeza que cometió.
¡La ingenuidad masculina!, pienso, mientras me seco el cabello. ¿Si supieran cuántas veces son víctimas de una mujer inocente? ¿Cuántas veces el ego los habrá convencido de que nos llevan a un pecado desconocido? El espejo delata mi sonrisa maliciosa, pero que más da si así lo creen, si ese engaño los hace felices
y a mi también
Ponerme las medias me recordó como funcionó aquel viejo truco del café. No sólo me notó, sino que para la próxima vez que lo vi en la calle me miró las piernas cuando pasaba y para la siguiente, la mirada de escaneo iba acompañada de una sonrisa de aprobación, dos sesiones más y la sonrisa era directamente a mi rostro, para que supiera que era a mi a quién se dirigía.
Otro par de encuentros casuales fue suficiente para pedir un número de teléfono y tres llamadas era lo prudente para aceptar una invitación a salir, ¡por favor es que hay que darse a desear!, eso sí recuerdo que me lo enseñó bien mi madre. Con un sí no muy seguro, para ajustarse a los parámetros exigidos por la sociedad, empezó una muy aburrida primera cita; porque las primeras citas son aburridas, quién me diga lo contrario nunca ha tenido una. Hay que pensar las risas, vestirse adecuadamente, ¡con lo que me obstina vestirme adecuadamente!, como si mi cuerpo desnudo no fuera lo suficientemente adecuado para mi
Y sobre todo, hay que comportarse como una dama y dejar que el hombre se crea lo suficientemente macho para conquistarla, porque el juego a ser conquistado, no sé porqué, pero los hace dudar de sus dotes masculinos.
En fin, un juego de manos inocentes, un poco de sonrojo y un beso de niños fueron los requisitos necesarios e imposible de ignorar para poder llevarlo a la cama. ¡Ah! Y por supuesto no contestar llamadas de otros hombres en media cita, ¡eso sería un suicidio!, regla fundamental que muchos hombres olvidan.
Llevar un hombre a la cama no es tan fácil como se cree. Hay que seguir un ritual completo para lograrlo, con pasos previamente establecidos que se deben vivir diariamente, para que la máscara no se caiga. Además, es necesario cierto sentimiento de culpa. Una culpa vivida, que nos permita disfrutar del acto como si fuera la primera vez. Una culpa sentida, que contrapese el disfrute del orgasmo. Una culpa en el alma, que nos recuerde lo prohibido del error que estamos cometiendo.
En fin, por algo dicen que lo más rico de la vida es lo prohibido. Lo difícil es manejar la conciencia, pero con un poco de práctica como se aprende a disfrutarla. A gozar de esos pensamientos que nos reprochan y que aunque todos tienen ni siquiera se nos puede ocurrir pensar que alguna vez los tuvimos. A disfrutar y apreciar de una imagen desnuda sin remordimientos o de dos o tres
¡En la variedad esta el gusto!
Por eso, un hombre tan guapo como ese merecía toda mi atención. ¿Qué mejor valoración se puede hacer cuando ya hay punto de comparación? Hay que aceptarlo, cuando las hormonas reaccionan de esa forma sólo se puede pensar en una cosa, decirlo esta de más. Hay imágenes y sensaciones que merecen recordarse, inmortalizarlas si se pudiera, llevarlas a la cama una y otra vez, aún cuando no correspondan cuando se abran los ojos.
Tal vez dejar volar la imaginación a media tarde, al recordar una frase no tan explícita, pero que propicie el deseo y ¿por qué no?, más imágenes
A veces, no son necesarias las palabras, con una mirada los deseos más profundos pueden surgir. ¡Que lo diga yo que ya estaba harta de hacerme la niña buena y no tirarlo encima de la mesa y arrancarle la ropa para la segunda cita! Pero hay que saber esperar y tragar los bocados sin sabor pacientemente, porque cuando se tienen las hormonas arriba lo demás pierde su sabor.
La paciencia, es una virtud, no hay que dudarlo. Además, dicen que entre más se espera mejor sabe lo que se recibe. Me pregunto si lo que se da también sabe mejor
Perdón, dejé volar otra vez mis pensamientos; volviendo a la paciencia, otra lección básica es hacer a los hombres esperar, para que valoren el momento preciado en que nos entregamos. ¡Qué auto-castigo nos imponemos! Bueno, me resigno convenciéndome que así es mejor el sabor de la conquista, y aquello que tantas veces creamos con los ojos cerrados y entre risas y miradas de complicidad será más dulce cuando de la mente pase finalmente al tacto.
Mientras escogía el labial de ese día, porque si no mi máscara no estaría completa, recordé cómo le dejé mi marca sobre el cuello de su camisa. Esto es indispensable con cualquier hombre que te lleves a la cama. La lógica es muy sencilla: de una u otra forma hago que ese hombre me recuerde días después, aunque sea cuando encuentre una gran mancha roja en su camisa, ¡mínimo para mentar a mi madre se aprende mi nombre! Además, es una cuestión de solidaridad de género. Si ese hombre tiene dueña, probablemente sea ella quién descubra la marca de mis labios y de esta forma, le advierto el tipo de hombre con el que esta. ¡Entre mujeres tenemos que ayudarnos chicas! Nada de cubrirle la espalda al pobrecito y considerar a la otra como la mala. No, no, no, la realidad a como es y ninguna otra merece ser engañada. Si se quiere creer el engaño de ser la única y vive feliz en su mentira, aún con pruebas, es cosa de ella.
Evidentemente, él no se dio cuenta de mis planes cuando le besaba el cuello esa tarde de domingo en mi apartamento. Sólo pensaba
¿pensaba? Bueno, sólo pensaba en pasar en la siguiente base y en cómo se dificultaba abrirme discretamente la blusa. Yo, que ya tenía previsto lo que iba a pasar ese día, había escogido una ropa interior sexy que superara lo que él se había imaginada, ¡por qué ya me tenía que haber imaginado sin mi ropa antes!
Casi bota mi lámpara favorita, esa que enciendo cada noche para leer, pero fue parte de sus movimientos torpes y desesperados por quitarme la enagua, movimientos que se incrementaban al igual que su respiración. Pero cómo me gusta oír esa respiración acelerada, porque yo se la ocasiono, que les puedo decir, me incrementa el ego.
Cuando ya sólo quedaba yo en mi ropa interior de pie frente a mi cama dónde él me esperaba desnudo, gracias a su ayuda inconsciente, porque él mismo se encargo de facilitarme desvestirlo, su cara y su mirada, así como su movimientos en sus labios y lengua demostraban que esa elección que hice en la mañana tenía su aprobación. Elección y tiempo cabe aclarar, porque la preparación previa de una mujer para que la lleven a la cama no se hace en 5 minutos. Va más allá de la ropa que se usará ese día, la de afuera es muy importante, porque influye en que tanto se llegue a la meta deseada, la interior es aún más importante, porque incrementa el esfuerzo masculino y las posibilidades de que esa meta sea múltiple; ¿o pensaron acaso que una chica lleva unos calzones sexy ese día por pura casualidad? ¡No señores!, eso se llama estar preparada para lo que pueda suceder ese día. El resto del proceso no se los cuento porque todas lo conocen, incluye un baño exhaustivo, eliminación de vello no deseado, hidratación completa y muchas cosas más que nos recuerdan tristemente que si queremos vernos como las modelos de la televisión hay que invertir ese tiempo diariamente, porque al natural no cumplimos con el estereotipo de belleza que se vende.
Mi cama estuvo tan llena esa tarde. La compañía siempre es buena, insisto. Un hombre tan grande, tan fuerte, con un cuerpo tan definido que invita al tacto, tan bien dotado, tan sexy, tan seguro de lo que hace y de cómo lo hace y sobre todo, tan dispuesto a complacerme, ha sido uno de los logros más grandes de mi historia. Cuando la realidad supera al imaginativo no se puede más que tener una sonrisa y disfrutar del momento.
¡Cómo lo disfruté! Porque el sexo hay que gozarlo, disfrutarlo, ¡sentirlo! Aquellas mujeres que lo hacen sólo como muestras de amor y la conciencia les dice que es pecado antes de que acabe y se los grita luego cuando se miran al espejo se dañan ellas mismas. ¿Parte de la cultura de culpa que tenemos que llevar? Yo no lo voy a negar, me gustó que ese hombre a quién deseé tantos días, a quién me imaginé tantas veces en mi cama y que tantas veces me excitó sólo con una palabra pícara, me penetrara y me ayudara a tener más de un orgasmo.
Cuando salí de mi apartamento y lo topé, tres días después, en el mismo lugar de siempre, al momento en que me brindó una sonrisa de complicidad con un brillo de maldad en los ojos no pude evitar recordar que después del éxtasis de esa tarde de domingo, mientras reposaba agotado sobre mi cama, salí a la terraza, fumé un cigarrillo y pensé que en mi mundo de oscuridad, de deseo, de pecados, no sólo fui suya, sino que él también fue mío.