"¿Que mi novia cuide su cuerpo?" Sentía repugnancia por sus pensamientos, Kiandro, dado que, ¿cómo se le ocurría pensar que la forma natural de Carmen era culpa de ella?, siendo algo inherente, inevitable para la persona. Además, la amaba. Ella a él también, por supuesto.
¡Pero qué momentos más horribles! ¡Qué zozobra! ¡Qué martirio, dilema...!
Se miraron a los ojos.
-No sé cómo decirte esto... Amor... No puedo - Pronunció, con tono lamentable Kiandro, para Carmen.
La ecuánime Carmen, la misma auténtica mujer, sufrió un tremendo golpe al escuchar las palabras aquellas.
- Dime, pero no vaciles. Dime lo que sientes, necesito escucharte decirme honestamente todo lo que tienes adentro- Enunció ella, con un aliento mermado que impresionó al joven hombre.
Kiandro sabía que tenía que decirle la verdad a la más honesta mujer que, presentía, en toda su vida conocería.
Él la quería por su interior, no por el exterior. Si tuvo una erección, la cual ya se había ido, fue por el deseo natural de la fornicación, pero no sentía, ni quería que así fuera, morbo alguno por su novia.
Sin embargo, la había besado, abrazado y consentido; a pesar de todo, habían reido, y comido juntos; todo era palpable, visible, escuchable. Se olían también. Sólo el interior de ambos no pasaba por lo físico, y tal lo degustaban ambos mediante su literatura, donde ella había expresado alguna vez su afinidad por el cuerpo humano, y donde él dejaba en claro su deseo de hacer el amor con la mujer más diosa del mundo.
-No puedo... No puedo...
-¿Me vas a decir por qué dices eso?
Sus miradas se encontraban y se repelían, pero en una de tantas, él ocupó ver sus ojos detenidamente, morderse el labio inferior con los dientes superiores, y decirle luego:
-No puedo hacer el amor contigo porque... Esto no es lo que yo busco...
-Y qué más.- Pronunció ella fríamente, como si absorbiera sus propias lágrimas para lograr entender a su amado completamente.
-Contigo he tenido todo lo que siempre he soñado. Siento que sólo contigo quiero hacer el amor, pero también... Que no quiero hacer el amor con nadie.- Y se quedó callado, viendo al piso, pero esperando alguna respuesta, que llegaría, eventualmente.
- ¿No quieres nada sexual con nadie, aun siendo consciente de lo natural que es eso?.- Decía ella, al tiempo que pensaba, súbitamente, que quizás algún otro la llevaría a la cama, y descubriría y amaría lo que hubiera de sentir. Aunque, tanto lo quería que, sinceramente, no sabría cómo reponerse del impacto.
Pero Kiandro no quería dejarla, ni ella imaginaba tan siquiera una imagen de él lléndose, a causa de que tal cosa un profundo pesar habría de provocarle.
Sin embargo, sabían que se compartían; eran el uno para el otro, y de sus certezas e incomprensiones podían llegar al más cuerdo o descabellado desenlace.
En algún momento Kiandro bajó la cabeza, y Carmen vio hacia la puerta, imaginando la salida más triste que podía verse, pero después, como luminaria de una pasión más que física, más que mental, y por sobre todo, más que espiritual, se miraron, ellos, unos seres humanos sedientos del extraño elixir del sexo, transgresor de tabúes.
Llegaron a formar un sólo ser. Se unieron, y se disfrutaron; gozaba Kiandro no de ver ese cuerpo femenino, sino de ella, con sus gestos y su naturalidad más allá de la fealdad; se regocijaba Carmen, suspendida en el majestuoso momento, sintiendo el triunfo perfecto de su ser.
El ser interno y externo fueron, entonces, uno sólo, por unos momentos de más significancia que el placer, que los sentimientos, donde ni uno ni otro truncó los deseos propios.
No importa si luego la relación continuó hasta la muerte o se dio por terminada. Eso pertenecería a otra historia, ajena a la de la pasión humana.
Fin
|
Imprimir |
Enviar historia |
