A veces después de la tormenta viene la calma. A veces observas lo pasado y ha cambiado. A veces abres la puerta de casa como un niño y la cierras como adulto. A veces quieres y puedes. A veces nos intentamos conocer hasta el punto de desfallecer. A veces lo automático no es predecible ni obvio. Ni lo obvio claro.
Claro, he vuelto a casa, ahora lo entiendo todo. Ahora es cuando siento la calma. Observo que ha pasado el tiempo. Cierro la puerta y puedo sentiros. Vamos a intentar conocernos un poco cada día. Es lo pactado, hasta la muerte. Este no es el fuego automático que todos esperaban de mí.
Claro, confirmo lo que veo porque lo siento dentro. Donde no siempre es visible el presente. Aquí en el umbral, de vuelta. La vuelta que me trae a vosotros, como pequeño no menguante. Con alma de papel celofán. Ese que deja entrever el interior. Así de nuevo y reconocible. Porque es la inflexión del ahora, lo que me acerca a entenderlo todo.
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Todo lo que entiendo ahora supone una inflexión. Reconocible y nueva que me traslada al interior. Celofán parece mi alma, no menguante de papel. Pequeño vuelvo a vosotros. Tras cruzar el umbral del lo presente. Visible porque lo siento, claro.
De mí no se esperaba gran cosa. La muerte, quizás. El pacto de cuando un día nos conocimos. Sentiros puedo al cerrar la puerta. Tras el tiempo observado viene la calma. Todo lo que entiendo ahora está en mi casa, claro.
Claro, no obvio. Predecible a veces, no automático. Desfallezco intentando conocerme. Puedo y quiero. Adulto pero niño. Intentando cambiar el pasado. Como la calma que deja una tormenta. Así soy. Un libro abierto.
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